Abrí la laptop.
Busqué la carpeta:
ALEJANDRO — ENGANCHE CASA
Ahí estaban simulaciones bancarias, presupuestos, transferencias previstas.
Sesenta mil dólares.
Pasé el cursor sobre el archivo.
Y presioné borrar.
Después vacié la papelera.
No sentí culpa.
Eso fue lo que más me sorprendió.
Abrí otra carpeta.
TESTAMENTO.
Mi intención original era simple.
Departamento para Alejandro.
Cabaña para Alejandro.
Inversiones para Alejandro.
Seguro para Alejandro.
Yo solo tenía un hijo.
¿A quién más se lo iba a dejar?
Entonces llegó un correo nuevo.
Remitente: Notaría 184.
Asunto:
Solicitud de copia certificada de escritura.
Abrí.
“Estimada señora Montes: respecto de la solicitud realizada por la señora Camila Ortega para obtener copia certificada de las escrituras correspondientes al inmueble ubicado en Valle de Bravo…”
Dejé de respirar.
Leí otra vez.
Camila.
Dos semanas antes.
Había solicitado mis escrituras.
Marqué a la notaría.
—Buenas tardes. Habla Valeria Montes.
Me transfirieron con un licenciado.
—Sí, señora Montes. La solicitud no procedió porque ella no acreditó representación legal.
—¿Qué dijo?
—Que era su nuera y que usted le había dado autorización verbal.
—Yo no autoricé nada.
Silencio.
—Entiendo.
—¿Para qué quería la copia?
—No lo especificó.
—¿Puede enviarme exactamente lo que presentó?
—Necesitaríamos que venga.
Miré el reloj.
—Voy mañana.
—
Alejandro llegó a mi departamento esa misma noche.
Tocó el timbre a las nueve y cuarto.
Abrí.
Venía furioso.
—¿Qué hiciste con mis suegros?
—Nada.
—Los corriste.
—No los corrí.
—Pues se tuvieron que ir.
—Qué tragedia.
Entró sin que lo invitara.
—Mamá, ¿qué onda contigo?
Lo miré.
—¿Tú sabías que estaban en la cabaña?
Desvió los ojos.
Eso bastó.
—Alejandro.
—Camila me dijo.
—¿Cuándo?
—Hace unos días.
—¿Y no pensaste preguntarme?
—Mamá, estaba vacía.
—¿Quién les dio llave?
Silencio.
—Alejandro.
—Yo.
Sentí que algo frío me recorrió la espalda.
—¿Tú?
—Tengo una copia desde hace años.
—Una copia para emergencias.
—Sí, bueno…
—No para prestar mi casa.
—No exageres.
Sonreí.
Él frunció el ceño.
—¿Qué?
—Nada.
—¿Por qué sonríes?
—Porque tardaste treinta y ocho años en decirme exactamente quién eres cuando te conviene.
—No manches, ma.
—¿Camila pidió mis escrituras con tu conocimiento?
Su cara cambió.
Muy poco.
Pero cambió.
—¿Qué escrituras?
—Las de Valle.
—No sé de qué hablas.
Mentía.
Yo había sido madre demasiado tiempo para no reconocerlo.
—Qué curioso.
—¿Qué?
—No te pregunté si sabía de qué propiedad. Y ya dijiste Valle.
Se quedó inmóvil.
—Mamá…
—Vete.
—Déjame explicar.
—Mañana.
—¿Qué pasa mañana?
—Voy a la notaría.
El color se le fue del rostro.
—¿Para qué?
—Buenas noches, Alejandro.
—Mamá, escúchame.
Abrí la puerta.
—Buenas noches.
Se fue.
Pero antes de entrar al elevador dijo:
—Camila solo estaba viendo opciones.
—¿Opciones de qué?
Las puertas se cerraron.
—
La mañana siguiente entendí por qué mi hijo tenía miedo.
La notaría me mostró tres documentos.
Camila había solicitado una copia certificada de la escritura.
Una constancia de libertad de gravamen.
Y datos catastrales.
Pregunté:
—¿Para qué necesita alguien esas tres cosas?
El notario me miró con cuidado.
—Normalmente para vender, hipotecar o utilizar una propiedad como garantía.
Sentí un hueco en el estómago.
—Pero no puede hacerlo sin mí.
—Legalmente, no.
Legalmente.
La palabra no me tranquilizó.
—¿Presentó algún poder?
El hombre abrió una carpeta.
—Uno simple.
Me lo mostró.
Ahí estaba mi nombre.
Y una firma.
Parecida a la mía.
No igual.
Pero parecida.
—Eso no lo firmé yo.
El notario se puso serio.
—Entonces le recomiendo presentar una denuncia.
—¿Quién hizo esto?
—La solicitud la presentó personalmente su nuera.
—¿Y el poder?
—Ella dijo que usted se lo había entregado.
Llamé a mi abogado de toda la vida, Federico Cruz.
Le conté todo.
—No firmes nada —dijo.
—No pensaba hacerlo.
—Ni con Alejandro.
—Federico…
—Te conozco. Vas a querer pensar que él no está metido.
No respondí.
—Valeria, revisa tus cuentas.
—¿Por qué?
—Porque si están intentando documentar propiedad, quizá no empezaron por ahí.
—
Pasamos cuatro horas revisando movimientos.
Nada extraño.
Hasta que Federico encontró una transferencia recurrente.
Pequeña.
Veintidós mil pesos mensuales.
—¿Qué es esto?
Leí.
Consultoría AOC.
—No sé.
—Lleva diecisiete meses.
Sentí frío.
—Eso son…
Federico hizo la cuenta.
—Trescientos setenta y cuatro mil pesos.
Buscamos el destinatario.
AOC Servicios Integrales.
Administrador único:
Alejandro Ortega Camarena.
Mi hijo.
No Montes.
Había creado la sociedad usando el apellido de Camila.
—No puede ser.
Federico me miró.
—¿Tiene acceso a tus cuentas?
—A una.
—¿Desde cuándo?
—Desde que Ernesto murió. Por si me pasaba algo.
Federico cerró los ojos.
—Valeria.
Me senté.
Mi hijo llevaba casi año y medio transfiriéndose dinero.
Veintidós mil pesos al mes.
Una cantidad lo bastante pequeña para perderse entre seguros, predial, mantenimiento, tarjetas.
—Quiero saber para qué.
Federico llamó a un contador forense.
Dos días después tuvimos la respuesta.
Hipoteca.
Cuotas de mantenimiento.
Una camioneta.
Y pagos a una empresa inmobiliaria.
Camila y Alejandro ya estaban apartando una casa.
Sin mis sesenta mil dólares.
—¿Cómo?
El contador me explicó.
—Parece que tomaron un crédito puente.
—Pero Alejandro decía que sin mi enganche no podían comprar.
Federico me miró.
Ahí entendí.
Los sesenta mil dólares no eran para comprar la casa.
Eran para liquidar el crédito oculto que ya habían adquirido.
Me habían hecho creer que estaban esperando mi ayuda.
En realidad estaban contando con ella como si fuera un pago obligatorio.
—
Cité a Alejandro.
Solo.
Llegó destruido.
—¿Cuánto sabes?
—Todo lo suficiente.
Se sentó frente a mí.
—Ma…
Puse los estados de cuenta sobre la mesa.
—Diecisiete meses.
—Puedo explicarlo.
—Empieza.
Se cubrió la cara.
—Camila quería una casa.
—También yo quería muchas cosas.
—Sus papás nos dijeron que ellos podían ayudarnos con el crédito.
—¿Y yo?
—Tú dijiste que nos ibas a ayudar con el enganche.
—Dije que quería hacerlo. Nunca dije que podías robarme mientras tanto.
—No lo vi como robo.
Me reí.
—Claro. El ladrón siempre tiene otro nombre para lo que hace.
—Pensaba regresarlo.
—¿Cuándo?
Silencio.
—¿Cuando yo muriera?
—No digas eso.
—¿Por qué? ¿Te incomoda escuchar en voz alta el calendario financiero de tu esposa?