—¿Por qué?

Pasó las hojas.

—Porque hay algo más.

Me entregó una página.

Leí el encabezado.

FIDEICOMISO PATRIMONIAL SAN MAURICIO.

Debajo aparecía mi nombre.

Y luego una frase:

“La señora Elena Robles de Morales posee derecho vitalicio de administración y usufructo. La propiedad raíz no forma parte de la sucesión directa de Santiago Morales Robles ni Renata Morales Robles.”

Sentí frío.

—¿Qué significa “no forma parte”?

Ortega me observó.

—Que sus hijos nunca iban a heredar la tierra directamente.

—Pero Mauricio siempre dijo que…

—La hacienda estaba protegida desde hace treinta años.

Seguí leyendo.

Más abajo aparecía una condición:

Tras la muerte de ambos administradores, la propiedad será transferida al beneficiario designado en anexo reservado.

Busqué el anexo.

Ahí estaba.

Una hoja reciente.

Con firma notarial.

Y un nombre.

Gabriel Alcázar Mendoza.

Fruncí el ceño.

—No conozco a ningún Gabriel Alcázar.

Ortega tampoco.

—Hay una carta.

La abrí.

El papel olía ligeramente a tabaco, aunque Mauricio dejó de fumar hacía veinte años.

Comencé a leer.

“Mi Elena:

Si llegaste hasta aquí, quiere decir que mis temores se cumplieron.”

Tuve que detenerme.

Álvaro bajó la mirada.

Seguí.

“Antes de explicarte quién es Gabriel, necesito decirte algo que debí confesarte hace muchos años.

Santiago y Renata son nuestros hijos.

Pero nunca fueron los herederos originales de San Mauricio.”

Me quedé inmóvil.

“¿Originales?”, murmuré.

Continué.

“La hacienda tampoco fue comprada por nosotros como siempre creíste.”

Mis manos empezaron a temblar.

—Eso es imposible.

Yo había estado ahí cuando Mauricio negoció la compra.

Había visto contratos.

Había firmado papeles.

Seguí leyendo.

“En 1984 yo descubrí que las tierras formaban parte de una propiedad mucho más grande que había pertenecido a mi padre biológico.

El hombre que tú conociste como mi padre, don Ernesto Morales, no lo era.”

Cerré los ojos.

Toda mi vida con Mauricio empezó a sentirse como un cuarto al que alguien había movido los muebles.

Volví a leer.

Su verdadero padre se llamaba Rafael Alcázar Fuentes.

Un terrateniente de Guanajuato que había tenido una relación con la madre de Mauricio antes de casarse.

Rafael nunca reconoció públicamente a Mauricio.

Pero antes de morir había creado un fideicomiso.

La Hacienda San Mauricio era parte de él.

Y había una condición.

La propiedad debía permanecer en manos de la línea biológica Alcázar.

—Entonces Santiago y Renata sí son descendientes —dije.

Ortega no respondió.

Mi corazón dio un golpe.

Seguí leyendo.

“Hay algo más, Elena.

Santiago y Renata son mis hijos ante Dios y ante la ley.

Los amé desde el día en que los cargué por primera vez.

Pero hace diecinueve años descubrí que biológicamente ninguno de los dos es mío.”

Solté la carta.

—No.

Ortega cerró los ojos.

—Doña Elena…

—No.

Me puse de pie.

La silla cayó atrás.

—Eso no puede ser.

Yo nunca había sido infiel.

Nunca.

Ni una vez.

—Mauricio estaba equivocado.

Recogí la carta.

Las siguientes líneas me dejaron sin aire.

“Antes de que pienses lo peor, no hablo de ti.

Sé perfectamente que jamás me traicionaste.”

Me quedé congelada.

“Los niños que criamos no fueron los bebés que nacieron de ti.”

El mundo desapareció.

Solo escuchaba el aire acondicionado.

—¿Qué…?

Volví a leer.

“Hubo un intercambio en el hospital.”

Mis rodillas cedieron.

Álvaro me sostuvo.

—No puede ser.

—Siga leyendo.

—No.

—Doña Elena.

—¡No!

Pero ya sabía que tenía que hacerlo.

Mauricio explicaba que había descubierto la verdad por accidente.

Santiago necesitó un trasplante de médula a los cuarenta y nueve años. Los estudios genéticos mostraron incompatibilidades imposibles.

Mauricio investigó en secreto.

Renata tampoco compartía nuestros marcadores biológicos.

Contrató detectives.

Revisó registros hospitalarios de 1972 y 1975.

Y encontró algo.

La clínica privada donde nacieron ambos había estado involucrada en una red clandestina de adopciones y sustitución de recién nacidos.

No había sido un accidente.

Habían vendido bebés.

Sentí ganas de vomitar.

—Mis hijos…

—Son sus hijos —dijo Ortega.

—No diga eso como si arreglara algo.

Seguí leyendo.

Mauricio había localizado a uno de nuestros hijos biológicos.

El otro había muerto siendo bebé.

La niña que yo di a luz antes que Renata había sido entregada a otra familia y falleció de neumonía a los seis meses.

Pero mi primer hijo…

Había sobrevivido.

Se llamaba Gabriel Alcázar Mendoza.

—¿Gabriel?

Ortega asintió lentamente.

—El beneficiario.

—¿Dónde está?

Busqué en los documentos.

Había una fotografía.

La saqué.

Un hombre de unos cincuenta años aparecía junto a una camioneta vieja.

Barba entrecana.

Camisa de mezclilla.

Sombrero.

Sentí que el corazón se me detenía.

Lo conocía.

—No…

Ortega miró la foto.

—¿Lo reconoce?

Claro que lo reconocía.

Gabriel era Gabo.

El capataz de la hacienda.

El hombre que llevaba treinta años trabajando con nosotros.

El que llegaba antes del amanecer.

El que había enseñado a Santiago a montar.

El que cargó el ataúd de Mauricio.