En la biblioteca revestida de caoba, en la planta baja, Damian no había dormido ni un solo segundo.

Estaba de pie detrás de su pesado escritorio de roble, mirando fijamente tres enormes monitores que mostraban los mercados financieros asiáticos y europeos. Junto a su portátil había un vaso de whisky escocés puro, intacto. Tenía los nudillos hinchados, cuidadosamente vendados con cinta médica, un testimonio silencioso de la violencia de la noche anterior.

Las puertas dobles de la biblioteca se abrieron de golpe. Julian Cross, el principal asesor legal y confidente más cercano de Damian, entró sacudiéndose el agua de la lluvia del paraguas. Julian tenía un aspecto demacrado, con los ojos llenos de ojeras.

—Ahora sí que la has liado, Damian —dijo Julian sin saludar, arrojando una gruesa carpeta de cartulina al centro del escritorio.

Damian no levantó la vista de sus pantallas. “Dame el resumen”.

—Anoche Eleanor fue directamente a la clínica privada de St. Jude —explicó Julian, dejándose caer en uno de los sillones de cuero con respaldo alto—. Su médico personal documentó cada moretón, cada contusión y dos costillas fracturadas por fisuras. A las tres de la madrugada, presentó una denuncia penal por agresión doméstica grave contra usted.

Una sonrisa fría asomó en la comisura de los labios de Damian. “Es predecible”.

—Eso es solo el principio, Damian —advirtió Julian, inclinándose hacia adelante y bajando la voz a un susurro sombrío—. A las seis de la mañana, su equipo legal presentó una orden judicial de emergencia ante el tribunal testamentario estatal para congelar el fideicomiso familiar Sterling. Alega que usted es mentalmente inestable e incompetente para administrar la mayoría de voto del cincuenta y uno por ciento de la herencia en Sterling Global.

Damian finalmente dirigió su mirada fría hacia su abogado. «Los estatutos del fideicomiso establecen claramente que el control solo revierte a la matriarca si el albacea actual fallece sin herederos o es declarado legalmente incapacitado por votación unánime de la junta directiva».

—Exactamente —dijo Julian con gravedad—. ¿Y qué crees que está planeando Eleanor para la reunión de emergencia de la junta directiva a las dos de esta tarde?

Damian hizo una pausa, su mente aguda analizando los aspectos legales en milisegundos. Una repentina y terrible comprensión se instaló en lo más profundo de su ser.

—El ataque a Elena —murmuró Damian, mientras las piezas encajaban como las de una caja fuerte—. No se trataba solo del sadismo mezquino habitual de Eleanor. No perdió los estribos solo por el desayuno.

Julian miró a Damian, esperando.

“Eleanor knew about the secondary clause in my father’s will,” Damian stated, his voice dropping into a deadly register. “The clause states that my majority control of the voting shares becomes permanently irrevocable the moment an heir is born to my lineage. If Elena miscarried…”

“If Elena miscarried before the child reached full term,” Julian finished the thought, “the trust remains open to contestation by the senior board. Eleanor doesn’t just want Elena out of your life, Damian. She was trying to provoke an abortion or a miscarriage to maintain her stranglehold on the empire.”

Damian’s fingers clenched into white-knuckled fists on the edge of the desk. The sheer monstrousness of the scheme was breathtaking, even for Eleanor. She wasn’t just a bitter, abusive mother-in-law; she was a predator willing to murder her own unborn grandchild to preserve her corporate throne.

“Where is she now?” Damian asked quietly.

“She’s at the penthouse at the St. Regis, rallying the conservative faction of the board,” Julian said, pulling a tablet from his briefcase. “She’s brought in Marcus Vance—the doctor’s brother, who happens to sit on the board’s executive committee. They have already drafted the motion of no confidence. If that motion passes this afternoon, security will escort you out of your own corporate headquarters, and Eleanor will seize operational control of all Sterling accounts.”

Damian walked over to the floor-to-ceiling window overlooking the sprawling gardens. The rain had slowed to a miserable drizzle.

“Julian,” Damian said softly.

“Yes, Damian?”

“Do you remember the forensic financial audit we conducted on the Sterling Charitable Foundation three years ago? The one involving the offshore accounts in the Cayman Islands that my mother used to funnel funds into her art collections?”

Julian’s eyes widened. “Damian, that file contains enough federal tax fraud to send Eleanor to a federal penitentiary for twenty-five years. You swore you would never use it because it would tarnish the Sterling family name.”

Damian turned back, his amber eyes completely devoid of mercy.