La noche cayó pesadamente sobre la ciudad, y por primera vez en su privilegiada vida, Valeria experimentó en carne propia lo que significaba la verdadera impotencia. Las sábanas ásperas y delgadas del catre de la prisión municipal eran un duro, constante e implacable recordatorio de que su dinero y su estatus social no tenían absolutamente ningún valor frente al peso de la justicia verdadera y ciega.

CAPÍTULO 5: EL JUICIO CÍVICO EN EL AYUNTAMIENTO

A la mañana siguiente, el sol apenas se asomaba cuando sacaron a Valeria de la celda. Sorprendentemente, no fue llevada ante un juez común en el tribunal de barandilla, sino que fue escoltada directamente al majestuoso Palacio Municipal, al amplio despacho privado de la Alcaldesa para llevar a cabo una junta de conciliación directa. Este era un procedimiento local especial para delitos de orden cívico que buscaba la reparación del daño antes que la cárcel. La oficina presidencial era inmensa, elegante pero sin ostentaciones, con enormes  ventanales que dejaban ver la bulliciosa plaza principal, decorada con coloridos murales que representaban las luchas y la rica historia de la Revolución Mexicana.

Doña Carmen estaba sentada tranquilamente detrás de un robusto y antiguo escritorio de madera tallada. Ya no llevaba puesto el rebozo desgastado ni el delantal humilde del día anterior. En su lugar, vestía un traje sastre sobrio, de un corte tradicional impecable, con hermosos bordados indígenas oaxaqueños en las solapas que honraban profundamente sus raíces culturales. Su porte, su mirada y su actitud eran las de una gran estadista nacional.

Valeria entró escoltada por dos mujeres policía, con la cabeza gacha, sintiendo que el piso de mármol temblaba bajo sus pies con cada paso que daba.

—Tome asiento, señorita De la Garza —indicó Doña Carmen, señalando una cómoda silla de cuero frente a ella.

Valeria obedeció en absoluto silencio, mordiéndose el labio inferior para contener un sollozo de nerviosismo.

—Ayer por la mañana, usted no solamente me empujó e insultó a mí de manera personal —comenzó a hablar la Alcaldesa, cruzando las manos calmadamente sobre el escritorio y mirándola fijamente a los ojos—. Usted insultó directamente a la esencia misma de nuestra gente, a la cultura de nuestro pueblo. Usted llamó “basura” a los ciudadanos que se levantan de madrugada y trabajan de sol a sol, partiendo su lomo para llevar comida fresca a las mesas de todo este país, incluyendo, irónicamente, la mesa de su propia casa.

—Señora Alcaldesa, yo… le ruego me perdone desde el fondo de mi corazón. Estaba sumamente estresada por problemas personales, tuve un pésimo día… mi padre está dispuesto a pagarle todos los daños o hacer una generosa donación a la tesorería del municipio…

—El dinero de su padre no repara la dignidad rota de una persona, Valeria —la interrumpió Doña Carmen, con una voz serena pero absolutamente contundente que silenció a la joven—. Su brillante abogado ya presentó un amparo federal a primera hora de esta mañana. Podría simplemente dejarla ir pagando una fianza y una multa administrativa que para el bolsillo de su familia sería como quitarle un pelo a un gato. Pero tomar esa salida fácil no le enseñaría absolutamente nada a usted sobre la vida real. Y mi deber sagrado, además de administrar los recursos de este municipio, es educar cívicamente y fomentar el respeto entre todos los que transitan por nuestro querido pueblo.

CAPÍTULO 6: LA SENTENCIA COMUNITARIA Y LA LECCIÓN DE VIDA

Valeria levantó la mirada y observó a la Alcaldesa con un profundo temor reflejado en sus pupilas dilatadas. ¿Qué planeaba hacer exactamente con ella? ¿Rechazar el amparo y enviarla a una temible prisión estatal para mujeres?

—He hablado detenidamente con el Juez Cívico y con el representante del Ministerio Público —continuó Doña Carmen, acomodándose los lentes de lectura—. Hemos llegado a un acuerdo  legal muy particular. Usted tiene dos opciones frente a usted, y debe elegir ahora mismo. La primera opción: seguimos adelante con el proceso penal formal por agresión física dolosa a una persona mayor en la vía pública, lo cual implica necesariamente antecedentes penales permanentes, juicios largos y sumamente costosos, y un escrutinio mediático público que, le aseguro, seguramente arruinará la intachable reputación corporativa de la empresa internacional de su padre.

Valeria tragó saliva ruidosamente, sintiendo un fuerte nudo en la garganta. Esa opción significaría el fin definitivo de su cómoda vida social y el repudio total de su propia familia.

—¿Y cuál es la segunda opción, señora? —preguntó con apenas un hilo de voz temblorosa, aferrándose al borde de la silla de cuero.