—Porque durante años me obligaron a vivir con el nombre de mi padre. Pero ya no.
Miré la entrada del cine, el boleto arrugado y la fila que terminaba en G13.
Durante todo ese tiempo había creído que el asiento inexistente era una trampa.
Ahora entendía que era una promesa.
El asiento G14 no estaba en la sala porque nunca fue un lugar. Era una salida.
Una salida para quienes no tenían identidad, para quienes habían sido vendidos, borrados o reemplazados. Una salida que yo había dejado escondida para que algún día alguien pudiera encontrarla.
Mateo me apretó la mano.
—¿Nos vamos?
Volví a mirar a Abril.
—No —dije—. Apenas vamos a empezar.
Detrás de la pared, la impresora volvió a encenderse.
Esta vez no salió un boleto.
Salió una lista.
Cuarenta nombres.
El primero era Daniel Rivas.
El último era el mío.
Y al lado de cada nombre aparecía la misma palabra:
REGRESA.