Vi cómo él se reía demasiado fuerte cuando ella hacía bromas crueles.

Vi algo que antes me había negado a ver:

mi hijo no era solamente cobarde conmigo. Se estaba convirtiendo en alguien que necesitaba humillar a otra persona para no sentirse humillado él.

Y eso ya no podía justificarlo.

Cuando me fui, Santiago me acompañó hasta la puerta.

—Mamá.

Me puse el abrigo.

—¿Sí?

—No te vayas enojada.

Lo miré.

—No estoy enojada.

Pareció aliviado.

—Qué bueno.

—Estoy decepcionada.

Su cara cambió.

—Ay, mamá…

—Buenas noches, Santiago.

Caminé hacia mi coche.

Detrás de mí dijo:

—Renata sí te quiere.

Me detuve.

No volteé.

—Entonces tiene una manera muy curiosa de demostrarlo.

Y me fui.

—

A las nueve de la mañana siguiente estaba en el despacho del licenciado Barragán, en Polanco.

Era un hombre de setenta años, de esos abogados que todavía usaban pluma fuente y jamás entregaban un documento sin leerlo dos veces.

Cuando entré, no sonrió.

Eso me preocupó.

—Siéntese, doña Valeria.

—Su mensaje me asustó.

—No era mi intención.

—Pues lo logró.

Sacó una carpeta color crema.

—La propiedad que usted adquirió pertenecía a una sociedad familiar llamada Costa Azul Patrimonial.

—Sí.

—Pero hay una situación anterior a la venta que no estaba visible en el expediente comercial preliminar.

—¿Qué situación?

Barragán giró la carpeta.

Había un apellido que reconocí inmediatamente.

Mendoza.

El apellido de Alejandro.

Mi marido muerto.

Sentí que la espalda se me endurecía.

—¿Qué tiene que ver Alejandro?

Barragán juntó las manos.

—Mucho.

Me quedé callada.

—Doña Valeria… ¿usted sabía que su esposo tenía participación en esa propiedad?

Me reí por reflejo.

—No diga tonterías.

Él no se rio.

—No es una tontería.

Abrió una escritura vieja.

Fecha: 1996.

Entre los socios aparecía:

Alejandro Mendoza Rivas.

Mi garganta se cerró.

—Esto es imposible.

—No.

—Alejandro era supervisor de obra.

—Eso fue después.

Pasé los dedos por el nombre.

—Nunca me dijo nada.

—Según los documentos, su marido fue uno de los cuatro propietarios originales del terreno.

Levanté la vista.

—¿Cuánto tenía?

—Veinticinco por ciento.

El mundo pareció inclinarse.

—No entiendo.

Barragán respiró.

—La participación fue transferida dos años antes de su muerte.

—¿A quién?

No respondió inmediatamente.

Y cuando lo hizo, sentí que me habían golpeado.

—A su hijo Santiago.

Me puse de pie.

—No.

—Doña Valeria…

—Santiago tenía dieciséis años.

—Precisamente.

Sacó otro documento.

Era un fideicomiso.

Alejandro había transferido su participación a Santiago, pero con una condición:

Santiago no podría disponer de los derechos hasta cumplir treinta y cinco años.

—¿Por qué nunca supe de esto?

—Eso mismo intenté averiguar.

—Santiago tiene treinta y ocho.

Barragán asintió.

—Y hace tres años, cuando pudo reclamar esos derechos, firmó una cesión.

Me quedé mirándolo.

Ya sabía la respuesta.

—A Renata.

Barragán negó lentamente.

—No.

El aire se me atoró.

—Entonces, ¿a quién?

Volteó la hoja.

El nombre estaba ahí.

Camila Rivas Salgado.

Mi hermana.

Por un momento no escuché absolutamente nada.

Ni el aire acondicionado.

Ni el tráfico.

Ni mi propia respiración.

—Camila…

Mi hermana.

La niña de los vestidos nuevos.

La favorita de mi madre.

La mujer que siempre tuvo algo que decir sobre mis decisiones.

La que durante años me había repetido:

“Valeria, ya deja de tratar a Santiago como bebé.”

“Valeria, no seas intensa.”

“Valeria, Renata es de otra clase, tienes que adaptarte.”

—Esto no tiene sentido.

—Todavía falta.

Barragán sacó un documento final.

—Cuando Costa Azul Patrimonial vendió la casa, la cesión de Santiago a Camila apareció impugnada.

—¿Por quién?

—Por Santiago.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Su hijo presentó una demanda alegando que firmó bajo engaño.

Me senté otra vez.

—¿Cuándo?

—Hace ocho meses.

Ocho meses.

La misma época en que Santiago comenzó a llamarme menos.

La misma época en que Renata empezó a tratarme con una hostilidad todavía más abierta.

—¿Y la cláusula?

Barragán señaló la escritura que yo había firmado.

—La venta se hizo bajo reserva de litigio. Usted es propietaria física del inmueble, pero si Santiago demuestra que su cesión fue obtenida mediante fraude, tendrá derecho sobre una parte del dinero recibido por la sociedad.

—¿Cuánto?

—Aproximadamente un millón setecientos mil dólares.

Sentí vértigo.

—¿Santiago sabe que yo compré la propiedad?

—No.

—¿Camila?

—Tampoco debería saberlo todavía.

—Entonces, ¿por qué dijo que él no debía enterarse?

Barragán se quedó inmóvil.

Después deslizó hacia mí un sobre.

—Porque hay algo más delicado.

Dentro había copias de correos.

Mensajes.

Fotografías.

Y una declaración jurada.

El nombre arriba era:

Renata Alcázar.

Mi nuera.

Leí.

Y conforme avanzaba, mis manos empezaron a temblar.

Renata conocía a Camila desde antes de conocer a Santiago.

Mucho antes.

Habían trabajado juntas en una firma inmobiliaria.

Según los correos, Camila sabía de la participación heredada por Santiago.

Y había ayudado a Renata a acercarse a él.

No era una teoría romántica.

Estaba escrito.