—También prueban asesinatos.
Irene sonrió.
Era una mujer alta, de cabello gris recogido con precisión.
—Siempre fuiste dramático, igual que Eduardo.
Alejandro la miró.
—¿Tú mataste a mi padre?
Irene inclinó la cabeza.
—Eduardo estaba enfermo.
Camila apretó los brazos de la silla.
—Tenía cincuenta y ocho años.
—Y una conciencia muy incómoda.
Alejandro dio un paso hacia ella.
—Contesta.
Irene lo observó sin miedo.
—Tu padre tomó decisiones que pusieron en riesgo a demasiada gente.
—¿Lo envenenaste?
—Le di una salida tranquila.
Camila soltó un gemido ahogado.
Alejandro se quedó inmóvil, pero sus manos temblaron.
—¿Mauricio lo ordenó?
Renata intervino.
—Mauricio no sabía nada.
Irene rio.
—Claro que sabía.
Renata volteó hacia ella.
—Cállate.
—Ya no importa.
Irene caminó hacia la trituradora.
—Mauricio organizó todo. El desvío de cargamentos, las fundaciones, los contratos falsos. Eduardo quiso denunciarlo. Yo me encargué de Eduardo y Renata se encargó de mantener a Camila callada.
Camila palideció.
—¿Cómo?
Renata la miró con desprecio.
—Durante años recibiste fotografías de Alejandro. Amenazas. Accidentes que nunca ocurrieron. ¿De verdad creíste que era casualidad?
Alejandro volteó hacia su madre.
—¿Te amenazaban conmigo?
Camila cerró los ojos.
—Desde que tenías veinte años.
—¿Por eso nunca me dijiste la verdad?
—Sí.
Renata levantó las manos.
—Todo esto puede resolverse. Alejandro, eres hijo de Mauricio. Su único hijo varón. La naviera te pertenece legalmente si firmas una aceptación de herencia.
Alejandro la miró como si fuera basura.
—Prefiero verla arder.
—No seas idiota. Estamos hablando de miles de millones.
—Construidos con sangre.
Renata sonrió.
—Todas las fortunas grandes tienen manchas.
—Entonces la mía no será una de ellas.
El hombre armado junto a Irene comenzó a retroceder.
Valeria lo notó.
Su mano iba hacia un panel rojo en la pared.
—¡Cuidado! —gritó.
El hombre presionó el botón.
Una alarma ensordecedora se activó.
Puertas metálicas comenzaron a descender desde el techo.
—¡Salgan! —gritó un escolta.
Irene corrió hacia una salida lateral.
Renata se quedó junto a la trituradora.
Alejandro empujó la silla de su madre hacia el pasillo.
Valeria vio que una de las puertas bajaba demasiado rápido.
Camila no alcanzaría a pasar.
Sin pensarlo, corrió y metió la bandeja metálica que todavía llevaba bajo el brazo entre la puerta y el suelo.
El metal chilló.
—¡Pásenla!
Alejandro empujó la silla.
La bandeja comenzó a doblarse.
Valeria se tiró al piso y sostuvo la puerta con ambos brazos.
—¡Órale, rápido!
Camila cruzó.
Un escolta jaló a Valeria justo cuando la bandeja se partió.
La puerta cayó detrás de ellos con un estruendo.
Renata quedó atrapada dentro de la bóveda.
—¡Sáquenme! —gritó, golpeando el metal.
Alejandro miró el panel.
—La apertura tarda cinco minutos.
—¡No tenemos cinco minutos! —respondió el jefe de seguridad—. Activaron el sistema contra incendios.
Un olor químico comenzó a llenar el pasillo.
Valeria tosió.
—¿Qué es eso?
—Gas supresor. Desplaza el oxígeno.
Dentro de la bóveda, Renata golpeaba la puerta.
—¡Alejandro! ¡Soy la esposa de tu padre!
Alejandro cerró los ojos.
Podía dejarla ahí.
Todos lo comprendieron.
Renata había conspirado contra su madre. Había ayudado a ocultar el asesinato del hombre que lo crio. Había intentado destruir las pruebas.
Camila tomó la mano de su hijo.
—No te conviertas en ellos.
Alejandro la miró.
Después golpeó el panel de emergencia.
—¡Busquen la liberación manual!
Valeria se arrastró hasta una pequeña caja metálica.
—Aquí hay una palanca.
—¡Jálala!
No se movió.
Alejandro se agachó junto a ella.
Entre ambos tiraron con todas sus fuerzas.
La palanca cedió.
La puerta subió unos centímetros.
Los escoltas metieron una barra y la levantaron.
Renata salió arrastrándose, tosiendo, con el vestido plateado roto y los diamantes cubiertos de polvo.
—Me salvaste —dijo, mirando a Alejandro.
Él la sostuvo del brazo.
—No por ti.
La llevó al pasillo y la entregó a seguridad.
Irene fue detenida minutos después en un túnel que daba al jardín trasero.
El hombre que había manipulado las cámaras resultó ser empleado de la naviera de Mauricio. El segundo armado confesó antes del amanecer.
Pero Mauricio Ibarra no estaba en la gala.
Cuando la policía llegó a su residencia en Bosques de las Lomas, encontraron la casa vacía.
Su helicóptero había despegado dos horas antes.
Alejandro y Camila regresaron al salón principal cerca de las cuatro de la mañana.
Los invitados seguían retenidos, algunos furiosos, otros aterrados.
Sobre el escenario, el alcalde discutía con un comandante. Varios empresarios hablaban por teléfono con abogados.
Alejandro subió los escalones.
Tomó el micrófono.
—Esta noche no habrá subasta.
Los murmullos cesaron.
—Los fondos de esta gala iban a ser desviados a empresas fantasma vinculadas con una red de contrabando y lavado de dinero. Las autoridades ya tienen los archivos.
Algunos invitados intentaron levantarse.
Las puertas se cerraron.
—No se preocupen —continuó Alejandro—. Quienes no tengan nada que ocultar podrán irse pronto.