
Encontré al corredor del dorsal 418 tirado junto al kilómetro cuatro, y lo reconocí antes de que abriera los ojos: era el hombre de la fotografía que mi madre había guardado durante treinta años en una caja de galletas.
Yo iba de voluntaria en la Carrera Luz de Vida, una competencia organizada cada año en Ciudad de México para recaudar fondos destinados a niños con cáncer. También era paramédica, así que, cuando vi al hombre caer entre dos barreras naranjas, dejé la botella de agua que estaba repartiendo y corrí hacia él.
El aire olía a asfalto caliente, bloqueador solar y sudor. A nuestro alrededor, cientos de corredores avanzaban por Paseo de la Reforma mientras los espectadores gritaban, sonaban tambores y los altavoces repetían que aquella era la edición más exitosa de la carrera. El hombre, en cambio, yacía de lado, con la respiración corta, la piel fría y una raspadura que le cruzaba la frente.
—No lo muevan —ordené—. ¿Me escucha?
No respondió. Le revisé el pulso, abrí su vía respiratoria y le quité con cuidado la pulsera del cuello de la camiseta. El dorsal decía 418.
Cuando Mauricio Salazar, director de la carrera, llegó con dos coordinadores, acercó el lector electrónico al número. El aparato pitó.
—Registro válido —dijo uno de los coordinadores.
Me arrodillé junto al hombre y abrí la ficha de emergencia en la tableta de la organización. El nombre que apareció me hizo fruncir el ceño.
Beatriz Cárdenas, setenta y dos años. Jubilada. Contacto de emergencia: Laura Cárdenas, Puebla.
El corredor inconsciente tenía unos cuarenta años, hombros anchos, manos cuidadas y unos tenis que costaban más que mi carro. No llevaba cartera, teléfono ni identificación. Solo la camiseta oficial, el dorsal 418 y una pequeña marca azul en la parte interior de la pulsera.
—Hay una confusión en la inscripción —dijo Mauricio—. Seguro alguien cambió los datos al recoger el paquete.
—Una señora de setenta y dos años no se convirtió en un hombre de cuarenta durante el calentamiento.
Mauricio me sostuvo la mirada. Era un hombre elegante, de cabello plateado y camisa blanca impecable, de esos que nunca parecen sudar aunque estén en medio de una carrera. Sonrió, pero la sonrisa no le llegó a los ojos.
—Señorita, atienda al paciente y deje que nosotros resolvamos la parte administrativa.
—Soy la paramédica que lo está atendiendo. Y la parte administrativa acaba de provocar que la ficha de emergencia sea inútil.
El hombre gimió. Le coloqué oxígeno y pedí una ambulancia. Entonces una mujer apareció corriendo por la misma ruta. Venía jadeando, con el cabello pegado a la frente y una expresión furiosa.
—¡Mi chip no está registrando mis tiempos! —gritó—. Me dieron el dorsal equivocado.
Levantó la camiseta para mostrarnos el número.
418.
El lector volvió a pitar.
Durante unos segundos, nadie dijo nada. La mujer miró al hombre tirado en el piso. Después me miró a mí.
—Yo pagué esta inscripción —dijo—. ¿Por qué él tiene mi número?
Mauricio palideció.
—Debe ser un error de impresión.
—Entonces explique por qué el sistema acepta dos veces el mismo código —intervino una voz detrás de nosotros.
Era Renata Berenguer, contadora de la Fundación Luz de Vida. Tenía treinta y tantos años, lentes de armazón negro y la costumbre de hablar mirando directamente a la pantalla de su computadora, como si las personas fueran interrupciones temporales. Había escuchado todo.
—Renata, regresa a la carpa de operaciones —dijo Mauricio.
—No hasta revisar los tapetes de cronometraje.
La llevé conmigo mientras los demás subían al corredor a la ambulancia. No perdió el conocimiento, pero repetía que no recordaba quién era. Antes de cerrar las puertas, me tomó de la muñeca.
—Yo no me inscribí —susurró.
—¿Cómo se llama?
El hombre miró el dorsal, como si la respuesta estuviera ahí.
—No sé.
La ambulancia se fue con la sirena encendida. Yo me quedé con la certeza de que alguien había puesto a un desconocido dentro de una carrera llena de cámaras, voluntarios y controles de seguridad.
La carpa de operaciones estaba instalada detrás del Museo Nacional de Antropología. Adentro había tres computadoras, una impresora, cajas con pulseras y una pared cubierta de hojas de cálculo. Renata conectó su laptop a la consola principal. Mauricio cerró la entrada con una mano.
—Nadie sale de aquí con información incompleta —dijo.
—¿Eso es una instrucción o una amenaza? —pregunté.
—Es una forma de evitar un escándalo innecesario.
Renata importó los registros. La primera pantalla mostró tres corredores registrados con el 418: Beatriz Cárdenas, la mujer que seguía esperando una explicación junto a la ambulancia y un hombre llamado Esteban Leal. Después aparecieron cuatro dorsales 207, seis números 566 y nueve 901.
Todos tenían algo en común: habían pagado la inscripción de recaudación alta, la que costaba casi el doble porque incluía una cuota adicional para la fundación.
—Esto no es una falla de impresión —dijo Renata—. El sistema está aceptando duplicados.
—¿Y el dinero? —pregunté.
—Completo.
—Entonces ¿cuál es el problema?
Renata amplió una columna.
—Después de cada inscripción duplicada, el procesador devuelve cantidades diminutas a una tarjeta que no pertenece a ningún participante. Diecisiete pesos. Veintitrés. Treinta y un pesos. Son devoluciones automáticas, pero no están autorizadas por la fundación.
Mauricio se acercó demasiado a la pantalla.
—¿Cuánto representa eso?
—Por ahora, poco más de ciento ochenta mil pesos.
—Eso no es el dinero de la campaña.
—No. Es una comisión oculta. Pero alguien diseñó el sistema para cobrarla miles de veces sin que apareciera en el total.
En ese momento entró una voluntaria con otro lector.
—Tenemos otro 418 en el kilómetro seis —dijo—. Y un 207 en la zona de hidratación.
Renata dejó de respirar por un instante.
—¿Cuántos duplicados han detectado?
—Cuarenta y ocho confirmados. Tal vez más.
Mauricio tomó el lector y lo guardó en un cajón.
—Nadie va a hablar con la prensa. Las donaciones están completas y la carrera debe continuar.