Un repartidor.
Soy una hija.
Soy la hija de mi padre.
Y sí, hubo un tiempo en que fui un artista marcial de competición.
Pero aquella noche en la mansión me enseñó algo que once años de entrenamiento jamás me habían enseñado.
La lucha más difícil no siempre es aquella en la que alguien se para frente a ti con las manos en alto.
A veces es la lucha silenciosa que se libra dentro de tu propia cabeza, la que te pregunta cuánto de ti mismo estás dispuesto a sacrificar para sobrevivir.
Durante ocho años, pensé que sobrevivir significaba quedarme abajo.
Me equivoqué.