—También dijo que si algún día Diana usaba esa casa para lastimarte a ti o a Lucía, entonces ya no merecía seguir allí.
Me tapé la cara.
Durante meses me había preguntado por qué mi papá no había dejado simplemente la propiedad a mi mamá.
Ahora entendía.
No confiaba en ella.
Y lo peor era que tenía razón.
—
Lucía despertó cerca del mediodía.
Lo primero que preguntó fue:
—¿Ya podemos recoger mis cosas?
Le sonreí.
—Sí.
—¿La abuela va a estar?
—Probablemente.
Se quedó viendo la cobija.
—No quiero verla.
La respuesta me partió.
—No tienes que hablar con ella.
—¿Está enojada conmigo?
Me arrodillé frente a la cama.
—No hiciste nada malo.
Lucía tragó saliva.
—Pero dijo lo de las consecuencias.
—Tu abuela estuvo mal.
—¿Entonces por qué no me abrió?
No tenía una respuesta que no destruyera algo dentro de ella.
Así que escogí la verdad más simple.
—Porque algunos adultos se enojan tanto que olvidan cuidar a quien deberían cuidar.
Lucía pensó unos segundos.
—Eso está bien tonto.
Solté una risa triste.
—Sí, mi amor.
—Bien tonto.
—
Llegamos a la casa a la una.
Había un cerrajero.
Esta vez contratado por mí.
El nuevo seguro plateado estaba desmontado.
Cuando entramos, Marissa apareció desde la sala.
—No puedes venir así.
Levanté una ceja.
—Qué curioso.
—Mamá está muy mal.
—Lucía necesita sus cosas.
Mi hermana miró a mi hija.
No pidió disculpas.
Solo dijo:
—Hola, Lu.
Lucía se pegó a mi brazo.
Subimos.
Su recámara parecía intacta.
Excepto por algo.
Faltaban dos cajas.
—¿Dónde están mis libros? —preguntó.
Marissa apareció en la puerta.
—Mamá necesitaba espacio.
—¿Qué hicieron?
—Los guardamos.
—¿Dónde?
No contestó.
Mi estómago se apretó.
—Marissa.
—En la cochera.
Bajé.
Las cajas estaban en el suelo.
Una húmeda.
Lucía abrió la tapa.
Dentro tenía cuadernos, dibujos y un álbum de fotografías de su papá.
El padre de Lucía había muerto cuatro años antes en un accidente carretero.
Ella guardaba todo lo relacionado con él como tesoros.
Varias fotografías estaban mojadas.
Lucía tomó una.
La tinta se había corrido sobre la cara de su papá.
—No.
Fue un susurro.
Luego otro.
—No.
La vi intentar separar dos fotografías pegadas.
Se rompieron.
Mi hija empezó a llorar.
Ahí se acabó mi paciencia.
Subí las escaleras.
Encontré a mi mamá acostada en su habitación.
—¿Sacaste las cajas de Lucía?
Diana volteó hacia la pared.
—Marissa necesitaba el cuarto.
—¿Para qué?
—Una oficina.
Me quedé viéndola.
—Sacaste los recuerdos de su papá a una cochera húmeda porque Marissa quería una oficina.
—No sabía qué había dentro.
—Era la habitación de tu nieta.
—Elena, ya basta.
—No.
Ella se incorporó.
—¡Esta persecución tuya es una locura!
—¿Persecución?
—Trajiste abogados.
—Dejaste a mi hija bajo la lluvia.
—¡Porque necesitabas aprender límites!
La miré incrédula.
—¿Límites?
—Llegaste hace dieciséis meses y tomaste control de todo.
—Pagaba todo.
—Exactamente.
Su voz se elevó.
—Todo era “yo pagué esto”, “yo arreglé aquello”, “yo llevo las cuentas”.
—Porque tú me lo pediste.
Diana apretó los labios.
—Yo quería ayuda. No una dueña.
Solté una risa amarga.
—Qué ironía.
—¿Qué?
—Tú tampoco eras la dueña.
Su cara cambió.
—Sal de mi cuarto.
—No te preocupes.
Me acerqué a la puerta.
—Muy pronto ninguna de las dos tendremos que discutir sobre quién sale de qué cuarto.
—¿Me vas a echar?
Me detuve.
Por un segundo vi a una mujer de setenta años.
Mi madre.
La que me hizo sopa cuando tuve varicela.
La que cosió mi vestido de graduación.
La que cargó a Lucía recién nacida durante horas.
Mi corazón intentó doblarse.
Entonces recordé la cámara.
Mi hija levantando la cara hacia ella bajo la lluvia.
“Abuela, abre.”
Y Diana mirando desde dentro.
—No fuiste capaz de abrirle a una niña de doce años —dije—. No me pidas ahora que finja que eres indefensa.
Salí.
—
Marissa no tomó la situación con tanta calma.
Esa tarde me llamó diecisiete veces.
Finalmente contesté.
—¿Qué quieres?
—Arreglar esto.
—¿Cómo?
—Retira la demanda.
—No es una demanda mía.
—No te hagas.
—La cláusula estaba desde antes.
—Mamá no puede quedarse sin casa.
—Puede rentar.
—¿Con qué dinero?
Parpadeé.
—Tiene pensión.
Silencio.
—¿Marissa?
—La pensión no alcanza.
—Debería.
—Pues no.
Mi estómago volvió a apretarse.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
—¿Qué hiciste con su dinero?
—¡Yo nada!
—Entonces ¿por qué no alcanza?
Marissa respiró rápido.
—Hay gastos.
—¿Cuáles?
—Cosas.
—¿Qué cosas?
—No tienes derecho a interrogarme.
Solté una carcajada.
—Tú llegaste hace tres semanas con dos maletas y desde entonces mamá necesita más dinero que nunca.
—No sabes nada.
—Dime.
Silencio.
—Marissa.
Entonces soltó:
—Estoy divorciándome.
Me quedé callada.
—¿Desde cuándo?
—Cuatro meses.
—Nunca dijiste nada.
—Porque no necesito reportarte mi vida.
—¿Y te quedaste sin dinero?
—Víctor bloqueó las cuentas.
—¿Por eso llegaste?
—Sí.
La verdad siguió saliendo.
Tarjetas.
Compras.
Honorarios.