Rodeado por su leal y letal equipo de seguridad, fuertemente armado, que formaba una falange protectora en perfecta formación, el comandante Alejandro Méndez se dirigió lentamente hacia la salida principal de la villa ahora silenciosa y vacía. Acompañó a su madre con el máximo respeto, honor y devoción. Atrás quedaron, desiertas en la oscuridad, la lujosa fuente de mármol, que aún manaba agua, las guirnaldas de luces amarillas, los cristales rotos y todo el falso, vacío y decadente esplendor de una sociedad de élite sumida en la más absoluta decadencia. Con paso firme, atravesaron las imponentes y macizas puertas de hierro forjado de roble antiguo, hacia la fría noche estrellada de la vasta Ciudad de México. Con la cabeza en alto, su dignidad humana intacta, brillando más que nunca. Dejaron tras de sí una leyenda de justicia absoluta que resonaría con terror y respeto en los oscuros pasillos del poder y la política nacional durante el resto de la historia moderna del país.