—No tienes derecho a venir a mi casa a revisar mis asuntos.

—No revisé sus asuntos.

Alejandro levantó el teléfono.

—Revisé proveedores de mi empresa.

—Eso no te autoriza…

—AS Servicios Integrales facturó aproximadamente nueve millones de pesos a Sterling durante tres años.

Mi boca se secó.

Mi mamá parecía no entender.

—¿Nueve millones?

—Por asesorías logísticas.

Mi tío Mauricio murmuró:

—¿Tú tienes una empresa de logística?

Mi padre lo fulminó con la mirada.

—Cállate.

Yo sentí un escalofrío.

—Papá trabajó toda su vida en seguros.

Alejandro asintió.

—Por eso llamó la atención.

Entonces Renata explotó.

—¡No fue él!

Todos volteamos.

Mi padre cerró los ojos.

La expresión de mi hermana se transformó de rabia a pánico.

—Renata —dijo mi papá entre dientes.

Ella se tapó la boca.

Demasiado tarde.

Mi mamá dio un paso hacia ella.

—¿Qué acabas de decir?

Renata comenzó a respirar rápido.

—Nada.

—Dijiste “no fue él”.

—Yo…

—¿Qué sabes?

Mi padre golpeó la mesa.

—¡Se acabó!

Las copas brincaron.

Yo jamás lo había visto así.

Mi papá siempre era el hombre de bromas pesadas, del whisky caro, de las frases sobre “cómo funciona el mundo”.

Ahora parecía acorralado.

Alejandro bajó la voz.

—Señor Salgado, si hay una explicación legítima, le conviene darla.

Mi padre se rio.

—¿Me estás amenazando?

—No.

—¿Entonces qué?

—Le estoy avisando que nuestro equipo de auditoría ya congeló nuevas órdenes de pago.

El rostro de mi padre perdió color.

Ahí entendí.

Había dinero todavía en movimiento.

Mi madre también.

—Arturo…

—Elena, no hagas un drama.

—¿Un drama? ¿Qué empresa?

—Es una inversión.

—¿Y por qué yo no sabía?

—Porque tú no entiendes de estas cosas.

El silencio que siguió fue brutal.

Mi mamá retrocedió como si él la hubiera empujado.

Yo había escuchado frases similares toda mi vida.

“Valeria, tú no entiendes cómo piensa un hombre.”

“Valeria, tú no entiendes cómo funcionan las familias.”

“Valeria, algún día madurarás.”

Ahora mi padre usaba la misma voz con ella.

Y, por primera vez, mi mamá parecía escuchar cómo sonaba desde afuera.

Alejandro abrió un archivo.

—AS Servicios Integrales fue creada a nombre del señor Arturo Salgado. Pero las órdenes de servicio fueron solicitadas desde una cuenta interna.

—¿De quién? —pregunté.

Alejandro no contestó enseguida.

Miró a Renata.

Mi hermana empezó a llorar.

—Fue Ricardo.

Mi tío Mauricio frunció el ceño.

—¿Quién es Ricardo?

—Mi jefe.

Alejandro se quedó quieto.

—¿Ricardo Luján?

Renata asintió.

Mi estómago se revolvió.

Uno de los nombres que Alejandro había mencionado minutos antes.

—Yo salía con él —dijo ella.

Mi mamá la miró.

—¿Qué?

—Antes de Daniel.

Mi padre apretó los puños.

—No tienes que decir nada.

—¡Tú me metiste en esto!

Ahí se rompió todo.

Renata empezó a llorar de verdad.

—Tú dijiste que sólo tenía que mandar las solicitudes.

Mi mamá se llevó ambas manos al rostro.

—Arturo…

—¡No sabes lo que dices!

—¡Sí sé!

Renata golpeó la mesa.

—Papá necesitaba clientes. Ricardo podía aprobar contratos pequeños sin revisión nacional. Primero fueron ciento cincuenta mil. Luego trescientos. Luego más.

Alejandro la observaba con una seriedad helada.

—¿Los servicios se prestaron?

Renata bajó la mirada.

—Algunos.

—¿Cuáles?

Nada.

—Renata.

—No sé.

Mi padre intervino.

—Mi empresa sí trabajó.

—Entonces habrá entregables —dijo Alejandro.

—Claro.

—Reportes.

—Sí.

—Auditorías.

—Sí.

—Personal asignado.

—Por supuesto.

—Perfecto.

Alejandro guardó su celular.

—Mi equipo los pedirá el lunes.

Mi padre se quedó inmóvil.

Y su silencio fue respuesta suficiente.

Mi abuelo habló desde el extremo de la mesa.

—Arturo, ¿robaste dinero?

—¡No!

—Entonces contesta derecho.

—No robé nada.

—¿Facturaste por trabajos que no hiciste?

Mi padre miró alrededor.

Cuarenta años construyendo una imagen de hombre respetable.

Y ahora todos esperábamos una sola palabra.

Renata lloraba.

Mi mamá temblaba.

Yo casi podía escuchar el latido de mi propio corazón.

—Fue una oportunidad —dijo finalmente.

Mi mamá soltó un sonido ahogado.

—No.

—Todo mundo lo hace.

—No.

—Elena…

—No digas mi nombre.

Mi madre retrocedió.

—¿Cuánto?

Mi papá se quedó callado.

—¿Cuánto dinero?

—No todo fue ganancia.

—¡¿Cuánto?!

—Como seis millones.

El jardín explotó en murmullos.

Mi tío Mauricio se levantó.

—No manches, Arturo.

Mi abuelo cerró los ojos.

Mi mamá se sentó lentamente.

Yo miré la casa.

La cantera.

Los arreglos.

El nuevo piso de madera.

El coche de mi papá.

Los viajes.

Recordé algo.

—La remodelación.

Mi padre no me miró.

—Valeria…

—La remodelación de la casa empezó hace tres años.

Silencio.

—¿La pagaste con ese dinero?

Mi mamá me miró.

Entonces lo entendió también.

Se volteó hacia él.

—¿Esta casa?

—No exageres.

—¿Esta casa está pagada con dinero robado?

—¡No fue robado!

Alejandro habló.

—Si se facturaron servicios inexistentes, sí.

Mi padre lo señaló.

—Tú cállate.

—No vuelvas a hablarle así —dije.

Mi propia voz me sorprendió.

Papá me miró.

—¿Qué?

Me puse de pie.

—No vuelvas a hablarle así.