—Buenas tardes —dijo—. Soy la licenciada Mara Salgado. Traigo copia certificada de los documentos que la señora Dolores Valdés firmó esta mañana. También traigo una notificación para Santiago Valdés y Renata Serrano.
Renata retrocedió.
—¿Una notificación de qué?
La fiscal mostró su identificación.
—De una investigación por fraude, falsificación de firma electrónica y administración fraudulenta.
El padre de Renata dejó caer su copa. El vino se extendió por el mantel como una herida.
—Esto no puede ser —dijo.
—Sí puede —respondí.
Renata me observaba con odio.
—¿Todo esto por una silla?
—No. La silla solo me mostró lo que ustedes ya habían decidido hacer conmigo.
La fotógrafa recogió sus cosas y salió sin despedirse.
Los invitados empezaron a murmurar. Algunos revisaban sus celulares. Otros se apartaban de Renata como si la acusación pudiera contagiarse.
Santiago permanecía junto a la mesa.
—Mamá —dijo—, yo voy a responder por lo que hice.
—Más te vale.
—No sabía lo de la firma.
—Pero sí sabías que querían usar mi casa.
—Sí.
Su voz se quebró.
—Sí sabía.
Aquella admisión fue más dolorosa que todas las pruebas.
—Entonces firma el acuerdo.
Mara sacó otro documento.
—Santiago, usted puede recibir el fideicomiso si reconoce por escrito la deuda y colabora con la investigación. También debe abandonar cualquier reclamo sobre la propiedad y separarse legalmente de la señora Serrano.
Renata se volvió hacia él.
—No vas a hacer eso.
Santiago la miró.
—Ya no sé qué más hacer.
—¡Tú me prometiste que esta casa iba a ser nuestra!
—No, Renata. Tú me prometiste que salvarías la empresa.
—¡Porque tú la hundiste!
—Y tú la vaciaste.
La frase cayó como un golpe.
Renata palideció.
Mara sacó una hoja.
—Tenemos transferencias por casi cuatrocientos mil pesos a una cuenta en Houston a nombre de Patricia Serrano.
Patricia se llevó una mano al cuello.
—Eso es mentira.
—También tenemos facturas infladas, contratos con proveedores inexistentes y mensajes en los que usted escribe: “La viuda no se va a dar cuenta”.
Patricia miró a su hija.
—¿Qué hiciste?
Renata se volvió hacia ella.
—¡Tú me dijiste que lo hiciera!
—Yo te dije que organizaras las cuentas, no que…
—¡Tú me enseñaste a falsificar la firma!
El silencio fue absoluto.
La familia que había venido a celebrar una nueva tradición acababa de destruirse frente al pavo.
Octavio golpeó la mesa.
—¡Basta! ¡Nadie va a acusar a mi esposa!
—Ya la acusaron los documentos —dijo Mara.
El notario se acercó a mí.
—Señora Valdés, ¿desea proceder con la entrega formal de las llaves?
Saqué el llavero de mi bolsa. Las llaves tintinearon en mi mano.
—Sí.
—¿Ahora?
Miré el comedor.
La silla de Renata seguía ocupando el lugar que había sido mío.
—Ahora.
Mara recibió las llaves. Luego se las entregó a una mujer que esperaba detrás de ella.
La mujer se quitó el abrigo.
Era de cabello canoso, rostro cansado y manos ásperas. La reconocí de inmediato.
—¿Elena?
Era Elena Cruz, mi vecina de la calle de atrás. Durante años había trabajado como empleada doméstica en casas de Las Lomas. Su esposo murió y sus hijos le quitaron el departamento para venderlo. Yo la había conocido seis meses antes, cuando la encontré durmiendo en una banca afuera de una iglesia.
—Doña Dolores —dijo, con los ojos llenos de lágrimas.
—Ya no me digas doña.
—¿Cómo le digo?
—Dolores está bien.
Le entregué la llave.
—Esta casa será suya mientras viva. La fundación administrará el lugar, pero usted será la primera residente.
Elena miró alrededor, sin atreverse a entrar.
Renata soltó una carcajada amarga.
—¿Vas a convertir mi casa en un asilo?
—No es tu casa.
—¡Tú estás enferma!
Di un paso hacia ella.
—No vuelvas a hablarme de salud, Renata. Tú pasaste meses insinuando que yo no podía gobernar mis propios bienes. Te advertí una vez que no confundieras mi edad con debilidad. No me escuchaste.
Ella levantó la barbilla.
—Santiago no te va a perdonar.
Miré a mi hijo.
Él sostenía el documento entre las manos.
—Eso ya lo decidirá él.
Santiago tardó varios segundos en reaccionar. Luego tomó la pluma.
—Voy a firmar.
Renata lo agarró del brazo.
—Si firmas, se acabó nuestro matrimonio.
—Ya se acabó.
—¿Por ella?
Santiago miró la silla vacía.
—No. Por nosotros.
Firmó.
El trazo de su nombre fue pequeño, torpe y definitivo.
Renata salió de la casa escoltada por la fiscal. Patricia y Octavio intentaron seguirla, pero también recibieron sus propias notificaciones. La hermana menor lloraba en silencio. La mayor se quedó junto a la puerta, sin saber si llevarse el abrigo o el plato que había servido.
En menos de veinte minutos, el comedor quedó vacío.
Solo permanecimos Santiago, Mara, Elena y yo.
El pavo se había enfriado.
La salsa se había cuajado.