—Solo quería devolver el favor.

—Y devolvió algo aún más importante.

Amalia negó levemente con la cabeza.

“La voz siempre estuvo en Alba, señor Salcedo. Simplemente le mostré algo que recordaba.”

Adrian asintió.

Estas palabras quedaron grabadas a fuego en su memoria.

Amalia aceptó la ayuda.

Finalmente, logró mudarse a un pequeño apartamento y volver a tener una vida más estable.

Ella no llegó a ser empleada de la mansión.

Ni siquiera para alguien que depende de Adrian.

Conservó su propia vida, sus propias decisiones y su propia dignidad.

Sin embargo, visitaba Alba los domingos.

A veces horneaban galletas.

Otros leen cuentos.

Y algunas tardes simplemente se sentaban juntos bajo los árboles.

Un año después, Alba cumplió siete años.

Adrian organizó una sencilla celebración en el jardín.

Había globos blancos.

Un pastel de chocolate.

Algunos amigos del colegio.

Y una silla especial está reservada para Amalia.

La niña llevaba un vestido azul claro y sostenía una pequeña caja en la mano.

Cuando todos terminaron de cantar, Alba fue con su padre.

—Papá, quiero enseñarte algo.

Adrian sonrió.

—Por supuesto, cariño.

Alba abrió la caja.

En el interior había una simple cadena.

De él colgaba la antigua moneda de bronce.

La misma que Amalia había señalado desde el otro lado de la valla.

Adrian los observaba con gran entusiasmo.

—¿Te gustaría llevártelos contigo?

Alba asintió.

—Sí. Porque pertenecía a mi madre.

Luego miró a Amalia.

—Y porque me recuerda que alguien vino en mi ayuda aquella noche.

La anciana se tapó la boca con una mano.

Alba se acercó a ella y la abrazó.

—Muchísimas gracias por no olvidarme.

Amalia lloró.

—Nunca te olvidé, pequeña.

Más tarde, después de que los invitados se marcharan, Adrián acompañó a su hija hasta la entrada de la mansión.

Se detuvieron frente a la enorme puerta negra.

Alba miró el lugar donde había vuelto a ver a Amalia después de dos años.

-Papá…

—Dímelo, Princesa.

—¿Recuerdas cuando no hablaba?

Adrian se arrodilló.

—Claro que lo recuerdo.

—A veces todavía me resulta difícil.

Él le acarició el cabello.

—Y eso está bien. Podemos hablar, escribir, dibujar o simplemente estar juntos.

Alba sonrió.

Luego tocó la moneda que llevaba colgada al cuello.

—Mi madre siempre decía que las estrellas siguen ahí, aunque no podamos verlas.

Adrián sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.

-Sí, querido.

La niña miró hacia el cielo.

—Entonces quiero creer que mamá todavía me quiere.

Su padre la abrazó.

—Estoy segura de que te amó con todo su corazón.

Permanecieron juntos un momento.

Entonces Alba le tomó la mano.

—Vámonos a casa, papá.

Adrian miró la villa.

Durante años había creído que su riqueza podía resolver cualquier problema.

Había contratado a especialistas, se había sometido a tratamientos y había gastado enormes sumas de dinero para ayudar a su hija.

Pero esa tarde se dio cuenta de que hay cosas que el dinero no puede acelerar.

El duelo.

Confianza.

Seguridad.

Y el coraje para expresar de nuevo el dolor.

La voz de Alba no había regresado por arte de magia.

Comenzó a resurgir cuando un recuerdo importante afloró a la superficie.

Y aquella anciana, a quien todos querían mantener alejada de la puerta, había ayudado a abrir este camino.

Dos años antes, Amalia había sacado a Alba de un coche accidentado.

Dos años después, regresó con una pequeña moneda y ayudó a la niña a encontrar las palabras para hablar de lo que había vivido.

Adrian nunca olvidó esa lección.

Para la mujer que llegó a su villa sin dinero, sin hogar y con un carrito lleno de bolsas, esto le recordó que el valor de una persona no se mide por lo que posee, sino también por el bien que puede hacer cuando alguien más la necesita.

Y cada vez que Alba sostenía la moneda de su madre en sus manos, recordaba estas palabras:

“Aunque no puedas ver la estrella, sigue estando ahí.”