El gope contra su vientre hizo que Mariana cayera de rodillas justo cuando el líquido tibio empezó a correr por sus piernas, pero su cuñada ni siquiera se detuvo al escucharla gritar que sus gemelos podían morir.

A sus 34 años y con 8 meses de embarazo, Mariana Salgado había imaginado muchas formas de entrar en trabajo de parto. Ninguna incluía estar tirada en el piso de su casa en Querétaro mientras Lorena, la hermana mayor de su esposo, intentaba desbloquear una cuenta con dinero reservado para sus hijos.

Todo había comenzado menos de 20 minutos antes.

Su esposo, Sebastián, llevaba 5 días en Monterrey supervisando la entrega de un complejo industrial. Antes de viajar había depositado $2,700,000 pesos en un fideicomiso destinado exclusivamente a los gemelos: gastos médicos, una posible estancia neonatal, guardería y parte de su futura educación.

La única persona de la familia que conocía la cantidad exacta, además de ellos, era Teresa, la madre de Sebastián.

Mariana nunca había confiado del todo en ella.

Desde el noviazgo, Teresa hablaba de Mariana como si fuera una invitada temporal.

—Las mujeres van y vienen. Los hermanos son para siempre —había dicho alguna vez durante una comida familiar.

Lorena, en cambio, llevaba años abriendo negocios que terminaban endeudados. Su última aventura era una boutique de ropa importada en Juriquilla. Debía renta, proveedores y varios meses de una tarjeta empresarial.

Aquella tarde apareció sin avisar.

Traía una carpeta beige.

—Necesito que firmes esto.

Mariana estaba acomodando ropa de bebé sobre la mesa del comedor. Abrió la carpeta y vio una solicitud para liberar parte del fideicomiso.

La cifra era absurda.

$2,200,000 pesos.

—¿Qué es esto?

—Sebastián prometió ayudarme.

—Sebastián no puede regalarte dinero que pertenece a sus hijos.

Lorena cruzó los brazos.

—Son tus hijos también. No actúes como si tú hubieras construido todo lo que tiene mi hermano.

Mariana volvió a mirar los documentos.

Antes de casarse había trabajado casi 9 años en auditoría forense para empresas financieras. Había visto contratos alterados, facturas duplicadas y firmas copiadas con una precisión casi perfecta.

Aquella falsificación era buena.

Demasiado buena para haberla hecho Lorena sola.

El nombre de Sebastián estaba firmado con tinta azul. Habían imitado incluso la inclinación de sus letras. Sin embargo, una clave bancaria estaba incompleta y el papel conservaba una ligera marca de presión bajo la firma.

Mariana levantó la vista.

—Esto es falso.

Lorena dejó de sonreír.

—Firma y deja de hacer problemas.

—Voy a llamar a Sebastián.

—No.

Mariana tomó su celular.

Lorena se abalanzó sobre ella y lo lanzó contra el mueble de la cocina.

—¿Te volviste loca?

—Tú eres la que no entiende. Ese dinero debió ser mío desde hace años. Mi hermano siempre me dijo que me ayudaría.

—Ayudarte no significa robarle a sus hijos.

Aquella frase rompió algo.

Lorena la empujó.

Mariana chocó contra la isla de granito y protegió instintivamente su vientre.

—No vuelvas a tocarme.

Lorena se acercó otra vez.

—Compañía.

—No.

El puño llegó sin aviso.

Mariana sintió un dolor seco debajo de las costillas y después una presión insoportable.

Su cuerpo se dobló.

Entonces escuchó el agua caer sobre el piso.

—Mi fuente… —jadeó—. Lorena, llama a una ambulancia.

La cara de su cuñada cambió por apenas un segundo.

Pero no fue preocupación.

Fue miedo.

No, por Mariana.

Por las consecuencias.

—Todo esto es culpa tuya.

Mariana intentó alcanzar el teléfono.

Lorena la tomó del cabello y la arrastró.

—¡Suéltame!

Mariana se protegió el vientre con ambos brazos mientras su espalda rozaba el suelo. Cada movimiento provocaba una punzada diferente.

—¡Los bebés! ¡Por favor!

Lorena recuperó el teléfono y presionó el pulgar de Mariana contra el lector.

La aplicación bancaria se abrió.

Luego apareció un aviso rojo.

OPERACIÓN BLOQUEADA. PROTOCOLO DE SEGURIDAD ACTIVADO.

Lorena palideció.

—¿Qué hiciste?

Mariana apenas podía respirar.

El fideicomiso había sido diseñado con un sistema especial: cualquier intento de acceso irregular bloqueaba las operaciones y enviaba registros externos al despacho que administraba los fondos.

Lorena arrojó el celular debajo de un gabinete.

—Vas a decir que te caíste.

Mariana sintió un escalofrío.

Sobre la puerta de la despensa estaba la pequeña cámara que Sebastián había instalado después de varios robos en el fraccionamiento. A él le parecía exagerado pagar almacenamiento en la nube durante 12 meses.

Mariana había insistido.

Ahora solo esperaba que siguiera funcionando.

Su visión comenzó a oscurecerse.

Entonces escuchó la puerta principal.

Durante un instante creyó que algún vecino había oído los gritos.

Pero reconoció la voz.

Era Teresa.

—¿Ya quedó?

Lorena respiró con dificultad.

—No. La cuenta se bloqueó.

—¿Y ella?

Lorena miró hacia el piso.

—Todavía está consciente.

Mariana comprendió, segundos antes de desmayarse, que su suegra no había llegado a detener nada.

Había llegado para terminarlo.

Parte 2