—Mauricio lo descubrió.
—No diga eso.
—Tengo pruebas.
Retrocedió.
—Mi mamá se llamaba Teresa Mendoza.
—Ella te crio.
—Era mi madre.
—Sí.
Mi voz se quebró.
—Sí, Gabriel. Y nunca voy a quitarle eso.
Él me miró.
—Entonces no diga que usted…
—Yo te di a luz.
Gabriel se quedó completamente inmóvil.
Una lágrima rodó por su cara.
Santiago golpeó la mesa.
—¡Esto es una porquería!
Todos volteamos.
—¿Qué?
—¡Papá se volvió loco!
Renata lloraba.
—Santi…
—No.
Señaló a Gabriel.
—¿Ese empleado ahora se va a quedar con todo?
Gabriel lo miró como si le hubieran pegado.
Yo sentí algo morir dentro de mí.
No porque Santiago estuviera celoso.
Sino porque acababa de conocer la verdad sobre su origen y lo primero que preguntaba era por la tierra.
—¿Eso es lo único que te importa? —pregunté.
—¡Tú también te quedarías indignada!
—Acabo de descubrir que perdí dos hijos al nacer.
Él guardó silencio.
—Y tú preguntas por dinero.
Renata se dejó caer en una silla.
—¿Entonces nosotros qué somos?
Me acerqué.
—Mis hijos.
—Pero no biológicos.
—Mis hijos.
—¿Y él?
Miré a Gabriel.
—También.
Renata lloró.
Por primera vez vi miedo verdadero en ella.
—¿Nos vas a correr?
Podría haberlo hecho.
Una parte de mí quiso hacerlo.
Recordé el cinturón.
El dólar.
La puerta cerrándose.
Pero Mauricio había dejado algo más.
Ortega sacó otra hoja.
—Su padre dejó fondos para ustedes.
Santiago alzó la cabeza.
—¿Cuánto?
Hasta Gabriel lo miró con horror.
Ortega respondió:
—Ciento veinte millones de pesos cada uno.
Santiago quedó boquiabierto.
Renata también.
—¿Y la hacienda? —preguntó él.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque nunca fue suya.
—¡Pero somos sus hijos!
Gabriel respiró hondo.
—Yo también pensé que mis padres eran otros toda mi vida, compa.
Santiago lo miró con odio.
—No me digas compa.
Gabriel asintió.
—Está bien.
Después ocurrió algo que nadie esperaba.
Renata se puso de pie.
Caminó hacia mí.
Y se arrodilló.
—Perdóname.
Santiago la miró.
—¿Qué haces?
Ella lloraba.
—Yo no quería que te pegara.
—Pero no lo detuviste.
—Lo sé.
—Firmaste los papeles.
—Lo sé.
—Me ayudaste a sacar de mi casa.
—Lo sé.
No la abracé.
Todavía no.
—¿Por qué?
Se cubrió la cara.
—Porque Santiago debía mucho dinero.
Él palideció.
—Cállate.
Renata volteó.
—Ya no.
La verdad salió poco a poco.
Santiago había perdido casi cuarenta millones de pesos en inversiones especulativas.
Había pedido préstamos.
Usado garantías falsas.
Prometido a varios acreedores que pronto tendría control de la hacienda.
Renata entró para ayudarlo.
Primero prestándole dinero.
Después firmando.
Luego mintiendo.
Hasta que quedaron atrapados.
El grupo de Monterrey no era simplemente comprador.
Uno de sus intermediarios era acreedor de Santiago.
—Nos dieron dos semanas —susurró Renata.
—¿Para qué? —pregunté.
—Para entregarles la propiedad o iban a denunciarlo.
Santiago explotó.
—¡Lo hice por la familia!
Solté una carcajada.
—No manches, Santiago.
Todos me miraron.
—¿Por la familia?
Señalé el cinturón colgado en el aparador.
—¿Eso también fue por la familia?
Él bajó la mirada.
—Perdí la cabeza.
—No.
Negué.
—Perdiste el derecho a justificarte.
Los abogados de Monterrey ya estaban llamando a alguien.
Ortega me susurró:
—Conviene que no salgan.
—¿Por qué?
La respuesta llegó afuera.
Sirenas.
Tres patrullas.
Dos vehículos de la fiscalía.
Santiago corrió hacia la ventana.
—¿Qué hiciste?
—Lo que debí hacer desde que me tocaste.
—Mamá…
—No uses esa palabra para evitar consecuencias.
Los agentes entraron.
Había denuncias por coacción.
Falsificación.
Intento de fraude inmobiliario.
Y, para sorpresa incluso de Renata, Santiago tenía una investigación previa por movimientos financieros.
Se lo llevaron.
No esposaron a Renata.
Ella colaboró de inmediato.
Durante semanas la casa quedó extrañamente silenciosa.
Gabriel no quiso quedarse.
—Necesito tiempo —me dijo.
—Lo entiendo.
—No sé cómo llamarla.
—Elena está bien.
Sonrió apenas.
—Está bien, Elena.
Volvió tres días después.
Luego una semana después.
Después empezó a desayunar conmigo los domingos.
Nunca intenté ocupar el lugar de Teresa, la mujer que lo había criado.
Yo preguntaba por ella.
Él me contaba historias.
Un día llevó fotografías.
En una, Gabriel tenía siete años y estaba sentado frente a un pastel.
Me quedé mirándolo.
Era Santiago cuando era niño.
O eso pensé.
Después entendí que era yo la que había visto parecidos donde necesitaba verlos.
Renata comenzó terapia.
Vendió joyas.
Entregó documentos a la fiscalía.
Meses después, una tarde, llegó sola.
—Sé que no puedo pedirte perdón como si nada.
—No.
—Pero quiero intentar arreglarlo.
—Eso tarda años.
—Tengo tiempo.
La miré.
—Yo también.
Santiago no tuvo tanta suerte.
Su proceso reveló otra cosa.
Una cuenta secreta.
Pagos hechos a un investigador privado.
Seguimientos.
Fotografías.
Gabriel había sido vigilado durante casi un año.
Cuando Ortega me enseñó el expediente, se me heló la sangre.
—¿Santiago sabía quién era Gabriel?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Antes de la muerte de Mauricio.
Me senté.
Eso cambiaba todo.