De niña bastaba con que mi papá elevara el tono para que yo sintiera que había hecho algo malo.
Aquella noche no.
—Siéntate, papá.
Se quedó inmóvil.
Mi madre me miró horrorizada.
—¿Cómo te atreves a hablarle así?
—Porque tengo treinta y un años, mamá.
Le señalé la silla.
—Y porque en cuatro minutos quizá todos quieran estar sentados.
Santiago soltó lentamente el aire.
—¿Qué más hay?
Renata volteó hacia él.
—No le hagas caso.
—¿Qué más hay, Valeria?
Saqué la segunda hoja.
La puse encima.
Era un contrato de apertura de crédito.
Debajo aparecía una firma digitalizada.
Santiago la reconoció al instante.
Se quedó sin color.
—Esa es mi firma.
Renata no dijo nada.
—Sí —respondí.
—Yo nunca firmé esto.
Mi papá miró a Renata.
Mi mamá también.
Renata intentó reír.
—Claro que sí, amor.
—No.
Santiago agarró la hoja.
—No.
La levantó.
—Yo jamás he visto este documento.
Renata extendió la mano.
—Déjame explicarte.
Él la apartó.
—Dice que solicité un crédito por seis millones de pesos.
—Fue para una inversión.
—Yo no pedí seis millones.
—Santiago…
—Yo no firmé esto.
Renata tragó saliva.
Por primera vez esa noche, su voz dejó de sonar segura.
—Lo hicimos juntos.
—No.
—Tú sabías.
—No sabía.
Mi madre intervino.
—Quizá se te olvidó.
Santiago volteó lentamente hacia ella.
—¿Perdón?
Mi madre se encogió.
—Con tantos documentos…
—Camila —dijo Santiago—, ¿tú sabías de esto?
El silencio respondió por ella.
Renata se levantó de golpe.
—Valeria está manipulando todo.
—¿Manipulando qué? —pregunté—. ¿Tu firma falsificada?
—¡Es una copia!
—Exactamente.
Saqué un peritaje preliminar.
—Una copia insertada digitalmente sobre un contrato.
Santiago lo leyó.
—¿Quién hizo esto?
No contesté de inmediato.
Miré el reloj.
9:19.
—Tres minutos.
Renata dio la vuelta a la mesa.
—Te voy a sacar yo misma.
Santiago se interpuso.
—No la toques.
Ella se detuvo.
Aquello sí le dolió.
—¿Qué?
—No la vuelvas a tocar.
Renata lo miró como si acabara de traicionarla.
—Soy tu esposa.
—Y ella acaba de enseñarme un crédito a mi nombre que nunca autoricé.
Mi padre resopló.
—Esto se puede arreglar.
Santiago lo miró.
—¿Arreglar?
Mi papá bajó la voz.
—Somos familia.
Yo casi me reí.
—Qué rápido apareció esa palabra.
Mi mamá se volvió hacia mí.
—Valeria, mi amor…
La miré.
—No.
Ella se quedó callada.
—No me digas “mi amor” ahorita.
Su cara se endureció.
—Todo esto lo haces por resentimiento.
Asentí.
—Eso llevan años diciendo.
—Porque es cierto.
—No.
Abrí otro separador.
—Lo hago porque hace siete meses recibí un expediente en mi despacho.
Renata se congeló.
—¿Qué expediente?
—Una empresa de Querétaro contrató a mi firma para revisar operaciones sospechosas de uno de sus proveedores.
Mi padre bajó lentamente la mirada.
—El proveedor era Consultoría Alameda.
Nadie habló.
—Yo no sabía que tenía relación con ustedes. Al principio pensé que era una coincidencia.
Pasé otra página.
—Hasta que encontré una cuenta receptora vinculada a papá.
Mi madre murmuró:
—Mauricio…
Él no respondió.
—Luego otra vinculada a mamá.
—Valeria, escúchame…
—Y después una tercera relacionada con Renata.
La miré.
—Ahí entendí que no estaba investigando a un proveedor cualquiera.
Cerré la carpeta un momento.
—Estaba investigando a mi propia familia.
Santiago se sentó.
Parecía mareado.
—¿Cuánto dinero?
Mi papá respondió antes que yo.
—No es lo que parece.
—¿Cuánto?
—Santiago…
—¡¿CUÁNTO?!
Yo saqué una hoja resumen.
—Once millones setecientos cuarenta mil pesos en movimientos cuestionables durante cuatro años.
Mi madre soltó un gemido.
Santiago miró a Renata.
—Dios mío.
Renata negó con la cabeza.
—Todo fue para nosotros.
—No —dije.
—¡Sí!
—No todo.
Abrí el último separador rojo.
—Y aquí es donde se pone feo.
Mi padre me miró con verdadero miedo.
Eso me sorprendió.
Hasta ese momento pensé que él controlaba todo.
Entonces entendí que quizá no.
Saqué tres hojas.
—Hace dos años se vendió un terreno industrial en Toluca.
Mi madre se cubrió la boca.
Mi padre murmuró:
—No.
—Sí.
Renata lo miró.
—¿Qué terreno?
Mi papá se puso de pie.
—Valeria, ya fue suficiente.
—Ese terreno pertenecía a una empresa llamada Desarrollos Monteluna.
Renata frunció el ceño.
—Nunca he escuchado ese nombre.
—Yo tampoco.
Miré a mi padre.
—Hasta hace cuatro meses.
Santiago preguntó:
—¿Quién era el dueño?
—Ésa fue la parte interesante.
Puse el acta constitutiva sobre la mesa.
—El accionista original era mi abuelo Ernesto.
Mi madre dejó escapar un suspiro.
—Después de su muerte —continué— las acciones debían dividirse en partes iguales entre sus dos nietas.
Renata parpadeó.
—¿Nosotras?
—Sí.
Me miró confundida.
—Nunca recibimos nada.
—Exacto.
Puse otra hoja.
—Porque alguien modificó el libro corporativo.
Mi padre cerró los ojos.
—Mauricio —susurró mi madre.
Renata miró a papá.
—¿Qué hiciste?
Él se pasó una mano por la cara.
—Fue hace muchos años.
Sentí algo extraño.
Una victoria sin alegría.
—Falsificaste la cesión de mis acciones.