Por primera vez desde que lo conocí, pareció realmente incómodo.

—Significa que nuestro encuentro en la cafetería no fue tan casual como tú crees.

Sentí que me vaciaban un vaso de agua helada encima.

—¿Qué?

Mi mamá dejó de fingir que no escuchaba.

Mi papá volvió a sentarse.

Renata abrió la boca.

—¡Ja! ¡Lo sabía!

Yo ni siquiera la miré.

—Explícate.

Alejandro respiró lentamente.

—Yo sabía quién eras.

—¿Antes de que te tirara el café?

—Sí.

Retrocedí un paso.

—¿Me estabas siguiendo?

—No exactamente.

—Eso no suena mejor, Alejandro.

—Lo sé.

La vergüenza que había sentido antes desapareció.

Ahora estaba furiosa.

—Habla.

Él tomó su celular, abrió un correo y me mostró una cadena de mensajes.

Arriba aparecía el nombre de mi despacho.

Debajo, el de uno de nuestros clientes más grandes:

Sterling Infrastructure.

Mi corazón dio un vuelco.

Yo dirigía proyectos legales para compañías enormes, pero nunca trataba directamente con dueños. Normalmente hablaba con directores jurídicos, administradores y representantes.

—Tu equipo ha llevado durante meses una revisión contractual para una subsidiaria nuestra —explicó—. Yo recibí varios de tus informes.

—¿Y?

—Eran buenos.

Renata soltó una risita venenosa.

—Uy, qué romántico.

Alejandro ni la miró.

—Encontraste irregularidades en cláusulas de proveedores que nuestros propios abogados no habían detectado.

Recordé el proyecto.

Tres meses revisando contratos mal redactados.

Correos a las dos de la mañana.

Llamadas eternas.

—Eso es mi trabajo.

—Sí. Y lo haces muy bien.

Mi mamá abrió mucho los ojos.

No sé por qué, pero escuchar a un desconocido reconocer mi trabajo parecía sorprenderla más que enterarse de que Renata había inventado un ascenso.

Eso dolió.

Alejandro continuó.

—Pedí conocer a la persona responsable. Me dijeron tu nombre.

—¿Y decidiste aparecerte en mi cafetería?

—No.

—¿Entonces?

—Te vi por casualidad esa mañana.

—Qué coincidencia.

—Era una reunión en el mismo edificio. Te reconocí por la fotografía del perfil del despacho.

No sabía si creerle.

—Y luego me escuchaste discutir con mi mamá.

Él bajó la vista.

—Sí.

Mi madre carraspeó.

—No tienes derecho a meterte en conversaciones privadas.

Alejandro la miró.

—Señora, usted estaba hablando tan fuerte que medio café sabía que su hija de treinta años seguía soltera.

Un primo se atragantó tratando de esconder una risa.

Mi mamá se puso roja.

—Qué grosería.

—La grosería fue hacerla sentir como si necesitara presentarse aquí acompañada para tener valor.

El patio quedó en silencio otra vez.

Yo debería haberme sentido agradecida.

Pero seguía enojada.

—Entonces cuando te ofrecí dinero…

—Yo iba a decir que no.

—¿Y por qué aceptaste?

Alejandro tardó unos segundos.

—Porque vi tu cara.

La respuesta me golpeó más de lo que esperaba.

—¿Qué tenía mi cara?

—La expresión de alguien acostumbrado a fingir que los golpes no duelen.

Renata rodó los ojos.

—Ay, por favor.

Alejandro volteó hacia ella.

—Esa expresión la conozco.

Algo cambió en su voz.

Su seguridad se hizo más baja.

Más personal.

—Mi mamá la tenía cada vez que mi abuelo la hacía sentir estúpida frente a otros.

Nadie habló.

—Mi abuelo construyó Sterling —continuó—. También hizo de la vida de mi madre un infierno durante veinte años porque ella venía de una familia humilde y, según él, nunca estuvo a nuestra altura.

Su mirada regresó a mí.

—Cuando me pediste que fingiera, pensé que tal vez podía ayudarte a pasar una tarde sin sentirte sola.

Mi enojo cedió apenas.

—Aun así debiste decirme quién eras.

—Sí.

—Me dejaste defenderte cuando sabías que podías callarlos con una llamada.

—Porque si decía mi apellido desde la entrada, iban a tratarme bien por la razón equivocada.

Miró a mi familia.

Nadie sostuvo su mirada.

—Y quería saber cómo trataban al hombre que creían que no podía ofrecerles nada.

Mi papá se puso tieso.

Alejandro señaló las pinzas del asador.

—Ya lo averigüé.

—

La comida terminó dos horas antes de lo habitual.

Los tíos desaparecieron con excusas.

Los primos encontraron urgencias imaginarias.

Los socios de mi papá se fueron evitando mirar a Renata.

Mi mamá se encerró en la cocina.

Y mi hermana desapareció escaleras arriba después de aventar su copa dentro de una jardinera.

Yo estaba recogiendo mi bolsa cuando Alejandro se acercó.

—Valeria.

—No.

—Déjame explicarte.

—Ya explicaste bastante.

—No quería lastimarte.

—Qué raro. Todo mundo dice eso después de hacer exactamente lo que no quería hacer.

Él aceptó el golpe.

—Tienes razón.

Me puse los lentes oscuros.

—¿Sabes cuál fue la peor parte?

—¿Cuál?

—Que por tres horas pensé que eras la única persona aquí que no estaba actuando.

Su cara cambió.

—Yo no estaba actuando.

—Eras literalmente mi novio falso.

—Eso sí.

—Y ocultabas quién eras.

—También.

—Entonces no me digas que no estabas actuando.

Pasé junto a él.

—Gracias por venir. Te transfiero lo acordado.

—No quiero tu dinero.

Me detuve.