Regina fue entregada a los abogados externos para rendir declaración.

El área de cumplimiento inició denuncias.

Y la venta de la casa quedó bloqueada.

Pero todavía faltaba algo.

Cuando la reunión terminó, Tomás me pidió que me quedara.

—Hay otra cosa.

Sentí cansancio.

—Ya no sé si quiero escucharla.

—Tiene que hacerlo.

Abrió una carpeta roja.

—Anoche revisamos el expediente histórico de la propiedad de Lomas.

—¿Qué tiene?

—Alonso nunca fue dueño del cincuenta por ciento.

Fruncí el ceño.

—Estamos casados por sociedad conyugal.

—Sí, pero la casa fue adquirida mediante un fideicomiso familiar antes de la formalización definitiva.

—¿De quién?

Tomás giró el documento.

Leí.

Me quedé inmóvil.

La beneficiaria original era:

Gloria Serrano de Luján.

Mi suegra.

—No entiendo.

—La señora Gloria transfirió su participación hace siete años.

—¿A Alonso?

Tomás negó.

—A usted.

Se me secó la boca.

—¿Qué?

—La transferencia fue parte del acuerdo de inversión que su padre negoció con la familia Luján.

Recordé algo.

Mi padre había insistido en revisar el contrato matrimonial antes de la boda.

Yo me enojé.

Le dije que confiaba en Alonso.

Él respondió:

—Confía en la persona. Nunca confíes ciegamente en el papel.

Tomás deslizó otra hoja.

—Su padre condicionó una inversión importante a que ciertos activos quedaran protegidos en favor suyo.

No pude evitar reír.

—Entonces…

—Legalmente, usted tiene el setenta y cinco por ciento de la casa.

Cerré los ojos.

La casa que Alonso acababa de “vender” por un peso.

Ni siquiera era realmente suya.

—¿Y Gloria sabía?

Tomás hizo una pausa.

—Firmó la transferencia.

Sentí algo frío.

—Entonces sí sabía.

—Sí.

La humillación de la cena tomó otro significado.

Mi suegra sabía que la casa era mayoritariamente mía.

Y aun así se había reído.

Eso no era ignorancia.

Era odio.

Decidí ir esa misma tarde.

Cuando llegué a Lomas, Regina ya no estaba.

Gloria estaba en la sala.

Paulina junto a ella.

Sergio no aparecía.

Alonso caminaba de un lado a otro.

Al verme, avanzó.

—Tenemos que hablar.

—Sí.

Gloria se levantó.

—Esta casa sigue siendo de la familia.

Saqué el documento.

—No.

Lo puse sobre la mesa.

—Setenta y cinco por ciento.

Gloria miró la hoja.

Su cara se endureció.

—Eso no significa nada.

—Significa bastante.

Paulina arrebató los papeles.

—Mamá… ¿tú firmaste esto?

Gloria no contestó.

—¿Tú sabías?

—Tu padre necesitaba capital.

—¿Y se la diste a ella?

Gloria me miró.

—Su padre nos obligó.

Me acerqué.

—Mi padre no obligó a nadie.

—Nos puso condiciones.

—Porque ustedes necesitaban su dinero.

Gloria apretó los labios.

—Tú siempre te creíste mejor que nosotros.

No pude evitar sorprenderme.

—¿Yo?

—Con tu falsa humildad. Con tus vestidos sencillos. Con tu manera de hablar como si nada te importara.

Finalmente entendí.

Nunca me había odiado por “provinciana”.

Me odiaba porque sabía quién era yo.

Porque sabía que mi familia había salvado la suya.

Y ella había pasado años intentando convencerme de que era menos.

Alonso la miró.

—¿Tú sabías quién era su familia?

Gloria no respondió.

—¡¿Lo sabías?!

—Claro que lo sabía.

Alonso dio un paso atrás.

—¿Y nunca me dijiste?

Gloria soltó una risa amarga.

—Porque quería ver si podías construir algo sin colgarte de una mujer.

Yo la miré.

—Y terminó intentando robarle a esa mujer.

Gloria me fulminó.

Entonces se escucharon sirenas afuera.

Sergio entró corriendo por la puerta trasera.

—Mamá.

Se detuvo al verme.

Después vio a Alonso.

—Carnal…

Alonso caminó hacia él.

Lo golpeó.

Uno.

Seco.

Sergio cayó contra una mesa.

—¡Estás loco! —gritó Paulina.

—¡Me robaste!

Sergio se limpió sangre del labio.

Y empezó a reír.

—¿Yo?

Se levantó.

—Tú llevas años robando.

—¡Cállate!

—A inversionistas. A clientes. A Abril.

Alonso volvió a avanzar.

Yo me interpuse.

—Déjalo hablar.

Sergio me miró.

—Regina era mi socia.

—Ya lo sabemos.

—No todo.

Tomó su celular.

Me mostró una carpeta.

Videos.

Audios.

Capturas.

Uno era la cena.

Otro mostraba a Alonso en su oficina diciendo:

“Si Abril pelea la casa, conseguimos que parezca que abandonó el matrimonio.”

Otro:

“Cuando todo quede a nombre de Regina, ella me transfiere el control después del divorcio.”

Regina no iba a quedarse con la casa.

Eso creía Alonso.

El plan era usarla de prestanombres.

Pero Regina y Sergio tenían otro plan.

Robársela a él.

Todos estaban traicionando a todos.

Entonces Sergio abrió un último audio.

La voz de Gloria.

—Haz lo que tengas que hacer, pero sáquenla de la familia.

Me quedé helada.

Gloria cerró los ojos.

El audio continuó.

—Abril sabe demasiado. Si descubre los movimientos de Alonso, puede destruirnos.

Yo la miré.

—¿Desde cuándo sabías?

No contestó.

—¿Desde cuándo?

—Hace dos años.

Entonces comprendí.

La amante.

La casa.

Las burlas.

Todo había sido tolerado porque Gloria necesitaba que yo desapareciera antes de descubrir el fraude.

No me odiaban solamente.

Me tenían miedo.