Patricia se arrojó a mis pies, agarrándose de la bata de mi vestido con las manos temblorosas.
—¡Emily! ¡Mi niña! ¡Por favor! ¡Yo no sabía nada de esto! ¡Soy una anciana enferma! ¡No me dejes en la calle! ¡Ten piedad de la madre del hombre que amaste!

La miré desde arriba, sintiendo cómo el último vestigio de compasión en mi corazón se extinguía para siempre.

—Tuviste cinco años para mostrar un atisbo de humanidad —le dije con voz helada—. Preferiste reírte mientras tu hijo me golpeaba y me sangraba la boca. Dijiste que yo era una limosnera que por fin entendía quién mandaba aquí… Bien, Patricia, ahora eres tú quien va a aprender esa lección.

Hice una seña a los agentes de seguridad privada que custodiaban la entrada.

—Tienen diez minutos para sacar a toda esta gente de mi propiedad —ordenó Marcus Reed a los guardias—. Solo pueden llevarse lo que lleven puesto. Ni joyas, ni bolsos, ni vehículos. Todo lo que hay en esta finca fue comprado con los fondos de Emily.

Los gritos y lamentos de los familiares resbalaron por los muros de la mansión como el eco de un circo destruido. Los guardias los empujaron de manera humillante hacia el exterior, bajo la lluvia helada que comenzaba a caer. Patricia fue escoltada hacia la calle descalza, con su vestido fino arruinado, viendo cómo las patrullas se llevaban a su hijo en dirección a la prisión estatal, donde pasaría las próximas décadas de su vida junto a su difunta amante.

Me quedé sola en el enorme ventanal del despacho. A través del cristal, vi cómo los portones de hierro fundido de la propiedad se cerraban lentamente con un golpe firme y definitivo, dejando a la familia Vance en la absoluta oscuridad y miseria que ellos mismos habían construido.

Me limpié suavemente el borde de los labios con un pañuelo blanco, contemplé la pequeña mancha de sangre y sonreí por primera vez en cinco años. La farsa había terminado.