Caminamos juntas hacia la camioneta.
Detrás de nosotras, la jacaranda se movía con el viento.
Y por primera vez desde aquella tarde, comenzó a lloviznar.
Lucía levantó la cara.
Yo busqué las llaves por reflejo.
Ella me detuvo.
—Mamá.
—¿Qué?
Extendió las manos hacia la lluvia.
Sonrió.
—No pasa nada.
La miré unos segundos.
Después guardé las llaves.
Y nos quedamos ahí.
Mojándonos.
Porque esta vez nadie nos había dejado afuera.