El majestuoso vestíbulo del Hotel Vanguard Pinnacle era un monumento a la riqueza: todo mármol italiano, candelabros de cristal colgantes y ventanales que iban del suelo al techo con vistas a la extensa metrópolis. Pero hoy, el silencio impoluto se rompió con el crujido seco y resonante de la carne contra la carne.

A Sarah Vance le ardía el rostro, pero su orgullo le quemaba aún más. De pie, con su impecable uniforme de gerente azul marino y blanco, miró fijamente a la mujer que acababa de golpearla.

Elena Rostov estaba frente a ella, envuelta en un vestido rojo sangre brillante que se ceñía a sus curvas como una segunda piel. La mano de Elena seguía alzada, con una sonrisa arrogante y venenosa en los labios.

Sarah no pensó. El instinto, perfeccionado tras años de lucha por su lugar en el imperio de su padre, tomó el control. Echó el brazo hacia atrás y asestó un devastador golpe con la mano abierta directamente en la mejilla de Elena.

Golpe.

La fuerza del golpe hizo que la cabeza de Elena se ladeara bruscamente, y su cabello castaño, perfectamente peinado, se agitó violentamente. Los ejecutivos y el personal del hotel que la rodeaban jadearon al unísono, quedándose paralizados como estatuas en el opulento vestíbulo.

Elena retrocedió tambaleándose, llevándose la mano a la mejilla que se enrojecía rápidamente. Lágrimas de sorpresa y furia brotaron de sus ojos. La arrogancia se desvaneció, reemplazada por una expresión de pura y absoluta malicia.

“¡Estás muerta!”, escupió Elena, con la voz temblando de rabia.

Antes de que Sarah pudiera replicar, las pesadas puertas de roble del ascensor ejecutivo se abrieron. Arthur Vance, el patriarca de cabello plateado del imperio Vanguard, irrumpió en el vestíbulo. Su traje a medida irradiaba autoridad, y su rostro, furioso e indignado.

«¡Cómo te atreves a amenazar a mi hija, la heredera de este lugar!», rugió Arthur, su voz resonando por los suelos de mármol. Se interpuso entre Sarah y Elena, un formidable escudo de ira paternal.

Las lágrimas de Elena se desvanecieron al instante. La mujer vestida de rojo bajó la mano y la sonrisa venenosa reapareció, más afilada y fría que antes. Miró fijamente a Arthur a los ojos.

—Tu hija —ronroneó Elena, con la voz cargada de una diversión peligrosa—, me vendió anoche el cincuenta y uno por ciento de las acciones.

El ambiente se tornó tenso. Arthur palideció y, con la boca abierta, se giró lentamente para mirar a su hija. El invencible magnate de la industria parecía de repente un anciano frágil.

Sarah sintió que el suelo se abría paso bajo sus pies. El corazón le latía con fuerza contra las costillas. Miró el rostro devastado de su padre, luego la sonrisa triunfal de Elena. El pánico le oprimía la garganta.

—Papá… —exclamó Sarah con voz temblorosa. Le agarró el brazo, con los ojos desorbitados por el terror—. ¡Papá, me tendieron una trampa!

Las palabras “Me tendieron una trampa” resonaron en el silencio del despacho de Arthur en su ático.

Veinticuatro horas antes, Sarah estaba en la cima del mundo. Había cerrado las negociaciones finales para la expansión de Vanguard en Tokio. Para celebrarlo, su aparentemente leal vicepresidente, Julian, había insistido en una cena privada de celebración en un exclusivo club clandestino del distrito financiero.

Sarah caminaba de un lado a otro en el despacho de su padre, frotándose las sienes. «Papá, tienes que creerme. Julian me entregó un fajo de acuerdos de confidencialidad estándar para los contratistas de Tokio. Leí las tres primeras páginas. Eran copias genéricas. Firmé las páginas de firmas. Lo juro por la tumba de mamá, eso es todo lo que firmé».

Arthur sat heavily in his leather chair, staring blankly at the sprawling city below. “Fifty-one percent, Sarah. The controlling stake of a ten-billion-dollar empire. Gone. Because you didn’t read the fine print.”

“It wasn’t fine print!” Sarah slammed her hands on the mahogany desk. “It was a bait and switch! They must have swapped the documents while I was distracted. Julian was pouring champagne, people were talking… they drugged me, Dad. I woke up this morning with a gap in my memory and a headache that felt like a drill.”

Arthur sighed, rubbing his face. “Julian is gone. His phone is disconnected, his apartment is cleared out. He was working with this Elena woman from the start. Who is she?”

“A ghost,” Sarah said, pulling up a file on her tablet. “I had Marcus run a deep background check the second she walked into the lobby. Elena Rostov. No financial history before three years ago. No social media. It’s like she was created in a lab to dismantle us. She’s fronting for someone. Someone with deep pockets and a massive grudge.”