Porque la respuesta acababa de aparecer en su mente.
Una fotografía.
Una mujer joven junto al padre de Alejandro.
Un bebé en brazos.
Y al fondo, apenas visible, una muchacha de cabello oscuro.
No era Camila.
Era Patricia.
*
A la mañana siguiente, Patricia llegó a las oficinas acompañada por un hombre de traje gris.
Camila la reconoció de inmediato. Había envejecido, pero conservaba la postura recta y los ojos tranquilos.
El hombre se presentó como el licenciado Salgado.
—Mi clienta desea entregar información relacionada con la residencia de Polanco y las cuentas de su padre.
—¿A cambio de qué? —preguntó Camila.
Patricia la observó.
—De que escuche la verdad antes de acusarme.
—Ya sé que falsificaste mi firma.
—No la falsifiqué. La copié de un documento que usted firmó de verdad.
—Eso sigue siendo un delito.
—Sí.
—¿Quién te lo ordenó?
Patricia bajó la mirada.
—Su padre.
Camila sintió que le faltaba el aire.
—Mi padre murió antes de la transferencia.
—La primera transferencia ocurrió antes. La segunda fue una corrección. Su padre quería devolver el dinero que los Ibarra habían robado, pero no pudo hacerlo públicamente.
—¿Por qué?
Patricia sacó una carpeta.
—Porque la mujer que murió hace veintisiete años no era la hija de su padre.
Camila la miró sin entender.
Patricia deslizó una fotografía sobre la mesa.
Era la misma niña de la imagen familiar.
—¿Quién es ella? —preguntó Camila.
—Lucía Ibarra.
—La hija de mi madre y del padre de Alejandro.
-No.
Patricia sacó otra fotografía.
En ella aparecía una mujer embarazada, de pie frente a una clínica. Camila reconoció a su madre.
—Lucía era hija de su madre —dijo Patricia—, pero no murió en aquel accidente. La niña que murió era otra.
Camila palideció.
—¿Qué estás diciendo?
Patricia respiró hondo.
—Su madre tuvo gemelas.
El mundo se quedó quieto.
—Una de ellas fue entregada al padre de Alejandro. La otra se quedó con los Castaño. La familia ocultó la existencia de ambas para evitar un escándalo. Cuando una de las niñas enfermó, cambiaron sus nombres y sus documentos.
Camila negó con la cabeza.
—Yo no tenía una hermana gemela.
—Sí la tenía.
Patricia empujó la última fotografía.
En ella aparecían dos niñas idénticas, sentadas en el jardín de la residencia de Polanco. Una llevaba un vestido azul. La otra, uno blanco.
Camila reconoció el jardín.
Reconoció el rostro de la niña de vestido azul.
Era ella.
La niña de vestido blanco era idéntica.
—¿Dónde está? —susurró.
Patricia levantó la vista.
—En la residencia de Polanco.
Camila se quedó inmóvil.
—Eso es imposible. Renata no tiene otra hija.
—No hablo de Valeria.
La puerta de la sala se abrió.
Alejandro entró acompañado por Esteban. Detrás de ellos venía una mujer de cabello corto, lentes oscuros y una cicatriz delgada junto a la ceja.
Camila la vio y supo quién era antes de que nadie pronunciara su nombre.
La mujer se quitó los lentes.
Tenía sus mismos ojos.
Su misma boca.
La misma pequeña marca junto a la barbilla.
—Hola, Camila —dijo.
Camila se levantó tan rápido que la silla cayó hacia atrás.
—¿Quién eres?
La mujer tragó saliva.
—Me llamo Lucía Castaño.
Patricia empezó a llorar en silencio.
—Durante años —continuó Lucía— me hicieron creer que tú habías muerto en el accidente. Y a ti te hicieron creer que yo había muerto.
Camila retrocedió.
—¿Quiénes?
Lucía miró a Alejandro.
—Nuestros padres. Y Renata.
—Renata sabía que estabas viva.
—Renata me encontró hace ocho años. Me prometió devolverme mi identidad si la ayudaba a recuperar el dinero de tu empresa.
Camila sintió que todo encajaba.
—La denuncia. Las firmas. La casa.
Lucía asintió.
—Ella necesitaba provocar una guerra entre tú y Alejandro. Quería que él te abandonara, que tú parecieras inestable y que yo apareciera como la heredera legítima de los Castaño. Con mis documentos, podía reclamar tu empresa.
Esteban abrió la carpeta.
—Ya verificamos el ADN. Lucía es su hermana gemela. También encontramos las órdenes de transferencia, los correos y las grabaciones de Renata.
Camila miró a la mujer frente a ella.
Toda su vida había sentido una ausencia que no sabía nombrar. En cumpleaños, en fotografías, en la manera en que su madre evitaba hablar de los primeros años de su infancia. Había creído que esa tristeza era por la muerte de sus padres.
Ahora entendía que era algo más.
Era el espacio vacío de alguien que había existido al mismo tiempo que ella.
—¿Por qué viniste? —preguntó Camila.
Lucía bajó la mirada.
—Porque Renata intentó matarme.
Nadie dijo nada.
—Anoche me llamó para que nos viéramos en la casa —continuó—. Me dijo que tenía los documentos que necesitaba. Cuando llegué, me golpeó y me encerró en el sótano. Quería hacer parecer que yo había huido con el dinero. Pero Alejandro me encontró.