—Esa muchacha siempre tuvo demasiado. Su padre le dejó una empresa, propiedades, millones. ¿Por qué nosotros teníamos que vivir como si no mereciéramos nada?

—Porque no era nuestro.

Renata lo abofeteó.

La segunda bofetada de la mañana no la recibió Camila.

Alejandro no se movió. Sólo tocó su mejilla y miró a su madre como si por fin la estuviera viendo.

—Ésa es la diferencia entre tú y ella —dijo—. Camila construyó lo que tiene. Tú lo robaste.

*

Camila pasó el resto del día con peritos, abogados y auditores.

La firma de su padre no era falsa. La suya tampoco.

Pero Esteban descubrió algo extraño: el documento había sido firmado digitalmente mediante un certificado que Camila había usado una sola vez, seis años atrás, durante la liquidación de una sociedad.

—¿Quién tenía la contraseña? —preguntó Mariana.

Camila respondió sin pensar:

—Mi asistente de entonces.

—¿Quién era?

Camila sintió un escalofrío.

—Patricia.

Patricia había trabajado para su padre durante doce años. Después de la muerte de él, se había quedado seis meses con Camila y renunció alegando problemas de salud. Camila nunca volvió a saber de ella.

Esteban buscó su nombre en los registros.

—Patricia Morales. Actualmente vive en Monterrey.

—¿Y qué relación tiene con los Ibarra?

Mariana tecleó en la computadora.

—Su hija trabaja para Renata.

Camila cerró los ojos.

Todo parecía acomodarse demasiado bien.

La filtración, la denuncia, el documento, el video. Renata había usado a Patricia para fabricar las firmas y luego había provocado la escena de la cena para convertir a Camila en la agresora pública.

Pero todavía faltaba saber por qué.

A las ocho de la noche, Esteban recibió una llamada del banco.

—Encontraron una transferencia —dijo al colgar—. Hace tres años, antes de que usted comprara la deuda de la residencia, alguien desvió cinco millones de dólares de una cuenta de inversión de Castaño.

Camila se levantó.

—¿Cinco millones?

—La transferencia salió desde una cuenta autorizada por su padre.

—Mi padre ya estaba muerto.

—Exactamente.

Mariana abrió los ojos.

—Entonces alguien tenía acceso a sus claves.

Camila caminó hasta el ventanal. Abajo, la ciudad brillaba como una red interminable de luces rojas y blancas.

—No fue Renata —dijo.

—¿Por qué no? —preguntó Esteban.

—Porque Renata es impulsiva. Le gusta presumir. No sabe esconderse. Esto fue planeado por alguien que conocía cada contrato, cada cuenta y cada firma.

—Patricia.

Camila negó lentamente.

—Patricia ayudó, pero no pudo hacerlo sola.

Su celular vibró.

Era Alejandro.

Camila contempló el nombre en la pantalla durante varios segundos. Después contestó.

—¿Qué quieres?

—Hablar contigo.

—No tenemos nada que hablar.

—Sí tenemos. Encontré una carta de mi padre.

Camila cerró los ojos.

—¿Qué decía?

—Que tu familia pagó la casa. Que mi padre robó dinero de tu empresa. Que mi madre falsificó documentos.

Camila sintió un dolor profundo, antiguo.

—Eso ya lo sabía.

Alejandro guardó silencio.

—¿Lo sabías?

—Sabía que tu padre había estafado al mío. No sabía cuánto ni cómo. Por eso compré la deuda de la casa.

—¿Para quitárnosla?

—Para recuperar una parte de lo que les robaron.

—¿Y por qué nunca me lo dijiste?

Camila soltó una risa amarga.

—Porque cada vez que hablaba de dinero, tú me decías que estaba exagerando. Porque cuando tu madre necesitaba pagar sus tarjetas, tú me pedías paciencia. Porque pensé que, al menos, tú me amabas aunque tu familia me viera como una cuenta bancaria.

—Yo sí te amo.

—No sabes amar a alguien si permites que lo humillen para conservar tu comodidad.

—Tienes razón.

La respuesta la desarmó más que una defensa.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Camila.

—Voy a declarar contra mi madre.

Camila permaneció en silencio.

—Y contra mi padre, aunque esté muerto.

—Eso no va a devolverte nada.

—No lo hago por mí. Lo hago porque ya no puedo seguir fingiendo que no sabía.

Camila miró la noche.

—Alejandro, ¿tú sabías que tu padre tenía una hija fuera del matrimonio?

Al otro lado hubo un silencio brutal.

—¿Qué?

Camila abrió el archivo que Mariana había encontrado esa tarde. Dentro había actas, transferencias y una fotografía antigua.

—Tu padre tuvo una hija con mi madre.

Alejandro no respondió.

—Se llamaba Lucía. Murió cuando tenía nueve años.

—No puede ser.

—Tu padre lo sabía. Mi padre también. La familia Castaño recibió dinero de los Ibarra para mantener el secreto. Cinco millones de dólares.

Camila miró la transferencia.

—El dinero que desapareció no fue robado por tu padre para comprar la casa. Fue un pago de silencio.

—¿Mi padre tuvo una hija con tu mamá?

—Antes de casarse con tu madre.

—Entonces tú y yo…

—No somos hermanos. Pero nuestras familias están unidas desde mucho antes de que nosotros nos conociéramos.

Alejandro respiró con dificultad.

—¿Qué tiene que ver eso con las firmas?

Camila no respondió enseguida.