Mi nombre secreto estaba escondido en una esfera de Navidad. Y la mujer que compró la otra tenía mi misma cara.

Encontré mi infancia dentro de una esfera roja, en un tianguis de Coyoacán, y desde ese momento supe que mi vida entera había sido una mentira.

No era una esfera cara. No brillaba como esas piezas finas que venden en tiendas de Polanco, envueltas en papel de seda, con etiquetas doradas y precios ridículos. Era una esfera vieja, de vidrio rojo, ligeramente opaca, con pequeñas estrellas blancas pintadas a mano. Tenía una grieta diminuta cerca del cuello metálico, como una arruga en una cara que ya vivió demasiado.

La vi en una caja polvosa, entre figuras de barro, veladoras sin usar, un ángel de porcelana sin ala y una colección de tazas despostilladas con flores azules.

Pero no fue el color lo que me detuvo.

Fue el nombre escrito por dentro, con pintura blanca y letra temblorosa.

Yo — 1966.

Sentí que alguien me había metido la mano al pecho.

Mi nombre era Miriam. En mi vida adulta nadie me decía Mimi. Nadie se atrevía, porque ese nombre pertenecía a una sola persona: mi mamá. Ella lo decía con una dulzura que todavía podía escuchar si cerraba los ojos.

“Mimi, no corras en el patio.”

“Mimi, ven a peinarte.”

“Mimi, prométeme que siempre vas a confiar en mí.”

La última frase me cayó encima como una piedra.

Mi mamá llevaba diecisiete años muerta.

El vendedor, un señor de bigote canoso y chamarra de mezclilla, me vio congelada frente a la caja.

—Está bonita, ¿verdad, señora? De las antiguas. Cuarenta pesitos.

No pude contestar. Levanté la esfera con mucho cuidado. Pesaba menos de lo que esperaba, pero en mis dedos se sentía como si cargara un secreto enorme.

—¿De dónde salió? —pregunté.

El señor se encogió de hombros.

—De una casa en Las Lomas. Una sucesión, creo. Me vendieron varias cajas. Ya sabe, cuando se muere alguien, la familia saca todo.

Cuando se muere alguien.

Mi padre, Harold Reed, había muerto cuatro meses antes.

Sentí un escalofrío, pero me dije que era una coincidencia absurda. México está lleno de casas viejas, de familias que guardan cosas, de nombres repetidos. Mimi no era común, pero tampoco imposible. 1966 era mi año de nacimiento, sí, pero también el de miles de personas.

Me aferré a la lógica como se aferra uno al pasamanos cuando siente que la escalera se mueve.

—Me la llevo —dije.

El vendedor la envolvió en periódico.

—Con cuidado, señora. Esa sí se rompe.

No sabía que lo que iba a romperse no era el vidrio.

Al llegar a mi departamento en Polanco, puse la esfera sobre la mesa del comedor. La luz de la tarde entraba limpia por los ventanales, iluminando las molduras blancas, los libros ordenados, las flores frescas que mi asistente compraba cada lunes. Todo se veía igual que siempre, elegante, correcto, impecable.

Y, sin embargo, mi casa ya no era mi casa.

Me serví un vaso de agua y me quedé mirando la esfera durante casi media hora.

La coronita metálica estaba floja.

No sé por qué se me ocurrió desenroscarla. Quizá porque algo dentro de mí ya sabía. Quizá porque los secretos, cuando llevan demasiados años encerrados, empiezan a hacer ruido.

Tomé unas pinzas de ceja, sujeté el pequeño alambre y jalé despacio. La coronita salió con un chirrido seco. Dentro, atorado en el cuello de la esfera, había un rollito de papel amarillento.

No respiré.

Con las pinzas, lo saqué milímetro por milímetro. El papel estaba tan frágil que parecía piel vieja. Lo puse sobre la mesa y lo abrí con la punta de un abrecartas.

Reconocí la letra antes de entender las palabras.

Era la letra de mi madre.

Inclinada hacia la derecha. Delgada. Elegante. Siempre con una manera particular de escribir la M, como si fueran dos montañas.

Si Miriam encuentra esto, díganle que el adorno azul le pertenece a su hermana.

Me quedé sentada sin moverme.

El aire acondicionado sonaba en la pared. Un claxon lejano subió desde la calle. En algún departamento vecino, alguien dejó caer algo metálico.

Yo no escuchaba nada.

Solo esa palabra.

Hermana.

Leí la nota una vez. Luego otra. Luego diez.

Si Miriam encuentra esto.

Miriam era yo.

Díganle que el adorno azul le pertenece a su hermana.

Yo no tenía hermana. Había crecido como hija única, con álbumes llenos de fotos mías sola: yo en el bautizo, yo en el triciclo, yo con vestido blanco frente al árbol de Navidad, yo en la primaria, yo con mi papá en el Hipódromo, yo con mi mamá en Valle de Bravo.

Siempre yo.

Solo yo.

Llamé a mi esposo, pero antes de que contestara colgué. Fernando estaba en Guadalajara por trabajo y no quería escuchar su voz tranquila diciéndome que respirara, que tal vez había una explicación, que no me precipitara. A veces la calma ajena puede sentirse como una ofensa.

Me levanté y fui al estudio de mi padre.

No lo había tocado desde su muerte.

La puerta todavía olía a él: madera, loción cara, tabaco apagado aunque hacía años que no fumaba. Sus libros estaban alineados con esa rigidez militar que lo caracterizaba. Harold Reed había sido abogado corporativo, un hombre de traje oscuro, voz baja y mirada exacta. No necesitaba gritar para dar miedo. Bastaba con que dijera tu nombre completo.

“Miriam Elena.”

Nunca “Mimi”.

Mimi era de mi mamá.

Abrí cajones, revisé sobres, carpetas, cajas de fotografías. Encontré recibos viejos, pasaportes vencidos, escrituras, cartas de bancos. Nada sobre una hermana. Nada sobre otra niña. Nada que explicara por qué mi madre había escondido una nota dentro de una esfera navideña de 1966.

Hasta que encontré una fotografía.

Estaba metida entre las páginas de un libro de derecho civil. Era pequeña, cuadrada, con bordes blancos. Se veía a mi madre joven, bellísima, sentada frente a un árbol de Navidad. Tenía el cabello recogido y una sonrisa cansada.

En sus brazos cargaba a un bebé.

Yo conocía esa foto. Había una copia en mi álbum.

Pero esta era distinta.

La parte derecha estaba cortada.