Dentro había documentos amarillentos, fotografías y un sobre sellado. En la primera foto aparecía una mujer joven, de cabello negro y sonrisa amplia, parada frente a la misma bugambilia del jardín. Estaba embarazada. A su lado había un Alejandro mucho más joven, con el mismo gesto serio, aunque sus ojos reían.
Mi respiración se cortó.
La mujer se parecía a mí.
No mucho. No como en las películas. Pero había algo en la forma de la boca, en la pequeña curva de la ceja izquierda, que me golpeó directo en el pecho.
—¿Quién es? —pregunté.
—Elena Salazar.
El nombre de mi madre, muerta cuando yo tenía siete años, cayó entre nosotros como una copa rota.
—Mi mamá nunca mencionó a ningún Alejandro Berenguer.
—Porque yo le pedí que no lo hiciera.
Lo miré, sin entender.
Don Alejandro tomó aire. Sus manos, firmes hasta ese momento, comenzaron a temblar sobre el bastón.
—Elena y yo nos conocimos en mil novecientos setenta y cinco. Ella trabajaba como dibujante en mi despacho. Era brillante. Podía mirar los planos de un puente y encontrar el error que a diez ingenieros se nos escapaba. Nos enamoramos, y cuando me dijo que estaba embarazada, pensé que el mundo era mío.
—¿Usted es mi papá? —susurré.
Él cerró los ojos.
—Eso creí durante cuarenta y ocho años.
El alivio que no sabía que estaba esperando se convirtió en una confusión brutal.
—¿Lo creyó?
—Elena nunca me dijo que no. Me dijo que necesitaba tiempo. Yo estaba casado con Teresa, mi esposa. No tenía hijos, pero tenía una vida pública, socios, compromisos. Fui un cobarde. Le ofrecí dinero, un departamento, lo que fuera con tal de que no hubiera escándalo. Le prometí que, cuando arreglara mi vida, iría por ustedes.
Su voz se quebró.
—Elena me devolvió el dinero. Me dijo que una niña no necesitaba un padre escondido. Después desapareció.
Miré la fotografía otra vez. Mi madre parecía feliz, casi desafiante. Nunca la había imaginado joven; en mis recuerdos era una mujer cansada, con manos que olían a crema Nivea y sopa de fideo.
—Entonces, ¿por qué mi nombre está en esa brújula?
Don Alejandro sacó una tarjeta doblada de la caja. Era una orden de compra de una joyería de Monterrey, fechada dos meses antes de mi nacimiento. “Brújula de latón, inscripción: *Para Camila Salazar. Cuando quieras saber de dónde vienes, abre el norte.*”
—La mandé hacer para usted. Pensé que Elena la recibiría. Pero la dirección que tenía ya no existía. Durante años la busqué. Contraté investigadores. Pregunté en hospitales. Llegué tarde a cada pista.
—¿Y me encontró ahora?
—No exactamente. Usted llegó a mi puerta. Renata me llamó hace seis meses. Dijo que conocía a una mujer que necesitaba empleo. Cuando me dijo su nombre, creí que el corazón me estaba jugando una broma cruel.
Mi primer impulso fue levantarme e irme. El segundo fue abrazarlo. No hice ninguno. Me quedé sentada con la brújula apretada en el puño.
—¿Por qué no me dijo desde el primer día?
—Porque no tenía derecho a llegar con una verdad a medias y desbaratarle la vida. Quería conocerla primero. Ver si estaba bien.
Solté una risa amarga.
—Pues no estoy bien.
Don Alejandro no intentó consolarme con frases bonitas.
—Ya lo sé.
Afuera, un vendedor pasó anunciando tamales con una voz larga y lejana. El mundo siguió moviéndose mientras el mío se desprendía de sus tornillos.
—¿Mi papá… Rafael Salazar? —pregunté—. ¿Él sabía?
—No lo sé. Elena apareció años después casada con él. Supe que él la había reconocido como hija suya. Supuse que él conocía la verdad.
Rafael Salazar había muerto de un infarto cuando yo tenía diecinueve años. Era el hombre que me enseñó a andar en bicicleta, que me llevaba por helado los domingos, que me decía “mi niña” aunque yo ya estuviera en la universidad. La posibilidad de que no fuera mi padre me pareció una traición hasta para su memoria.
—No quiero saber más —dije, poniéndome de pie.
—Camila, por favor. Llévese la brújula.
—No.
—No es una deuda. No quiero comprar su cariño.
—No sabe lo que quiero.
Entonces él me miró con una tristeza tan limpia que tuve que apartar la cara.
—Tiene razón. Pero quiero que sepa que, desde que usted cruzó esa reja, mi mayor miedo no ha sido que me odie. Ha sido que se vaya pensando que no merece respuestas.
Me llevé la brújula.
En casa, Mauricio la vio sobre la mesa y se puso pálido.
—¿Te la dio? —preguntó.
—Sí.
—Tírala.
—¿Por qué te importa tanto?
—Porque estás haciendo un drama de una baratija.
—Es una baratija con mi nombre y la fecha de mi nacimiento.
Mauricio cruzó los brazos.
—¿Y qué te contó el viejo? ¿Que es tu papá? ¿Que te dejó una fortuna? No seas ingenua, Camila. Esa gente se aprovecha de mujeres desesperadas.
La palabra “desesperada” me ardió, porque él había trabajado años para convertirme en eso.
—¿Cómo sabes que me habló de una fortuna? —pregunté.
Por primera vez, Mauricio perdió el control de su expresión.
Sólo fue un parpadeo. Un vacío mínimo. Pero lo vi.
—Es obvio —dijo.
—No mencioné dinero.
Él tomó las llaves del carro.
—Ya déjalo. Mañana no vas a regresar a esa casa.
—Sí voy a regresar.
Mauricio se acercó hasta quedar a unos centímetros de mí.
—Te estoy diciendo que no.
Durante veintiséis años, yo había confundido ese tono con carácter. Con preocupación. Con el derecho que tenía un esposo de opinar. Esa noche, sin embargo, escuché la amenaza desnuda debajo de sus palabras.
—No me estás preguntando —dije.
—No. No te estoy preguntando.
Me quitó la brújula de la mano y la arrojó contra la pared. El latón golpeó el piso, pero no se rompió. La tapa se abrió.
Por dentro, donde yo no había mirado, había una pequeña estrella de ocho puntas y una frase grabada: “El norte no se hereda: se elige.”
Mauricio la vio y retrocedió.
—¿Qué sabes de esta brújula? —pregunté.