“Gracias, oficial Ramírez. Por todo.”

La vi bajar las escaleras del juzgado y desaparecer entre la bulliciosa multitud de la tarde.

Me levanté del banco de piedra, alisando la parte delantera de mi chaqueta azul marino, y bajé los escalones hacia la calle. El aire era cálido, el sol brillaba, y al adentrarme en la luz de la tarde, me di cuenta de que, por primera vez en mi vida, respiraba un aire que me pertenecía por completo.