Había un cargo de una habitación en un hotel de Polanco.

Dos personas.

Día de nuestro aniversario.

La noche que Derek me dijo que debía quedarse cerrando inventario.

—Hijo de… —murmuré.

Catalina golpeó suavemente el bastón contra el piso.

—Bien.

La miré.

—¿Bien?

—La rabia sirve.

Se inclinó hacia adelante.

—Siempre y cuando tú decidas a dónde apunta.

—

Los siguientes cuatro días fueron como despertar después de años bajo el agua.

Recuperé acceso a mis cuentas.

Bloqueé transferencias.

Llamé a mi mamá.

Lloró cuando le dije dónde estaba.

No le conté todo.

Todavía no.

Lorena contestó al segundo timbrazo.

—¿Vale?

Su voz se quebró.

—Pensé que ya no querías saber de mí.

—No era eso.

—Lo sé.

Silencio.

—Siempre supe.

Lloramos las dos.

Derek llamó cuarenta y tres veces.

Después escribió desde números diferentes.

“Ya estuvo.”

“Regresa a casa.”

“No hagas una tontería.”

“Te juro que si me metes en problemas…”

Luego cambió.

“Te extraño.”

“Perdóname.”

“Estoy preocupado.”

Después:

“Si no vuelves hoy, no respondo por lo que pase.”

Rafael guardó cada mensaje.

—No borres nada.

Catalina escuchaba los audios con una expresión inmóvil.

El quinto día, durante el desayuno, deslizó una invitación sobre la mesa.

Papel grueso.

Letras doradas.

Gala Anual del Hospital Infantil San Gabriel.

Patrocinadores.

Empresarios.

Cámaras.

Gobierno.

Directivos.

Miré la lista.

Altavista Motors aparecía como patrocinador plata.

Sentí un vacío en el estómago.

—Derek va a estar ahí.

—Sí —dijo Catalina.

—Brenda también.

—Sí.

—No pienso ir.

—Sí vas.

La miré.

—¿Para qué?

—Porque hay una diferencia entre vengarse y dejar de esconderse.

Tomó su taza.

—Tú no vas a hacerle una escena.

—Entonces ¿qué?

Catalina sonrió.

—Vas a permitir que la verdad haga su chamba.

—

Esa noche bajé del sedán con un vestido verde esmeralda que Catalina había mandado ajustar.

No era ostentoso.

Pero me quedaba como si hubiera sido cosido para una versión de mí que yo había olvidado.

Tomás abrió la puerta.

Catalina salió después.

Vestida de negro.

Bastón blanco.

Perlas.

Una reina de guerra.

Las cámaras se volvieron inmediatamente hacia ella.

—¡Doña Catalina!

—¡Señora Robles, por acá!

—¿Una foto?

Yo me quedé quieta.

—¿Quién es usted? —preguntó una reportera.

Catalina respondió sin dudar.

—Mi nieta.

No la corregí.

Entramos.

El salón estaba lleno de luz dorada, arreglos de flores blancas y personas que sonreían con copas en la mano.

Entonces lo vi.

Derek.

Traje gris.

Corbata vino.

Junto a Brenda.

Ella llevaba un vestido plateado y la pulsera que yo había visto cargada en nuestra cuenta.

Derek estaba riéndose.

Hasta que me vio.

La copa se le resbaló.

Cayó contra la alfombra.

—¿Valeria?

Varias personas voltearon.

Caminó hacia mí.

—¿Dónde demonios estabas?

Su mano se cerró sobre mi brazo.

Antes de que yo reaccionara, Catalina golpeó el piso con el bastón.

Tac.

—Suéltela.

Derek miró a Catalina.

—Esto es asunto de mi esposa.

—Entonces compórtese como esposo.

Brenda se acercó.

—Derek, vámonos.

Yo la miré.

—Bonita pulsera.

Ella bajó la muñeca.

Derek se puso pálido.

—Valeria, no armes un show.

Entonces Catalina dio un paso al frente.

—Joven, antes de levantarle la voz a mi nieta, explíqueles a todos por qué abandonó a su esposa sin teléfono ni dinero en una parada de camión.

Las conversaciones alrededor empezaron a apagarse.

Derek miró alrededor.

—¿Qué?

—Y ya que estamos aquí…

Catalina giró ligeramente hacia Brenda.

—Explique por qué gastó dinero robado de la cuenta de Valeria en hoteles con la mujer que está detrás de usted.

Brenda dejó de sonreír.

Derek soltó una risa nerviosa.

—Esto es una locura.

—No.

La voz de Rafael Soria sonó detrás de nosotros.

—Esto es contabilidad.

Entró al salón con una carpeta sellada bajo el brazo.

Y dos hombres detrás de él.

Uno llevaba un gafete de la Fiscalía.

El otro, de la unidad de delitos financieros.

Derek perdió el color de la cara.

—¿Qué está pasando?

Rafael me miró.

—Encontramos algo más.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué cosa?

Abrió la carpeta.

—BM Consultores.

Derek dio un paso atrás.

Brenda también.

—No es una consultora —continuó Rafael—. Es una empresa fantasma.

El silencio se volvió pesado.

—Recibió depósitos desde cuentas de clientes de Altavista Motors durante casi tres años.

Brenda habló:

—Eso es absurdo.

—¿Sí?

Rafael sacó documentos.

—Las transferencias suman poco más de doce millones de pesos.

Se escuchó un murmullo.

Derek negó.

—Yo no tengo nada que ver.

—La empresa está registrada a nombre de un prestanombres relacionado con usted.

—Mentira.

—Y los retiros terminaban en dos lugares.

Rafael levantó la vista.

—Sus cuentas.

Miró a Brenda.

—Y las de ella.

El dueño de Altavista Motors, un hombre de cabello blanco que estaba a unos metros, se acercó.

—Brenda.

Ella se quedó helada.

—Señor Villegas…

—¿Qué hiciste?

—Yo puedo explicar.

—Pues órale —dijo él—. Explica.

—