Sabía que esa parte me correspondía.
Respiré.
—Lo conocí el miércoles.
Mi mamá se llevó la mano al pecho.
—Dios mío.
—Le tiré café encima.
Mi abuelo se rió.
—Buen comienzo.
—Y… le pedí que fingiera ser mi novio.
Varias personas soltaron murmullos.
Renata sonrió.
Ahí estaba otra vez.
Su terreno.
Mi humillación.
—Lo sabía.
Su voz recuperó fuerza.
—¡Lo sabía! ¡Valeria tuvo que rentar un hombre porque nadie la soporta!
Algunos primos bajaron la mirada.
Mi madre negó con la cabeza.
—Qué vergüenza.
Mi papá soltó:
—A tus treinta años…
Algo dentro de mí se rompió.
No con estrépito.
Con claridad.
Miré a mi mamá.
—¿Vergüenza?
—Valeria…
—No. Tú me llamaste tres días antes para decirme que llegar sola a una carne asada familiar era humillarlos.
Mi mamá miró alrededor.
—No era necesario decirlo aquí.
—¿Por qué no? Tú me lo dijiste en una cafetería llena.
—Era una conversación privada.
—Me dijiste que “mínimo dejara de humillarlos”.
Mi padre suspiró.
—Tu mamá sólo quiere verte estable.
—Vivo sola.
Silencio.
—Pago mi departamento.
Nadie dijo nada.
—No les pido dinero. Tengo una carrera. Mantengo mi casa. Tengo ahorros. Tengo amigos. Pero para ustedes nada cuenta si no tengo un hombre sentado junto a mí.
Renata cruzó los brazos.
—Ay, ya empezó el discurso feminista.
La miré.
Por primera vez sin miedo.
—Y tú inventaste un ascenso para que te aplaudieran.
Su sonrisa desapareció.
—Por lo menos tengo pareja.
—¿Y eso te impide mentir?
Mi mamá levantó la voz.
—¡Ya basta!
—No.
Fue la primera vez que le dije no así.
No gritando.
No llorando.
Simplemente:
—No.
El jardín quedó en silencio.
Hasta los trabajadores que recogían platos se movían más despacio.
—Treinta años —continué—. Llevo treinta años escuchando que Renata es más bonita, más femenina, más sociable, más deseable. Cuando saqué beca para la universidad, ustedes celebraron que ella consiguiera novio. Cuando me ascendieron hace dos años, mamá me preguntó si ya pensaba congelar óvulos.
Mi madre abrió la boca.
—Eso no fue…
—Cuando terminé con Iván porque me engañó, papá dijo que quizá yo era demasiado exigente.
Mi padre miró su vaso.
—No recuerdo eso.
—Yo sí.
Mi voz tembló.
Pero no me detuve.
—Así que sí. Contraté a un desconocido para que fingiera ser mi novio durante una tarde porque me daba menos miedo confiar en un extraño que venir sola con ustedes.
Nadie respondió.
Entonces Alejandro se puso de pie.
—No me pagó.
Volteé.
—¿Qué?
—Nunca acepté dinero.
Renata soltó una risa seca.
—Ay, por favor.
Alejandro la ignoró.
—Valeria me ofreció pagarme. Le dije que una tarde estaba bien. Nada más.
—¿Por qué? —preguntó mi abuelo.
Alejandro se encogió de hombros.
—Porque estaba llorando.
Mi cara ardió.
—No estaba llorando.
—Tenías los ojos llenos de lágrimas.
—No cuenta.
—Cuenta tantito.
Mi abuelo sonrió.
Pero Alejandro dejó de bromear.
—Y porque conozco esa mirada.
Mi madre frunció el ceño.
—¿Qué mirada?
—La de alguien que está cansado de tener que demostrar su valor a gente que debería conocerlo.
Algo cambió en el ambiente.
Entonces su teléfono vibró otra vez.
Alejandro miró la pantalla.
Su rostro se endureció.
Yo recordé el mensaje.
Otro nombre falso ligado a la familia de Valeria.
Me acerqué.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Alejandro.
Le sostuve la mirada.
Él dudó.
—Recibí un reporte antes de venir.
—¿Sobre Renata?
—Al principio.
Renata palideció otra vez.
—¿Qué reporte?
Alejandro la ignoró.
—Esta semana detectamos varias irregularidades en recursos humanos.
Mi tío Mauricio volvió a sentarse lentamente.
—¿Qué clase de irregularidades?
—Documentos alterados. Perfiles falsos. Cartas de recomendación con firmas copiadas.
Renata apretó la copa.
—Yo no hice nada ilegal.
—Todavía no he dicho tu nombre.
Aquello la calló.
Alejandro deslizó el dedo por su celular.
—Después de preguntar por Renata, mi equipo encontró un segundo expediente relacionado con la misma dirección familiar.
Mi pecho se cerró.
—¿La dirección de quién?
Él me miró.
—De tus padres.
Mi mamá soltó una risa nerviosa.
—Debe ser un error.
—Puede ser.
—Claro que lo es.
Alejandro giró la pantalla.
Había un nombre.
Arturo Salgado.
Mi papá.
Yo sentí que el aire desaparecía.
—¿Papá?
Él no se movió.
Mi madre sí.
Lo miró.
—¿Qué significa eso?
Alejandro mantuvo la voz tranquila.
—Hace cuatro años, Grupo Sterling contrató como proveedor externo a una empresa llamada AS Servicios Integrales.
Mi tío Mauricio dejó el vaso en la mesa.
—Arturo…
Mi padre se enderezó.
—Muchísimas empresas se llaman así.
—La dirección fiscal coincide con una propiedad registrada a tu nombre en Cuernavaca —dijo Alejandro.
Mi mamá volteó lentamente hacia mi padre.
—¿Qué propiedad?
Silencio.
La pregunta cayó más fuerte que cualquier grito.
—Arturo —repitió—. ¿Qué propiedad en Cuernavaca?
Mi papá se levantó.
—Esto ya se salió de control.
—Siéntate —dijo mi abuelo.
Nadie se movió.
Mi padre miró a Alejandro.