Me incliné hacia él.

—Y lo va a tener.

Arturo se levantó.

—Te recomiendo pensar antes de acusar.

—Yo te recomiendo conseguir abogado.

Salió sin despedirse.

Una enfermera que estaba cambiándome el vendaje lo vio marcharse.

—Se veía bien nervioso.

Sonreí sin humor.

—Híjole. Apenas estamos empezando.

A la mañana siguiente reuní al consejo de Vanguard.

Iván intentó impedir la sesión.

No pudo.

El fideicomiso permitía convocar de emergencia al existir sospecha de fraude.

Entré con la mano vendada.

Nadie habló.

Iván llegó diez minutos tarde con Cynthia.

—Ella no forma parte del consejo —dije.

—Es mi madre.

—Precisamente.

—Lucía, ya basta.

—Seguridad.

Cynthia abrió la boca.

—¿Me estás corriendo?

—Sí.

—De la empresa de mi hijo.

—De la empresa donde no tienes una sola acción.

Dos guardias la acompañaron hacia la salida.

—¡Malagradecida! —gritó—. ¡Sin Iván tú no eres nadie!

Esperé a que cerraran la puerta.

Después conecté la USB roja.

—Aquí hay ciento cuarenta y siete archivos.

Mauricio estaba sentado al fondo.

—¿De dónde los sacaste?

—¿Te preocupa?

—Quiero saber la cadena de custodia.

—Qué profesional te pusiste de repente.

Iván golpeó la mesa.

—Esto es una farsa.

Proyecté el primer documento.

Una transferencia de doce millones de pesos a una empresa llamada Asterión Consultores.

Después otra.

Y otra.

Asterión no tenía oficinas.

Ni empleados.

Ni historial.

Pero sí tenía un beneficiario final.

Una sociedad panameña.

Y esa sociedad era controlada por alguien llamado Arturo Mejía.

El abogado.

Se escucharon murmullos.

Iván miró a Mauricio.

Mauricio miró el piso.

—Continúa —dije.

Pasé al siguiente archivo.

Pagos a tres proveedores fantasma.

Facturas infladas.

Comisiones.

Después apareció un nombre que no esperaba.

Cynthia Aranda.

Dos millones cuatrocientos mil pesos.

Concepto: consultoría estratégica.

La sala explotó.

Iván se puso de pie.

—¡Eso no prueba nada!

—Tu madre jamás ha trabajado aquí.

—Ha dado consejos.

—Dos millones cuatrocientos mil pesos en consejos.

—Es legal.

—¿Por qué el dinero terminó tres días después en una cuenta tuya en Houston?

Silencio.

Uno de los consejeros murmuró:

—Madre de Dios.

Iván me miró.

Por primera vez no vi arrogancia.

Vi miedo.

—¿Quién te dio esos archivos?

Ahí estaba la pregunta.

Yo tampoco lo sabía.

El número desconocido seguía enviando información.

Durante dos días llegaron mensajes.

Nombres.

Fechas.

Contratos.

Uno tras otro.

Pensé que era Mauricio.

Después pensé que podía ser algún empleado.

Entonces llegó un mensaje:

MAÑANA, 7:30. CAFÉ EN CIBELES. MESA DEL FONDO. VEN SOLA SI QUIERES SABER QUIÉN EMPEZÓ TODO.

Fui.

No debería haber ido sola.

Lo sabía.

Pero llevé una grabadora.

Un botón de emergencia.

Y avisé a Santiago dónde estaba.

A las siete treinta y siete apareció una mujer.

Tendría unos cincuenta y tantos.

Cabello corto.

Abrigo beige.

Se sentó sin pedir permiso.

—Te pareces a tu papá.

Se me heló la espalda.

—¿Quién es usted?

—Marina Ochoa.

El nombre me resultaba familiar.

Tardé unos segundos.

—Usted trabajó en Vanguard.

—Hace veinte años.

—Contabilidad.

Sonrió.

—Veo que sí haces la tarea.

—¿Usted me mandó los mensajes?

—Sí.

—¿Por qué?

Marina puso sobre la mesa una carpeta vieja.

—Porque Vanguard no la fundó Iván.

—Eso ya lo sé.

—Tampoco la fundó tu padre.

Fruncí el ceño.

—¿Qué está diciendo?

—La primera empresa se llamaba Salcedo Infraestructura.

—Era de mi padre.

—Legalmente, sí.

Marina me miró fijo.

—Pero el dinero inicial vino de tu madre.

Sentí que me faltaba aire.

Mi madre, Elena, había muerto doce años atrás.

Siempre la recordaba distante.

Elegante.

Poco interesada en negocios.

Mi padre decía que ella “no tenía cabeza para números”.

—Mi madre no tenía dinero propio.

Marina soltó una sonrisa triste.

—Eso te dijeron.

Abrió la carpeta.

Estados de cuenta de 1994.

Transferencias.

Venta de dos terrenos.

Una herencia.

Todo a nombre de Elena Cortés.

Mi madre.

—Ella puso prácticamente todo el capital.

—¿Por qué nunca me lo dijo?

—Porque tu padre la sacó de la empresa.

Leí los documentos.

—No.

—Sí.

—Mi papá adoraba a mi mamá.

—Las dos cosas pueden ser verdad.

Sentí rabia.

—¿Qué tiene esto que ver con Iván?

Marina acercó otra hoja.

—Tu madre creó el fideicomiso original.

El 58%.

La cifra que yo controlaba.

—¿Ella?

—Tu padre quiso quedarse con todo. Elena se protegió. Puso las acciones en un fideicomiso para ti.

Miré la fecha.

Yo tenía nueve años.

—Entonces…

—La verdadera razón por la que sigues controlando Vanguard es tu madre.

Me tembló la mano buena.

Marina continuó.

—Cuando Elena murió, yo pensé que el fideicomiso estaba seguro. Pero Arturo Mejía encontró una manera de usar compañías vinculadas para drenar recursos sin tocar directamente tus acciones.

—¿Y Iván?

—Iván descubrió el esquema años después.

—¿Y lo denunció?

Marina se rio.

—No.

Me sostuvo la mirada.

—Se unió.

Sentí vergüenza por haber esperado otra respuesta.

—¿Desde cuándo?

—Seis años.

Seis.

No dieciocho meses.

Seis años robándome.

—¿Mauricio?