—Híjole, ¿siempre lloran tanto en Navidad?

Paula soltó una carcajada. Camila también. Yo me reí con ellas, y fue la primera vez en mi vida que escuché completa la risa que me había faltado.

Esa noche colgamos las esferas.

La roja.

La azul.

La blanca.

Y una nueva, de vidrio transparente, con cuatro nombres pintados a mano:

Miriam. Paula. Camila. Mateo.

Pensé que por fin habíamos terminado con Harold.

Pero al apagar las luces, Mateo se acercó a mí con algo en la mano.

—Mimi —me dijo.

Me quedé helada.

Nadie le había dicho ese nombre.

—¿Por qué me llamaste así?

El niño abrió la palma.

Tenía un pedacito de papel que había encontrado dentro de la caja de adornos nuevos. Letra de mi madre. Imposible. Muerta hacía diecisiete años.

Lo leí con el corazón detenido.

El niño no es el final. Es la prueba de que Harold también fue usado. Busquen a su verdadero padre.

Debajo había un nombre.

No, Harold.

No Abarca.

Un nombre que jamás había escuchado, pero que hizo que Santiago, cuando se lo mostramos, se quedara blanco como la pared.

Mauricio Luján.

El hermano menor de mi madre.

El tío que, según todos, había muerto en 1965.

Y que aparecía, vivo y sonriendo, en una foto reciente pegada al reverso del papel.

Sentado en una plaza de Oaxaca.

Sosteniendo una esfera dorada.

Con nuestros tres nombres escritos en ella.