Antes de entrar a la casa, miré hacia la puerta lateral por la que Santiago me había sacado meses atrás.

Recordé el dolor en las costillas.

La llave escondida en el zapato.

El billete arrugado.

Y sonreí.

Porque aquella tarde mis hijos pensaron que me habían dejado con un dólar.

En realidad, me habían dejado exactamente lo que necesitaba para descubrir quiénes eran.