—La señorita Soto no forma parte del consejo —dije.
Ella me fulminó.
—Yo trabajo para Alonso.
—Precisamente.
Tomás llamó a seguridad.
Regina se puso roja.
—¿Qué fregados está pasando?
Alonso golpeó la mesa.
—¡Abril, ya basta!
Lo miré.
—Apenas estamos empezando.
Tomás proyectó el primer documento.
La supuesta venta de la casa.
Después apareció el informe pericial preliminar.
Firma falsificada.
Inconsistencias notariales.
Folio de inscripción no validado.
Alonso se puso tenso.
—Eso es un malentendido.
—No —dije—. Es un delito potencial.
—Tú autorizaste esa venta.
—No.
—¡Claro que sí!
Tomás puso en pantalla mi pasaporte.
—La fecha de la supuesta firma fue el diecisiete de junio.
Yo asentí.
—Ese día estaba en Toronto.
Aparecieron mis registros migratorios.
Luego movimientos de tarjeta.
Luego fotografías de una reunión del fondo.
Era físicamente imposible que yo hubiera firmado en Ciudad de México.
La cara de Alonso cambió.
—La notaría cometió un error.
—Curioso —dijo una consejera—. Porque el notario suplente asegura que recibió instrucciones directamente de su oficina.
Alonso tragó saliva.
Entonces proyectaron las transferencias.
Cuarenta y dos millones.
Regina dejó de sonreír.
—Eso son comisiones —dijo Alonso.
—No —respondió Tomás—. Son pagos a sociedades donde aparece como beneficiaria económica la madre de la señorita Soto.
Alonso volteó hacia ella.
—¿Qué?
Esa reacción me sorprendió.
Regina también.
—Alonso…
—Tú dijiste que esas empresas eran de unos clientes de Monterrey.
Ella palideció.
De pronto entendí algo.
Alonso había estado robando.
Pero quizá Regina también le robaba a él.
Tomás proyectó una siguiente diapositiva.
—Empresa uno: Arista Consulting.
—Empresa dos: Blanco Sur.
—Empresa tres: Origen Servicios Patrimoniales.
Aparecieron nombres.
Regina Soto.
Martha Soto.
Y un tercero.
Sergio Luján Serrano.
Alonso se quedó inmóvil.
—¿Sergio?
Yo también.
Eso no lo sabía.
Tomás siguió.
—Su hermano figura como apoderado oculto en dos de las sociedades.
Alonso se levantó.
—Eso es imposible.
—Está documentado.
Regina dio un paso atrás.
—Yo me voy.
Seguridad bloqueó la puerta.
—No todavía —dijo Tomás.
Alonso la agarró del brazo.
—¿Qué hiciste?
—Suéltame.
—¡¿Qué hiciste?!
—¡Lo mismo que tú ibas a hacerle a tu esposa!
La frase cayó como piedra.
Todos guardaron silencio.
Regina se zafó.
—¿De verdad pensaste que yo estaba contigo por amor?
Alonso la miró como si acabaran de golpearlo.
—Regina.
—Por favor.
Ella se rio.
—Te escogí porque eras fácil.
—Cállate.
—Siempre hablabas de tus contactos, tus edificios, tus millones, tu apellido. Bastaba decirte que eras brillante y firmabas lo que te pusieran enfrente.
Alonso avanzó.
Seguridad se interpuso.
—¿Y Sergio?
Regina sonrió.
—Sergio fue quien me buscó.
Alonso perdió el color.
Yo también recordé el celular grabando durante la cena.
Las burlas.
La insistencia.
Sergio no estaba grabando para divertirse.
Estaba documentando algo.
Pero ¿para qué?
Tomás puso otro archivo.
Un correo.
De Sergio a Regina.
“Cuando Alonso transfiera la casa, tendremos suficiente para presionarlo. Abril saldrá del camino y él quedará expuesto.”
Sentí escalofríos.
Regina miró la pantalla con terror.
—Eso está fuera de contexto.
—Hay setenta y cuatro correos más —dijo Tomás.
Alonso cayó en la silla.
—Mi propio hermano.
Por primera vez desde que lo conocía, lo vi pequeño.
Pero no sentí lástima.
Tomás pasó a la siguiente parte.
—El consejo debe votar sobre la suspensión inmediata del señor Luján como director general.
Alonso levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Mientras se investiga malversación, falsificación y conflicto de interés.
—No pueden hacer eso.
Tomás lo miró.
—Sí podemos.
Alonso rio nervioso.
—Yo fundé la empresa.
Una de las consejeras contestó:
—Fundarla no significa poseerla.
Alonso me miró.
Algo empezó a encajar en su cabeza.
—¿Por qué ella está aquí?
Nadie respondió.
Señaló hacia mí.
—¿Por qué mi esposa está sentada en una sesión de consejo?
—Exesposa —corrigió Regina desde el fondo.
Yo saqué una carpeta.
La puse frente a Alonso.
—Porque Cárdenas Capital tiene el treinta y ocho por ciento de participación.
—¿Y?
—Yo soy Cárdenas Capital.
No entendió al principio.
Luego sí.
Su rostro se vació.
—No.
—Sí.
—Tu papá tenía un negocio pequeño.
Negué.
—Eso te dije porque nunca preguntaste.
—Tú…
—Mi familia fue uno de tus inversionistas iniciales.
—Eso es mentira.
Tomás proyectó los documentos.
Fondos.
Participaciones.
Firmas.
Años.
Millones.
Alonso pasó una mano por su cabello.
—Entonces tú me vigilabas.
—No.
Me incliné hacia él.
—Te protegía.
—¿Protegías?
—Cuando tu proyecto de Interlomas se quedó sin liquidez, ¿recuerdas quién consiguió extender el crédito?
No respondió.
—Yo.
—Cuando el fondo quería retirar inversión después del problema de preventas…
Silencio.
—Yo voté para darte tiempo.
—No.
—Cuando casi pierdes la torre de Santa Fe, mi voto salvó tu posición.
Alonso empezó a respirar rápido.
—¿Por qué nunca me dijiste?
Lo miré fijamente.
—Porque quería que me amaras sin saber cuánto valía mi apellido.
La sala quedó inmóvil.
—Y funcionó.
Sonreí sin alegría.
—Me enseñaste exactamente quién eras.
La votación fue unánime.
Alonso quedó suspendido.