—Eso es montaje —dijo Camila.

—No importa —respondió Mariana—. Ya hay tres cuentas hablando de violencia familiar y una revista de negocios publicó que usted está atravesando problemas financieros.

Camila levantó la mirada.

—¿Problemas financieros?

Mariana intercambió una mirada con Esteban.

—Alguien filtró que varias propiedades de Castaño tienen embargos preventivos.

Camila se puso de pie.

—Eso no es cierto.

—Lo sé —dijo Mariana—. Pero esta mañana el banco congeló una línea de crédito.

—¿Con base en qué?

Esteban tomó otra hoja.

—Con base en una denuncia que señala que usted falsificó estados financieros para adquirir la residencia de Polanco.

El silencio se volvió pesado.

Camila observó los documentos sobre la mesa. La firma de su padre. Su propia firma. Una propiedad que supuestamente nunca había sido suya. Una denuncia presentada horas después del escándalo.

Alguien había preparado todo antes de la cena.

*

A las nueve de la mañana, dos camionetas negras llegaron a la residencia de Polanco con tres oficiales, un actuario y una orden de posesión a nombre de Inmobiliaria Castaño.

Renata abrió la puerta con una bata de seda y el cabello perfectamente peinado.

—No voy a permitirles entrar.

El actuario le mostró el documento.

—Señora Ibarra, tiene que desalojar la propiedad.

—¡Esta casa es mía!

—Puede presentar una oposición ante el juzgado. Por ahora, la orden es válida.

Valeria apareció detrás de ella, grabando con el celular.

—¡Esto es lo que hace Camila! ¡Usa su dinero para sacar a una familia de su casa!

Alejandro bajó las escaleras.

—Mamá, deja de grabar.

—¿Ahora la defiendes? —Renata se volvió hacia él—. ¡Tu esposa quiere destruirnos!

—No sabemos qué está pasando.

—Yo sí sé. Ella planeó todo esto.

El actuario pidió que desalojaran la vivienda. Los empleados comenzaron a sacar maletas, cajas de zapatos y cuadros. Renata gritaba que llamaría a sus abogados, a la policía, a un senador, a cualquiera que pudiera detener la humillación.

Alejandro se quedó en medio del vestíbulo, pálido.

—¿Camila te dijo que haría esto?

Renata no respondió.

—Mamá.

—Ella compró la deuda.

—¿Con qué dinero?

Renata apretó la mandíbula.

—Con el suyo.

—¿Y por qué nunca me dijiste?

—Porque no era asunto tuyo.

—¡Era mi casa!

—Era de tu padre.

Alejandro miró hacia el despacho.

La puerta estaba abierta. El escritorio de su padre seguía ahí, cubierto de polvo, aunque Renata casi nunca permitía que nadie entrara. En la pared colgaba una fotografía familiar tomada años antes: el padre de Alejandro, Renata, un joven Alejandro y una niña de cabello oscuro que él no reconoció al principio.

La niña era Camila.

Alejandro se acercó a la fotografía.

—¿Qué hace ella aquí?

Renata se quedó rígida.

—Era una reunión de negocios.

—Camila nunca mencionó conocer a mi papá antes de casarnos.

—Porque no lo conocía.

—Está en la foto.

Renata dio un paso hacia él.

—No empieces con tus tonterías.

Alejandro tomó el marco. Detrás, pegado con cinta, había un sobre amarillento.

Su nombre estaba escrito a mano.

“Para Alejandro. Sólo después de mi muerte.”

Renata se lanzó hacia él.

—Dámelo.

Alejandro retrocedió.

—¿Qué es?

-Nada.

—Entonces no te importa que lo abra.

—¡Te dije que me lo des!

Por primera vez en muchos años, Alejandro vio miedo en los ojos de su madre.

No enojo. No orgullo herido.

Miedo.

Abrió el sobre.

Dentro había una carta firmada por su padre y varias fotografías. En la primera aparecían él y Camila en una oficina, sentados frente a un pizarrón lleno de números. En otra, el padre de Alejandro estrechaba la mano del padre de Camila.

La carta decía:

*“Alejandro: si estás leyendo esto, significa que ya no pude corregir lo que hice. La familia Castaño no es nuestra enemiga. Tu madre te ha hecho creer que la empresa y la casa fueron construidas con mi esfuerzo, pero la verdad es otra. Todo comenzó con dinero de los Castaño. Yo lo administré y después lo robé.”*

Alejandro dejó de respirar.

Continuó leyendo.

*“La residencia de Polanco fue adquirida con fondos de la empresa de Enrique Castaño. La puse a nombre de Renata para ocultar una operación ilegal. Camila no lo sabe. Su padre creyó que yo devolvería el dinero. No lo hice. Cuando intentó denunciarme, lo amenacé con revelar una deuda que podía llevarlo a la cárcel. El infarto ocurrió antes de que pudiéramos arreglarlo.”*

Alejandro levantó la mirada.

—¿Qué hiciste?

Renata permanecía junto a la puerta, blanca como una pared.

—Tu padre estaba enfermo.

—¿Qué hiciste?

—Lo hice por nosotros.

—¿Robaste el dinero de su familia?

—¡Tu padre lo tomó! ¡Yo sólo protegí lo que era nuestro!

Alejandro miró la carta.

—Dice que falsificaste documentos.

—No sabes lo que estás diciendo.

—Dice que obligaste a Camila a firmar como testigo sin que ella supiera lo que firmaba.

Renata apretó los puños.