—¿Reconoce ese dispositivo?

Miré la pantalla.

—No.

—Entonces vamos a cancelar todos los accesos.

La transferencia fue bloqueada a las 8:58.

A las 9:04, Diego llegó a mi casa.

No tocó el timbre. Golpeó la puerta con el puño.

—¡Mamá, abre!

Lo observé desde la cámara del recibidor. Tenía el cabello despeinado y la camisa arrugada. Por primera vez en muchos años, parecía un hombre de treinta y ocho años y no el niño al que yo había rescatado de cada consecuencia.

Abrí la puerta sin quitar la cadena.

—¿Qué quieres?

—Hablar contigo.

—Ya hablamos.

—No, tú me colgaste.

—La llamada se cortó.

—Sabes perfectamente que no fue así.

Su cara estaba roja. Detrás de él, estacionada frente a mi casa, estaba la camioneta que yo había ayudado a comprar.

—¿Qué pasó con la transferencia? —pregunté.

El enojo se le borró por un instante.

—¿Qué transferencia?

—La de cuarenta y dos mil dólares a nombre de Lucía.

Palideció.

—No sé de qué hablas.

—Tu firma electrónica apareció en mi computadora.

—Mamá, eso es imposible.

—También aparecía tu celular como dispositivo autorizado.

Diego bajó la mirada.

Fue un movimiento pequeño, casi imperceptible, pero yo lo vi.

—Déjame entrar.

—No.

—Soy tu hijo.

—Y esta es mi casa.

Lo dije sin elevar la voz. Aun así, algo cambió en su expresión.

—¿Vas a tratarme como un delincuente?

—Todavía no sé cómo tratarte.

—Esto es por Lucía, ¿verdad? Ella hizo un comentario. Un comentario estúpido. ¿Vas a destruir a tu familia por eso?

—Tu familia no la estoy destruyendo yo.

—¿Entonces quién?

—Tú sabrás.

Intentó pasar. Puse una mano sobre la puerta.

—No vuelvas a entrar sin mi permiso.

Diego me miró como si acabara de abofetearlo.

Durante años le había abierto la puerta a cualquier hora. Le había preparado sopa cuando estaba enfermo, le había lavado ropa, le había prestado dinero y hasta había cuidado a Lucía cuando se operó de la nariz.

Ahora no podía entrar a mi casa.

—Mamá —dijo en voz baja—, tú no eres así.

—No. Antes era peor. Antes permitía que me trataran así.

Cerré la puerta.

A las diez de la mañana fui a la sucursal bancaria. Llevaba una carpeta con los estados de cuenta, las alertas impresas y una memoria USB. El gerente, un hombre joven llamado Esteban, revisó todo con el ceño fruncido.

—Hay algo extraño —me dijo.

—¿Qué cosa?

—La transferencia no se originó desde el celular de su hijo.

—El banco me dijo que su dispositivo estaba autorizado.

—Autorizado, sí. Pero la solicitud se generó desde una dirección IP distinta.

Me mostró la pantalla.

—¿Qué significa eso?

—Que alguien utilizó sus credenciales desde otra red. Puede ser una computadora remota o un sistema automatizado.

—¿Y el dispositivo de mi esposo?

Esteban tecleó durante varios segundos.

—Ese acceso se creó hace dos años.

Sentí que el aire se me atoraba en la garganta.

—Mi esposo murió hace seis.

—Lo sé, señora. Pero el dispositivo fue vinculado mucho después.

—¿Quién lo vinculó?

—Eso solo puede determinarlo el área de seguridad. Vamos a abrir un reporte.

Firmé los documentos.

Antes de irme, Esteban me llamó de nuevo.

—Hay otro detalle.

—¿Cuál?

—La transferencia de cuarenta y dos mil dólares no era la primera. Hubo tres intentos anteriores, todos cancelados automáticamente por falta de autorización completa.

—¿Cuándo?

Me entregó una hoja.

Hacía nueve meses. Luego seis. Luego dos.

—¿Por qué nunca me avisaron?

—Las solicitudes no llegaron a completarse. El sistema las clasificó como operaciones abandonadas.

—¿Y quién era la beneficiaria?

Esteban miró el documento.

—Siempre la misma. Lucía Salazar.

Salí del banco con las piernas flojas.

No llamé a Diego.

Llamé a una abogada.

Se llamaba Mariana Téllez y había sido compañera de universidad de mi hija… si yo hubiera tenido una hija. Pero no la tenía. Nunca tuve más hijos que Diego.

Mariana me recibió esa misma tarde en su despacho de Las Lomas. Escuchó todo sin interrumpirme. Cuando terminé, pidió revisar los documentos.

—¿Le ha dado acceso a su hijo a sus cuentas? —preguntó.

—Sí. Hace años. Para pagar recibos y ayudarme con las aplicaciones.

—¿Le entregó contraseñas?

—Algunas.

—¿Y poderes notariales?

—Mi esposo dejó un poder general a nombre de Diego cuando se enfermó. Pensábamos usarlo para vender un terreno.

Mariana levantó la mirada.

—¿Sigue vigente?

—No lo sé.

—Hay que revisarlo hoy mismo.

Pasamos tres horas revisando carpetas. Encontramos el poder, firmado por Aurelio dos meses antes de morir. También encontramos una cuenta de inversión que yo desconocía.

Estaba en Estados Unidos.

A nombre de una empresa llamada Aurelio Montemayor Family Trust.

—¿Qué es esto? —pregunté.

Mariana se quedó quieta.

—¿Su esposo tenía negocios en Estados Unidos?

—Que yo supiera, no. Era ingeniero. Tenía una constructora pequeña en Monterrey, pero se retiró cuando se enfermó.

—¿Nunca le habló de un fideicomiso?

—Nunca.

Mariana hizo una llamada. Después otra.

—Señora, necesito preguntarle algo delicado. ¿Está segura de que conocía todas las actividades de su esposo?

—Vivimos juntos treinta y nueve años.

—Eso no responde mi pregunta.

Sentí una punzada de vergüenza.

—Aurelio viajaba mucho. Durante los últimos años estaba distante. Yo pensé que era por su enfermedad.

Mariana abrió un archivo digital que le habían enviado.

—El fideicomiso fue creado hace ocho años. Después se modificó hace cuatro. El beneficiario principal es Diego.

Respiré hondo.

—Entonces todo esto es suyo.

—No exactamente. Hay condiciones.

—¿Cuáles?

Mariana leyó en silencio. Luego frunció el ceño.

—El dinero solo se libera si usted fallece o si un médico certifica que no puede administrar sus bienes.

El despacho pareció encogerse.

—¿Mi hijo intentó declararme incapaz?

—Eso parece.

En ese momento, mi celular vibró.

Era un mensaje de Lucía.

“Señora, tenemos que hablar. Diego está muy preocupado por su estado emocional.”

Le mostré la pantalla a Mariana.

—No respondas todavía —me dijo.

Llegó otro mensaje.

“No queremos hacerle daño. Solo creemos que necesita ayuda.”

Luego uno más.

“Su comportamiento de hoy confirma que ya no está pensando con claridad.”

Mariana tomó una fotografía de la pantalla.