Marina bajó la voz.

—Mauricio también participó.

—Lo sabía.

—No.

Negó.

—No sabes lo peor.

Se me erizó la piel.

—¿Qué?

—Mauricio quiere salirse.

—¿Por eso está nervioso?

—Porque hace tres meses descubrió que Iván y Arturo estaban preparando algo sin él.

—¿Qué cosa?

Marina abrió la última sección.

Una póliza.

Seguro de vida.

Cuarenta millones de pesos.

Asegurada: Lucía Salcedo.

Beneficiario indirecto: fideicomiso conyugal.

Sentí que el café se me revolvía en el estómago.

—Yo nunca firmé esto.

—Lo sé.

—¿Otra firma falsa?

—Sí.

Pasé la hoja.

Fecha de emisión: seis semanas antes.

—¿Iván quería matarme?

Marina no respondió inmediatamente.

—No puedo probarlo.

—Pero lo cree.

—Creo que estaban preparando algo.

Tragué saliva.

—¿Qué?

—Un accidente.

Pensé en la parrilla.

En su mano sobre la mía.

En su sonrisa.

Marina vio mi cara.

—Lo de la fiesta no era el plan.

—¿Entonces qué era?

—Iván perdió el control.

Sacó una fotografía.

Mi camioneta.

Estacionada en un taller.

—¿Qué es esto?

—La semana pasada llevaron tu camioneta a servicio.

—Sí.

—No era el taller habitual.

Sentí hielo en el pecho.

—¿Qué le hicieron?

—Necesitas que la policía la revise.

Salí del café y llamé al detective encargado de la denuncia.

La camioneta fue asegurada.

El peritaje tardó menos de un día en encontrarlo.

La línea de frenos había sido cortada parcialmente.

No lo suficiente para fallar de inmediato.

Lo suficiente para reventar después de varios kilómetros.

Yo tenía planeado viajar a Valle de Bravo aquel fin de semana.

Sola.

De pronto, la parrilla dejó de ser el peor momento de mi matrimonio.

Fue el que me salvó.

Si Iván no hubiera perdido el control frente a todos, tal vez yo habría manejado esa camioneta dos días después.

Las autoridades ampliaron la investigación.

Mauricio pidió hablar.

Llegó acompañado de un abogado.

Parecía veinte años más viejo.

—Quiero cooperar.

—Qué conveniente.

—Lucía…

—¿Tú sabías de los frenos?

—No.

—¿De la póliza?

Bajó la cabeza.

—Sí.

Sentí ganas de golpearlo.

—¿Y no dijiste nada?

—Creí que era para protección financiera.

—No seas cobarde.

Mauricio cerró los ojos.

—Tenía miedo.

—Yo también.

Levanté mi mano vendada.

—Pero aquí estoy.

Mauricio empezó a hablar.

Entregó correos.

Chats.

Grabaciones.

Iván y Arturo habían discutido sobre “resolver el problema Salcedo”.

Cynthia sabía del fraude, pero no del plan del vehículo.

O eso aseguró ella.

Iván fue detenido tres días después.

Arturo intentó salir del país.

Lo arrestaron en el aeropuerto.

Cynthia fue acusada por lavado y administración fraudulenta.

Yo pensé que finalmente todo estaba claro.

Hasta la audiencia preliminar.

El fiscal presentó los mensajes de Arturo.

Las transferencias.

La póliza.

El informe mecánico.

Entonces la defensa de Iván pidió introducir una prueba nueva.

Su abogado se puso de pie.

—La señora Salcedo ha presentado este caso como un complot contra ella. Sin embargo, existe evidencia de que quien manipuló el vehículo de la señora Salcedo no fue mi cliente.

La sala quedó inmóvil.

Miré al fiscal.

Él también parecía sorprendido.

El abogado proyectó una grabación.

Cámara de seguridad del taller.

Un hombre entregaba mi camioneta.

No era Iván.

Era Mauricio.

Sentí que el estómago se me cayó.

El video continuó.

Mauricio hablaba con el mecánico.

Después le daba un sobre.

La defensa sonrió.

—El señor Mauricio Becerra, principal testigo de la fiscalía, fue quien coordinó la intervención del automóvil.

Volteé hacia Mauricio.

Estaba pálido.

El fiscal pidió receso.

Horas después, Mauricio confesó.

Sí.

Había llevado el vehículo.

Sí.

Había pagado al mecánico.

Pero juró que la orden vino de Iván.

—Me dijeron que sólo iban a instalar un localizador.

—¿Y el dinero? —preguntó el detective.

—Para que no quedara factura.

—¿En serio esperas que creamos eso?

Mauricio lloró.

—No sabía lo de los frenos.

Parecía perdido.

Quizá decía la verdad.

Quizá no.

Entonces Marina me llamó.

—Lucía, tenemos un problema.

—¿Qué?

—Yo nunca te mandé la foto de la camioneta.

Me quedé congelada.

—Claro que sí.

—No.

—Me la enseñaste en el café.

—Porque tú me la mostraste primero.

Recordé.

No.

Eso no podía ser.

Busqué nuestros mensajes.

La fotografía había llegado la noche anterior a nuestra cita.

Del número desconocido.

Yo asumí que era Marina.

—Entonces alguien más tenía acceso al número.

—Exacto.

—¿Quién?

Silencio.

—Eso estoy intentando averiguar.

Los investigadores rastrearon la línea.

Era virtual.

Pagada con criptomonedas.

Nada.

Durante semanas no hubo avances.

Iván siguió preso por fraude, falsificación y agresión, pero el intento de homicidio empezó a debilitarse.

Una noche regresé a casa de mi padre.

Él vivía retirado en Cuernavaca.

Le conté todo.

Mi madre.

El fideicomiso.

Marina.

Los documentos.

Mi padre permaneció callado.

Demasiado callado.

—¿Sabías que mamá creó el fideicomiso?

—Sí.

—¿Y nunca pensaste decírmelo?

—No era necesario.

—¿No era necesario decirme que ella financió la empresa?

—Tu madre era complicada.

Me levanté.

—Siempre dijiste que no entendía negocios.