—¿Cami? —contestó él, medio dormido—. ¿Todo bien?
—Necesito a todo tu equipo el lunes temprano.
Hubo un silencio.
—¿Qué vamos a retirar?
Miré la cocina que había pagado centavo por centavo.
—Exactamente todo lo que instalamos con mi dinero.
Mateo soltó el aire.
—¿Incluye cocina, iluminación, clósets, canceles, pisos?
—Todo lo que sea mío.
—Camila, si quitamos los pisos, va a quedar el firme original.
—Que quede.
—¿Y la cocina?
—Que se vaya.
—¿Estás segura?
Me senté en el borde de la cama.
Por primera vez en años, no sentí miedo de decepcionar a nadie.
—Sí. Pero antes de desmontar nada, necesito que traigas a alguien que pueda revisar una pared.
—¿Una pared?
Miré el documento dentro de la carpeta gris. Recordé algo que mi abuela me había dicho semanas antes de morir, mientras tomábamos café en esa misma cocina vieja y despintada.
—Las casas guardan secretos, mijita. Sobre todo las que han sido de familia.
En ese momento pensé que deliraba por los medicamentos.
Ahora ya no estaba tan segura.
—La pared detrás de la cocina vieja —dije—. Quiero que la abran con cuidado.
El lunes, a las siete de la mañana, el timbre sonó.
Abrí en pants, sin haber dormido más de dos horas.
Mateo entró con cuatro trabajadores. Era un hombre grande, de barba entrecana, que había visto demasiados divorcios, herencias y tragedias domésticas como para hacer preguntas innecesarias.
—Buenos días, Cami.
—Buenos días.
—Antes de empezar, necesito que firmes una orden de trabajo.
Firmé.
—Y una cosa más —dijo, bajando la voz—. El domingo por la noche me habló Santiago.
Sentí que el estómago se me endurecía.
—¿Qué te dijo?
—Que no entráramos. Que ese departamento ya era de él y que, si quitábamos algo, nos iba a demandar.
—¿Y tú qué le dijiste?
Mateo me miró directo a los ojos.
—Que mi contrato lo firmé contigo. Y que una cocina no cambia de dueño porque alguien aplauda en una fiesta.
A las ocho y media comenzaron a retirar los clósets.
A las nueve llegaron mis papás.
Mi madre entró sin tocar, usando la llave que todavía tenía.
—¿Qué estás haciendo? —gritó al ver a los trabajadores desmontando las lámparas de la sala.
—Mudándome.
—¡Estás destruyendo el departamento de tu hermano!
—No. Estoy retirando mis cosas.
Mauricio apareció detrás de ella, pálido de furia.
—Camila, baja la voz y compórtate como adulta.
Solté una risa breve, amarga.
—¿Como adulta? ¿Como la adulta a la que le dieron dos días para abandonar su casa?
—No es tu casa.
—Perfecto —dije—. Entonces tampoco es mi cocina, ni mis clósets, ni mis pisos, ni mis lámparas. Me los llevo.
Mi mamá empezó a llorar.
—¿Por qué quieres lastimar a tu hermano? Siempre haces lo mismo. Siempre buscas convertir todo en una competencia.
La miré.
—Mamá, no es competencia. Ustedes decidieron que mi vida era un regalo que podían pasarle a Santiago envuelto en papel crema.
—No te atrevas a hablarle así a tu madre —dijo mi papá.
Me giré hacia él.
—¿Sabe qué, Mauricio? No me vuelva a hablar como si yo tuviera doce años.
El cambio al usted cayó en la sala como un objeto pesado.
Mi padre parpadeó.
Durante toda mi vida le había dicho papá incluso cuando me ignoraba. Incluso cuando me castigaba por tener opiniones. Incluso cuando fingía que mis logros habían sido casualidad y los de Santiago, destino.
Pero esa mañana, frente a los muros desnudos de mi propia casa, dejó de ser papá.
Era Mauricio Ibarra.
—Usted firmó un documento —continué—. Antes de que yo metiera un peso en este departamento.
Su rostro cambió apenas.
Fue suficiente.
Mi mamá me miró, confundida.
—¿Qué documento?
Saqué la carpeta gris del escritorio y la abrí sobre la barra de cuarzo que Mateo acababa de proteger con cartón.
—Este.
Mauricio intentó acercarse.
—Dámelo.
—No.
Mi voz no tembló.
El documento era un convenio privado de inversión. Yo lo había leído cinco años antes, confiando más en la promesa verbal de mi papá que en las letras pequeñas. Pero ahora, con calma, descubrí algo que no había entendido entonces.
La cláusula séptima.
“La inversión realizada por Camila Ibarra en la rehabilitación integral del inmueble será reconocida como pago a cuenta de la transmisión de dominio comprometida a su favor, conforme a las disposiciones testamentarias de Emilia Cázares.”
Emilia Cázares.
Mi abuela.
La madre de mi mamá.
Mi madre se sentó de golpe en una silla.
—¿Qué disposiciones testamentarias?
Mauricio se quedó inmóvil.
Mateo carraspeó.
—Cami, encontramos algo.
Uno de los trabajadores estaba de pie junto a la pared que había sido parte de la cocina original. Habían desmontado los gabinetes viejos que aún sobrevivían detrás de la estructura nueva. En el muro había una cavidad rectangular sellada con yeso.
Dentro había una caja metálica oxidada.
Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.
—No la toque nadie —dijo una voz desde la puerta.
Era Lucía.
Venía acompañada por su padre.
Santiago estaba detrás de ellos.
No se veía elegante ni triunfador esa mañana. Se veía desvelado. Asustado.
—¿Qué hacen aquí? —preguntó mi mamá.
Lucía no respondió. Miró la caja, luego a su padre.
El señor Valdés sacó su celular.
—Llamé a un fedatario amigo mío —dijo con calma—. Si esa caja contiene documentos testamentarios o títulos de propiedad, conviene abrirla con testigos.
Mauricio dio un paso al frente.
—Esto es ridículo. Es propiedad privada.
El señor Valdés lo miró con una frialdad educada.
—Mauricio, anoche revisé la copia de escritura que entregó como regalo. Y encontré algo interesante.
Santiago cerró los ojos.
—Papá…
—El folio real del inmueble no coincide con el Registro Público —continuó el señor Valdés—. La escritura que usted mostró en la fiesta no acredita propiedad. Es una copia certificada de un documento cancelado hace seis años.
Mi mamá llevó una mano a su boca.
—No.
—Sí —dijo Lucía, mirando a Santiago—. Y la notaría que aparece en el sello cerró hace nueve años.
El aire desapareció de la sala.
Santiago volteó hacia mi papá.