Pero mandó una carta.

No la abrí hasta esa noche.

Decía:

“Valeria:

Durante toda mi vida pensé que ser la favorita significaba haber ganado.

Ahora entiendo que solo me enseñaron a competir en una carrera que no existía.

Teresa me usó porque yo quería sentirme elegida.

Mamá me consintió porque sentía culpa.

Papá me defendió porque yo era más fácil de presumir.

Y yo te destruía cada vez que podía porque tú eras la única persona de la familia que nunca necesitó aplausos.

Aquella noche te pegué porque descubrí que sabías la verdad.

Pero lo que más miedo me dio no fue la carpeta.

Fue que sonrieras.

Porque entendí que por primera vez ya no tenías miedo de mí.”

Me quedé mucho tiempo mirando esa frase.

Después doblé la carta.

No lloré.

Sonreí.

La misma sonrisa que había hecho que Renata frunciera el ceño aquella noche.

Solo que ahora entendía por qué.

Hay personas que pueden soportar que las odies, que les grites o que les tengas miedo. Lo que no soportan es el momento exacto en que dejas de necesitar su aprobación.

Y ése había sido mi verdadero triunfo.

No los cuarenta y tres millones.

No la empresa.

No las propiedades.

Ni siquiera haber descubierto el fraude.

Fue comprender que durante años mi familia había usado el aplauso como una moneda.

Renata lo recibía.

Yo lo perseguía.

Hasta aquella noche.

La noche en que mi hermana me golpeó frente a todos.

La noche en que mis padres aplaudieron.

La noche en que pensé que me estaban humillando por última vez.

Y, sin saberlo, me dieron exactamente lo único que necesitaba para dejar de pedirles permiso para ser yo.