Una conversación de once años atrás decía:
“Si todo sale bien, él firma cuando cumpla la edad. Tú sólo mantenlo confiado.”
Otra respuesta:
“Valeria puede ser problema. Santiago le cuenta todo.”
Y luego:
“Pues haz que deje de contarle.”
Dejé caer las hojas.
Me costaba respirar.
—No…
Barragán habló con cautela.
—Su hijo parece haber descubierto esto recientemente.
—¿Y no me dijo?
—Probablemente por vergüenza.
Me reí.
Una risa seca, triste.
—¿Vergüenza? Anoche se rio de mí frente a diez personas.
Barragán guardó silencio.
Yo miré las hojas otra vez.
Entonces encontré algo que cambió el dolor por rabia.
Un correo de Camila a Renata, fechado cuatro meses atrás:
“Si la vieja se muda contigo después, será más fácil convencerla de vender lo que tenga. Valeria siempre ha hecho lo que Santiago pide.”
La vieja.
Yo.
—Hija de…
Barragán levantó las cejas.
—Perdón.
—No se disculpe.
Seguí leyendo.
Habían investigado mis propiedades.
No todas.
Pero algunas.
Renata sabía que yo tenía más dinero del que Santiago imaginaba.
Eso explicaba muchas cosas.
Sus preguntas recientes.
“¿Todavía tienes el departamento de Narvarte?”
“¿A quién le vas a dejar tus cosas?”
“¿No has pensado en vender y vivir más cerca?”
De pronto recordé algo.
Tres semanas antes, Renata me había dicho:
—Cuando uno envejece, lo mejor es simplificar.
Yo había sonreído.
Ahora entendía.
No quería simplificar mi vida. Quería simplificar el acceso a mis bienes.
Miré a Barragán.
—Quiero copias de todo.
—Por supuesto.
—Y quiero saber exactamente qué puede hacer Santiago legalmente.
—Hay algo que debe comprender primero.
—¿Qué?
—Según la demanda, su hijo afirma que Renata lo convenció de firmar la cesión diciéndole que era solamente una reorganización fiscal.
—¿Y Camila?
—Ella fue quien preparó la documentación.
Cerré los ojos.
Mi propia hermana.
—¿Alejandro sabía que Camila estaba involucrada?
Barragán dudó.
—Existe una carta.
—¿De Alejandro?
Asintió.
La puso frente a mí.
La letra era de mi esposo.
La reconocí al instante.
Ese hombre escribía las “r” como pequeños ganchos.
Leí.
“Valeria:
Si algún día estás leyendo esto, significa que fallé en decirte algo que debí contarte desde el principio.
El terreno de Nayarit viene de mi padre. Lo puse a nombre de Santiago porque quería asegurarle un futuro si algo me pasaba.
No te lo dije porque tu hermana Camila intentó convencerme de vender mi parte y me amenazó con contarte una deuda vieja que yo tenía.
Cometí el error de confiar en ella cuando necesitaba dinero.
Si yo muero antes de arreglar esto, protege a Santiago de Camila.
Ella no quiere el terreno.
Quiere lo que pueda sacar de él.
Y hay algo más que necesito confesarte…”
La carta terminaba ahí.
—¿Dónde está la siguiente hoja?
Pregunté casi gritando.
Barragán negó.
—No apareció.
—¿Cómo que no apareció?
—La carta fue encontrada en el archivo privado del antiguo socio de Alejandro. Sólo estaba esa página.
Sentí un vacío.
—“Hay algo más.”
—Sí.
—¿Qué?
—No lo sabemos.
Me puse de pie.
—Yo sí pienso averiguarlo.
—
No llamé a Santiago.
Llamé a Camila.
Contestó con su tono habitual.
—¡Mana! Qué milagro.
—Necesito verte.
—¿Todo bien?
—Perfectamente.
—¿Dónde?
—Mi casa.
Llegó dos horas después.
Camila tenía sesenta años, pero seguía vistiéndose como si cada salida pudiera terminar en una fotografía.
Blazer crema.
Bolsa cara.
Perfume fuerte.
Entró hablando.
—Traje pan dulce porque luego ni comes…
Puse la copia del fideicomiso sobre la mesa.
Se quedó muda.
Fue hermoso.
A veces la verdad no necesita discursos.
Sólo papel.
—¿Qué es esto? —preguntó.
—Tú dime.
—Valeria…
—¿Por qué Santiago te cedió los derechos de Alejandro?
La cara le cambió apenas.
Luego sonrió.
—Ay, mana. Eso es un asunto viejo.
—¿Por qué?
—Santiago necesitaba ayuda.
—¿Para firmarte casi dos millones de dólares?
—No eran dos millones entonces.
—Ah.
Me incliné hacia ella.
—Entonces sí sabes exactamente cuánto valía.
Camila dejó de sonreír.
—No entiendes.
—Explícame.
—Alejandro debía dinero.
—Lo sé.
Eso la sorprendió.
—¿Quién te dijo?
—Él.
Mentí.
Quería verla reaccionar.
Funcionó.
Camila palideció.
—¿Alejandro te dijo?
—Me dejó cosas.
—¿Qué cosas?
—¿Te preocupa?
—No.
—Pues parece.
Se levantó.
—Valeria, no me voy a sentar aquí para que me interrogues.
—Siéntate.
Mi voz salió tan firme que lo hizo.
—¿Conocías a Renata antes de que saliera con Santiago?
Silencio.
—Camila.
—Sí.
—¿La acercaste a él?
—No fue así.
—¿Cómo fue?
—Renata necesitaba contactos. Santiago era joven, exitoso…
—Y dueño de un fideicomiso.
Camila apretó la mandíbula.
—No manches, Valeria. Tú siempre haces todo melodrama.
Me reí.
—Eso mismo dijo Renata anoche.
—¿Qué pasó anoche?
—Me llamó estorbo.
Camila rodó los ojos.
—Bueno, también tú te metes mucho.
Ahí estaba.
La misma voz de nuestra madre.
La misma regla.
Valeria ocupa demasiado. Valeria siente demasiado. Valeria molesta cuando deja de servir.
Abrí otra hoja.
—¿Escribiste esto?
Camila leyó el correo sobre “la vieja”.