El silencio que siguió a la impactante revelación fue casi reverencial. Doña Carmen, la mujer que había sido arrojada al suelo con tanto desprecio y saña, era en realidad la máxima autoridad del municipio, la líder que gobernaba a cientos de miles de habitantes. Había ganado las elecciones recientes con un margen histórico abrumador, basando su campaña en la promesa inquebrantable de nunca olvidar sus raíces ni a la gente trabajadora de los barrios populares, precisamente como el mercado donde ella misma había trabajado décadas atrás vendiendo nopales.

—Estoy bien, General, muchas gracias por su rápida intervención —respondió por fin Doña Carmen. Su voz era suave, maternal, pero poseía una firmeza de acero que no dejaba lugar a dudas sobre quién tenía el control absoluto de la situación—. No hay necesidad de usar la fuerza bruta, pero sí es imperativo aplicar la ley cívica. El respeto al derecho ajeno es la paz, como bien nos enseñó la historia de nuestro país.

Los oficiales, siguiendo las órdenes sin dudar, tomaron por los brazos a Valeria, quien aún estaba en un estado de shock catatónico, incapaz de articular una sola queja. Las frías esposas de metal se cerraron alrededor de sus muñecas, un sonido que marcó el fin de su impunidad. El peso abrumador de sus propias acciones acababa de caer sobre sus hombros con la fuerza destructiva de un huracán.

—¿Pero por qué… por qué está vestida así si es la Alcaldesa? —logró susurrar Valeria, con lágrimas de profunda humillación y pánico asomándose a sus ojos delineados.

—Porque para gobernar verdaderamente a mi pueblo, necesito caminar entre ellos, sentir lo que ellos sienten, sin que la sombra del poder los ciegue o los intimide —respondió la Alcaldesa, agachándose con dificultad para recoger un tomate del suelo y limpiándolo con su delantal—. Si camino rodeada de escoltas, en camionetas blindadas y vistiendo trajes de diseñador, nunca sabré la verdad. Nunca sabré si el mercado está realmente limpio, si los precios que se cobran son justos para las familias, o si hay personas externas que creen que por tener dinero pueden venir a pisotear, humillar y maltratar a nuestra gente humilde. Llévensela, General. Tenemos protocolos  legales estrictos que seguir ante una agresión en la vía pública.

CAPÍTULO 4: LA FRÍA CELDA DE LA ARROGANCIA DESMORONADA

El ambiente en la comandancia central de policía era abrumadoramente frío, gris y esterilizado, un contraste brutal con la calidez del pueblo. Lejos quedaron los vibrantes colores, los aromas a comida y el calor humano del tianguis. Valeria fue ingresada rápidamente a una celda de detención temporal, despojada de sus anillos, su collar de oro y su cinturón. Las paredes grises de concreto descascarado y los gruesos barrotes de hierro oxidado parecían reírse burlonamente de su carísimo bolso de marca, que ahora descansaba dentro de una bolsa de plástico en la mesa del sargento de guardia como simple evidencia.

—¡Exijo hacer una llamada telefónica ahora mismo! ¡Mi abogado es el mejor del estado y los destruirá a todos ustedes, bola de incompetentes! —gritaba Valeria a todo pulmón, aferrándose desesperadamente a los barrotes, su maquillaje impecable ya completamente corrido por las lágrimas de rabia y frustración—. ¡Ustedes no tienen ni la menor idea de quién soy yo ni de quién es mi familia!

El General de Policía, que pasaba por el pasillo revisando unos reportes en una tableta, se detuvo frente a la celda de la joven y la miró con una calma gélida que aterraba mucho más que cualquier grito amenazador.

—Sabemos exactamente y a la perfección quién es usted, señorita Valeria de la Garza —dijo el General con una frialdad cortante—. Es la hija menor de un prominente empresario acomodado de la capital del estado. Pero escuche bien esto: aquí, en esta jurisdicción municipal, su apellido ilustre y su cuenta bancaria no compran la impunidad que usted acostumbra. Usted agredió físicamente, en público y sin provocación, a una ciudadana de la tercera edad pacífica. El simple hecho de que esa ciudadana resulte ser la presidenta municipal en funciones, la Alcaldesa, solo agrava su situación  legal a niveles penales.

—Fue un accidente… se me cruzó en el camino… yo no sabía quién era ella… —intentó excusarse Valeria, bajando el tono, sintiendo cómo el miedo real comenzaba a apoderarse de su garganta.

—La ignorancia no es, ni será jamás, una excusa válida para la crueldad humana —sentenció el oficial—. Mañana a primera hora tendrá una audiencia preliminar. Le sugiero fuertemente que descanse en esa cama. Le hará mucha falta la energía.