Entonces dejo un sobre pegado debajo de la banca.
Dentro hay una tarjeta de transporte cargada.
Quinientos pesos.
Y un papel con una sola frase:
“Si alguien te convenció de que no puedes irte, usa esto para demostrarle que está equivocado.”
Nunca sé quién encuentra el sobre.
No necesito saberlo.
Porque Catalina me enseñó algo que ahora llevo conmigo:
A veces cambiar una vida no empieza con un gran acto de heroísmo.
A veces empieza con un asiento vacío.
Un bastón golpeando la banqueta.
Y una desconocida que se sienta a tu lado y te dice la verdad que nadie se había atrevido a decirte:
“Hija, eso no es amor.”