Las velas seguían encendidas frente a los platos sin tocar.
Santiago se acercó a mí.
—¿Quieres que me vaya?
—Sí.
Bajó la cabeza.
—Lo entiendo.
—Pero no esta noche.
Levantó los ojos.
—¿Qué?
—Come algo antes de irte. No cociné todo esto para que terminara en la basura.
Santiago soltó una risa breve, rota.
Se sentó en la mesa.
Esta vez no junto a mí. Enfrente.
Elena ocupó la silla que había quedado libre.
Mara se sirvió un poco de puré.
—Si esto ayuda —dijo—, legalmente la fundación ya tiene la casa. Pero usted conserva el derecho de vivir aquí mientras quiera.
—Lo sé.
—Y la casa de Monterrey también está protegida.
Santiago levantó la vista.
—¿La casa de Monterrey?
—También era de tu padre y mía —respondí—. Ya no es tuya.
—Nunca quise quitarte nada.
—Pero dejaste que otros lo intentaran.
—Lo sé.
—No basta con saberlo.
—Voy a arreglarlo.
—No puedes arreglar el tiempo.
—No.
—Ni devolverme los meses en los que me sentí una invitada en mi propia casa.
—No.
—Entonces empieza por no pedirme que te perdone.
Santiago asintió.
Comimos en silencio.
Por primera vez en años, no tuve que levantarme para servir. Elena tomó la salsera y se la pasó a Santiago. Él se la entregó a ella. La escena era tan sencilla que me dolió.
Después de la cena, Mara me pidió que la acompañara al estudio.
Cerró la puerta.
—Hay algo más que necesita saber.
—¿Qué pasó?
Sacó un sobre amarillo de la carpeta.
—Lo encontramos entre los documentos de Roberto.
Reconocí la letra de inmediato.
La letra inclinada, elegante, con la “R” exagerada que hacía parecer que cada palabra comenzaba con una promesa.
—¿Cuándo apareció?
—Lo tenía guardado el notario que manejó la compra de esta casa. Roberto se lo entregó en 1994 con instrucciones de dárselo a usted únicamente si alguna vez intentaban transferir la propiedad sin su autorización.
Sentí que se me aflojaban las rodillas.
—¿Qué dice?
—No lo he leído. Es para usted.
Abrí el sobre.
Dentro había cuatro hojas dobladas y una fotografía.
En la imagen aparecía Roberto, mucho más joven, parado junto a una mujer desconocida. La mujer llevaba un vestido rojo y sostenía a un bebé.
El bebé tenía una pequeña marca oscura debajo del ojo izquierdo.
La misma marca que Santiago tenía desde niño.
No pude respirar.
Leí la primera línea.
“Dolores: si estás leyendo esto, significa que nuestro hijo volvió a ponerse en peligro.”
Me senté.
Mara permaneció de pie.
Continué.
“Sé que te dije que aquel niño era mío. No lo hice para engañarte, sino para protegerlo. Su madre murió en Monterrey tres meses después de dar a luz. Me pidió que me hiciera cargo de él. Yo acepté. Tú lo amaste desde el primer día, y por eso nunca encontré el valor de decirte la verdad.”
La hoja tembló entre mis dedos.
Santiago no era mi hijo biológico.
Pero eso no era lo que me destrozaba.
La segunda página decía:
“Su padre fue un hombre llamado Esteban Serrano. Murió antes de que Santiago cumpliera un año. Su familia nunca quiso reconocerlo. La mujer de la fotografía se llamaba Lucía. Era mi hermana.”
Santiago era el hijo de la hermana de Roberto.
Y la familia Serrano…
La familia de Renata…
No.
Leí la última parte.
“Si alguna vez alguien intenta apoderarse de la casa, no confíes únicamente en los documentos. Confía en la sangre. Los Serrano saben quién es Santiago. Han esperado años para acercarse a él.”
El sobre cayó al piso.
Mara se agachó para recogerlo.
—¿Qué significa esto?
—Que Renata no se casó con Santiago por casualidad.
Volví a mirar la fotografía.
El bebé tenía los ojos de Roberto, pero también esa línea marcada en la ceja que Santiago conservaba hasta hoy.
—¿Ella sabía quién era él?
Mara sacó otra hoja.
—Hay una anotación del notario. La familia Serrano preguntó por la escritura de esta casa desde 2019, mucho antes de que Renata conociera oficialmente a Santiago.
Sentí una oleada de frío.
—¿Por qué?
Mara se quedó callada.
—Hay algo más.
Sacó una copia de un acta antigua.
La leí.
El nombre del padre de Santiago aparecía escrito con tinta deslavada:
Esteban Serrano.
El mismo apellido de Renata.
La misma familia.
Renata no solo había querido quedarse con mi casa.
Había elegido a Santiago porque sabía que él era heredero de una fortuna familiar que nunca fue reclamada.
La casa de Coyoacán era importante, sí, pero no por su valor inmobiliario. Roberto había dejado, oculto dentro de la propiedad, un paquete de acciones y documentos relacionados con una empresa minera de Nuevo León. Acciones que, tras la muerte de Esteban, habían quedado congeladas por una disputa de identidad.
Santiago era el heredero legítimo.