La brújula sabía mi nombre. Y mi vida estaba apuntando hacia una mentira.

—¿Por qué tiene mi nombre grabado en esa brújula?— pregunté, pero don Alejandro Berenguer cerró el cajón antes de responderme.

Yo tenía cuarenta y ocho años cuando acepté cuidar por las tardes a un viudo de ochenta. Necesitaba dinero con una urgencia que me daba vergüenza admitir. Mi esposo, Mauricio Ibarra, llevaba meses tratándome como si yo fuera otro recibo pendiente.

La mañana que le conté del trabajo, empujó hacia mí una pila de estados de cuenta y dijo:

—Bueno. Por fin vas a ayudar con algo de verdad.

No gritó. Ni le hizo falta.

Esa frase pesó igual que tantas otras que yo llevaba años tragándome. Mis hijos ya eran adultos, cada uno metido en su propia vida, y nuestra casa de Coyoacán se había vuelto demasiado silenciosa para tres recámaras. Yo cocinaba, limpiaba, resolvía pagos, recordaba citas, cumpleaños y medicinas. Pero, para Mauricio, nada de eso parecía valer.

Él salía temprano, volvía tarde y cada mes me hablaba menos.

Así que no estaba buscando propósito. Estaba buscando un sueldo.

Mi amiga Renata Salazar me habló de un señor mayor que necesitaba compañía algunas tardes. El trabajo parecía sencillo: preparar té, acomodar medicamentos, leerle el periódico porque ya no veía bien y acompañarlo durante esas horas en que una casa puede sonar más vacía que una iglesia cerrada.

Se llamaba Alejandro Berenguer.

Vivía al final de nuestra calle, detrás de una reja de hierro cubierta de hiedra, en una casona antigua de Coyoacán. Los vecinos decían que había sido un ingeniero brillante, que viajó por medio mundo levantando puentes, plantas y edificios. Ahora era viudo. Sus hijos vivían lejos. Y esa casa enorme se había quedado callada.

La primera vez que crucé la reja sentí algo extraño.

No fue miedo.

Fue respeto.

Don Alejandro me recibió apoyado en un bastón de madera pulida. A sus ochenta años seguía siendo muy alto. Tenía el cabello blanco, el rostro surcado por arrugas profundas y unos ojos grises tan claros que me hicieron sentir que veía cosas que yo llevaba años escondiendo.

—Entonces usted es la joven que viene a cuidarme —dijo, tranquilo.

—Sí, señor Berenguer. Soy Camila Salazar. Renata me recomendó.

Sonrió apenas.

—Renata disfruta demasiado meterse en la vida ajena. Pase.

La casa olía a madera encerada, café recién molido y papel viejo. Había libreros llenos de libros de ingeniería, fotografías en blanco y negro y una vitrina con maquetas de puentes. Sobre la mesa descansaba su bastón, brillante por tantos años entre sus manos.

Mientras preparaba el té, noté que me observaba.

No de manera incómoda. Era la mirada de alguien que había pasado demasiado tiempo solo y de pronto volvía a escuchar pasos, agua corriendo, una taza colocándose sobre un plato.

—¿Pasa algo?— pregunté.

—Usted se mueve demasiado rápido.

Solté una risita nerviosa.

—Así es mi vida. En mi casa siempre ando corriendo.

Don Alejandro miró hacia el jardín, donde la bugambilia trepaba sobre el muro de cantera.

—Aquí no.

Esperé.

—Aquí no hay ningún lugar al que tenga que correr.

Bajé la vista. Mi anillo de bodas chocó contra la porcelana con un sonido seco. Él lo escuchó.

Entonces dijo algo que me dejó inmóvil:

—Camina como alguien que olvidó cómo vivir.

Sentí que se me calentaba la cara.

—No puede saber eso por cómo camino.

—No —respondió—. Pero sí por cómo se disculpa cada vez que ocupa espacio.

No supe qué contestar. Durante años pensé que mi cansancio era normal, que mi matrimonio simplemente se había enfriado y que mis hijos ya no me necesitaban porque yo había hecho bien mi trabajo.

Nunca pensé que tal vez me estaba borrando de mi propia vida.

A las seis tomé mi bolsa para irme. Don Alejandro golpeó suavemente el piso con su bastón.

—Camila.

Me volví.

Abrió el cajón de la mesa, sacó una brújula vieja de latón y la dejó entre los dos. En la tapa había una inscripción diminuta. Mi nombre.

—Mañana —dijo— quiero contarle por qué alguien puede conocer el camino a casa y aun así estar completamente perdido.

Esa noche no pude dormir.

Mauricio llegó casi a las once, oliendo a loción cara y a la lluvia que había empezado a caer sobre la ciudad. Ni siquiera preguntó cómo me había ido. Se sirvió un whisky y encendió la televisión.

—¿Sabías que el viejo Berenguer tuvo una constructora? —dije, fingiendo casualidad.

Su mano se detuvo apenas un segundo alrededor del vaso.

—Todo mundo sabe eso.

—¿Lo conoces?

—No.

La respuesta salió demasiado rápido.

—Tiene una brújula con mi nombre.

Mauricio alzó la vista. Por primera vez en meses, me miró de frente.

—¿Qué dijiste?

—Una brújula. Tiene grabado “Camila Salazar”. Dijo que mañana me explicaría.

El hielo tintineó contra el cristal. Mauricio dejó el vaso sobre la barra con una delicadeza que me heló más que si lo hubiera roto.

—No vuelvas a mencionar esa casa —dijo.

—¿Por qué?

—Porque la gente vieja se inventa historias. Te va a meter ideas en la cabeza.

—¿Ideas de qué?

Él se acercó. No levantó la voz, pero sus ojos tenían aquella frialdad que yo conocía demasiado bien.

—De que eres importante. Y luego te vas a decepcionar cuando recuerdes que no lo eres.

Me quedé quieta, pero algo dentro de mí dejó de obedecerle.

A la tarde siguiente, don Alejandro me esperaba junto a la ventana. Sobre la mesa había dos tazas de té, la brújula y una caja de cedro con herrajes negros.

—Antes de que me pregunte otra vez, necesito que vea algo —dijo.

Abrió la caja.

Dentro había documentos amarillentos, fotografías y un sobre sellado. En la primera foto aparecía una mujer joven, de cabello negro y sonrisa amplia, parada frente a la misma bugambilia del jardín. Estaba embarazada. A su lado había un Alejandro mucho más joven, con el mismo gesto serio, aunque sus ojos reían.

Mi respiración se cortó.

La mujer se parecía a mí.