Llegamos a la oficina abandonada en menos de media hora. Renata había conseguido un carro de la fundación; yo manejé mientras ella revisaba copias de seguridad desde su laptop. Adrián iba atrás, con la cabeza recargada en la ventana.

El edificio estaba en una calle estrecha, entre una tlapalería y una casa con las paredes cubiertas de bugambilias. La cerradura de la entrada había sido forzada recientemente.

Adentro olía a polvo, humedad y papel viejo. Había escritorios vacíos, cajas de expedientes y un mural descolorido con fotografías de los primeros niños atendidos por la fundación.

En la pared principal descubrí a mi madre.

No era una fotografía aislada. Había decenas de imágenes de Lucía Varela trabajando junto a Beatriz Cárdenas. En algunas cargaban cajas de medicamentos; en otras firmaban convenios, visitaban hospitales y sonreían frente a una pequeña niña sin cabello.

—Tu mamá no era una administradora cualquiera —dijo Renata—. Era cofundadora.

—Nunca me lo dijo.

—Tal vez intentaba protegerte.

Una puerta al fondo estaba entreabierta. Detrás había un archivo metálico. En la parte superior, escrito con marcador, aparecía mi nombre.

Mara Varela.

No quise abrirlo. Lo hice de todos modos.

Dentro encontré actas, recibos, cartas y una grabación en una memoria USB. La primera carta estaba fechada quince años atrás.

*Lucía: si Beatriz insiste en seguir usando las carreras para lavar las donaciones, tenemos que denunciarla. No voy a permitir que convierta la muerte de nuestros hijos en un negocio.*

La firma era de un hombre llamado Daniel Varela.

Mi padre.

El resto de las cartas hablaba de cuentas en Monterrey, empresas fantasma y transferencias hechas a través de inscripciones duplicadas. La estafa no había empezado esa mañana. Había durado casi tres décadas.

—¿Por qué nunca lo denunciaron? —pregunté.

Adrián tomó una de las cartas.

—Porque tu padre desapareció antes de poder hacerlo.

—¿Tú cómo sabes?

—Yo trabajaba para él.

Renata se acercó.

—¿Qué eras?

Adrián tardó unos segundos.

—Auditor.

La memoria USB contenía un video. La imagen mostraba a mi madre sentada en la misma oficina, muchos años más joven. Tenía los ojos hinchados y la cicatriz reciente en la ceja.

—Mara, si estás viendo esto, significa que Beatriz volvió a usar el 418. Ese número no es un accidente. Es el número del expediente que Daniel abrió para documentar el fraude. También es el número de la cuenta maestra donde guardamos las pruebas.

Mi madre miró hacia un lado, como si alguien estuviera parado fuera de cámara.

—No confíes en Mauricio. Él cree que controla a Beatriz, pero solo es otra pieza. La persona que verdaderamente ha financiado todo esto no está en la fundación. Está en tu familia.

El video terminó.

Renata y yo nos miramos.

—¿Qué significa “en tu familia”? —preguntó.

Antes de que pudiera responder, se escuchó un golpe en la entrada.

Adrián apagó la luz. Renata escondió la laptop dentro de una caja. Alguien entró al edificio y avanzó lentamente por el pasillo.

—Mara —dijo una voz de mujer—. Ya no tienes por qué seguir buscando.

La reconocí por la fotografía.

Beatriz Cárdenas apareció en la puerta con un abrigo oscuro, el cabello completamente blanco y la cicatriz sobre la ceja izquierda. A su lado estaba Mauricio. Detrás de ellos había dos hombres de seguridad.

—Usted es Beatriz —dije.

—Y tú eres la hija de Lucía.

—¿Qué le hizo a mi padre?

Beatriz no respondió de inmediato. Miró a Adrián con algo parecido al arrepentimiento.

—Tu padre murió en un accidente.

—Eso dice el acta. Pero mi madre sabía que lo habían matado.

—Tu madre sabía muchas cosas y decidió callarlas.

—¿Por qué usó el dorsal 418?

—Porque necesitaba sacar a Adrián de su escondite. Y porque sabía que tú reconocerías el número.

Mauricio dio un paso hacia mí.

—Entréguenos la memoria y nadie saldrá lastimado.

—¿Y los corredores? ¿Cuántos usaron? ¿Cuántos enfermaron para cubrir sus movimientos?

—Ninguno debía resultar herido —dijo Beatriz—. El golpe de Adrián fue un error.

—¿Un error? Lo dejaron inconsciente junto a una avenida.

—Porque él encontró la cuenta maestra.

Adrián apretó los puños.

—Tú me contrataste para auditar la fundación. Después intentaste comprarme.

—Intenté evitar que cometieras el mismo error que Daniel.

—¿Negarte a robar?

—Sobrevivir.

Beatriz se volvió hacia mí.

—Tu padre no era un héroe. Al principio creó el sistema conmigo. Las cuotas pequeñas viajaban a cuentas de reserva y regresaban cuando la auditoría terminaba. Era un mecanismo para ocultar donaciones de empresarios que no querían aparecer vinculados con la fundación.

—Eso se llama lavado de dinero.

—Al principio, sí. Después esos empresarios exigieron resultados. Querían decidir qué hospitales recibían ayuda, qué pacientes aparecían en los reportes y qué cantidades podían deducir de impuestos. Tu padre quiso salir. Yo no.

—¿Y mi madre?

Beatriz bajó la voz.

—Lucía descubrió que Daniel había tomado dinero de una de las cuentas para financiar una investigación privada contra nosotros. Cuando me enfrentó, él amenazó con revelar todo. La noche del accidente, Daniel llevaba los documentos. El carro se quedó sin frenos.

—¿Usted los cortó?

—No.

—Entonces, ¿quién?

Beatriz miró a Mauricio.

Mauricio palideció.

—No me vea así —dijo—. Yo solo seguí instrucciones.

—¿De quién? —pregunté.

La respuesta llegó desde el pasillo.

—Mías.

Una mujer entró apoyada en un bastón. Vestía un suéter beige, pantalón oscuro y una bufanda de seda. Tenía setenta y dos años, el cabello cuidadosamente peinado y el mismo rostro que aparecía en la ficha del dorsal 418.

Beatriz Cárdenas estaba frente a mí. Pero la mujer que había visto en la aplicación también estaba ahí.

Me tomó unos segundos comprenderlo.

Había dos Beatrices.

La anciana se quitó los lentes. La otra, la de la cicatriz, retrocedió hasta quedar junto a Mauricio.

—Mara —dijo la anciana—, me da gusto que finalmente nos conozcamos.

—¿Quién es ella? —pregunté, señalando a la mujer del abrigo.

—Mi hija. Beatriz Cárdenas también.

Renata abrió mucho los ojos.

—¿La directora ejecutiva y la presidenta honoraria tienen el mismo nombre?