Renata levantó la barbilla.

—No puedes retenernos.

Alejandro la observó.

—Puedo hacerlo si alguien intentó matar a mi madre.

El silencio regresó de golpe.

Camila Romano no mostró sorpresa.

Eso fue lo primero que inquietó a Valeria.

La anciana bajó la mirada hacia sus manos y acomodó con calma la manta azul sobre sus piernas.

—Alejandro —dijo—, no hagas una escena.

—Mamá, manipularon las cámaras.

—Y ya atrapaste a la persona.

—No sabemos si actuó solo.

Uno de los escoltas se acercó y le susurró algo.

Alejandro endureció la mandíbula.

—Lleven a mi madre al salón privado.

—No —dijo Camila.

—Mamá…

—Quiero quedarme aquí.

—No es seguro.

Ella levantó la vista.

—Hijo, si hubiera querido estar segura, no habría venido.

La frase cayó como una piedra.

Valeria observó a Camila con atención.

No parecía una mujer frágil.

Parecía una mujer que había esperado ese momento durante mucho tiempo.

Alejandro señaló a Valeria.

—Tú vienes con nosotros.

—¿Yo?

—Viste el incidente desde el principio.

Renata soltó una risa amarga.

—¿Ahora una mesera es parte de la investigación?

—Ahora es mi empleada —respondió Alejandro—. Y acaba de demostrar más lealtad que la mitad de este salón.

Renata cerró la boca.

Valeria dejó la bandeja sobre una mesa y siguió a Alejandro, Camila y dos escoltas por un corredor cubierto de retratos antiguos.

Llegaron a una biblioteca privada al fondo del palacio.

Había libreros de madera oscura, un escritorio enorme y ventanas altas que daban al jardín.

Alejandro cerró la puerta.

—¿Qué encontraron?

El jefe de seguridad colocó una tableta sobre el escritorio.

—Un hombre disfrazado como técnico de iluminación. Traía una tarjeta clonada del gerente.

Esteban, que había sido obligado a acompañarlos, empezó a temblar.

—Yo no le di nada a nadie.

—Su tarjeta se usó tres veces —dijo el escolta—. A las seis cuarenta, a las siete doce y a las ocho tres.

—Eso es imposible. La tuve conmigo toda la noche.

Valeria recordó algo.

—No toda la noche.

Todos voltearon hacia ella.

—Cuando llegamos, usted dejó el saco en la oficina de producción. La tarjeta estaba enganchada en el bolsillo.

Esteban palideció.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque fui por las listas de mesas. Vi a una mujer dentro de su oficina.

—¿Qué mujer?

Valeria cerró los ojos, intentando recordar.

—Traía un vestido verde oscuro. Cabello recogido. Pensé que era organizadora.

Alejandro tomó la tableta.

—¿Aparece en las cámaras?

El escolta deslizó varias imágenes.

En una de ellas se veía a una mujer entrando en el pasillo de servicio.

Su rostro estaba parcialmente cubierto por un abanico.

Camila respiró hondo.

—Es Irene Montalvo.

Alejandro volteó hacia su madre.

—¿La conoces?

—Sí.

—¿Quién es?

Camila no respondió.

—Mamá.

La anciana apretó los dedos sobre la manta.

—La esposa de tu padre.

Alejandro quedó inmóvil.

Valeria sintió que había escuchado mal.

—Mi padre murió hace doce años —dijo él.

Camila sostuvo su mirada.

—El hombre que tú crees que era tu padre murió hace doce años.

Nadie habló.

Alejandro dio un paso atrás.

—¿Qué significa eso?

—Significa que Eduardo Romano no era tu padre biológico.

El rostro de Alejandro perdió toda expresión.

—No.

—Sí.

—Me estás mintiendo.

—Te he mentido durante cuarenta años.

Alejandro caminó hasta la ventana.

Afuera, la música de la gala se había detenido. Se escuchaban voces lejanas, puertas cerrándose y radios de seguridad.

—¿Quién era mi padre?

Camila miró hacia la tableta.

—Mauricio Ibarra.

Valeria sintió un escalofrío.

Renata Ibarra permanecía encerrada en el salón principal.

Y la mujer del vestido verde era, según Camila, la esposa de Eduardo Romano.

—No tiene sentido —dijo Alejandro—. Mauricio está casado con Renata.

—Ahora.

—¿Y Eduardo?

Camila bajó la vista.

—Eduardo sabía que no eras suyo.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de que nacieras.

Alejandro se volvió.

—¿Y aun así me crio?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque me amaba.

La voz de Camila se quebró por primera vez.

—Y porque Mauricio no quiso reconocerte.

Alejandro soltó una risa vacía.

—Entonces todo esto… ¿la gala, Renata, Irene, las cámaras… tiene que ver conmigo?

—Tiene que ver con algo que tu padre adoptivo descubrió antes de morir.

Camila llevó la mano al broche de perlas que cerraba su vestido.

Lo abrió con dificultad y sacó una pequeña llave.

—Eduardo dejó un archivo.

Alejandro la miró.

—¿Dónde?

—Aquí.

Camila señaló el escritorio.

El jefe de seguridad buscó y encontró una cerradura oculta detrás de un panel de madera.

La llave encajó.

Dentro había una caja metálica negra.

Alejandro la colocó sobre el escritorio y la abrió.

Había documentos, fotografías y una memoria USB.

Camila tomó una fotografía.

En ella aparecía mucho más joven, junto a Mauricio Ibarra frente a una casa en Cuernavaca.