Porque al final nadie me quitó la cabaña.
Nadie me quitó el departamento.
Nadie me quitó mis ahorros.
Pero, curiosamente, lo más importante que recuperé no estaba en ninguna escritura.
Recuperé el derecho de seguir viva sin comportarme como si ya estuviera repartida.
Alejandro bajó de la escalera.
—Ma, el techo aguanta otro año.
—Perfecto.
—¿Quieres que haga café?
—Sí.
—¿Dónde están las tazas?
Lo miré con una sonrisa.
—En mi cocina.
Él soltó una carcajada.
—Entendido.
Y mientras caminaba hacia allá, añadió:
—Tu cocina. Tu cabaña. Tu café.
—Vas aprendiendo.
-Voy tarde.
—Bastante.
—Perdón.
No contesté enseguida.
Después dije:
—Te perdoné hace tiempo.
Se volvió.
—¿Entonces por qué me sigues cobrando?
Levanté una ceja.
—Porque perdonar no cancela transferencias, hijo.
Se echó a reír.
Yo también.
Y mientras el aroma del café llenaba aquella casa que tantos habían querido convertir en herencia anticipada, miré una vez más el lago y pensé:
Qué distinta se ve la vida cuando dejas de prepararte para morir en beneficio de otros y empiezas, por fin, a administrar el privilegio de seguir aquí.