“Si algún día Camila descubre la verdad, díganle que su papá murió siendo un hombre bueno. Y que ella nunca tendrá que cargar con los pecados de quien quiso robarle su nombre.”
Encendí el motor.
Por primera vez en mi vida, no manejé para escapar de Monterrey.
Manejé hacia el amanecer, con el apellido Salazar intacto en el pecho, sabiendo que nadie volvería a usarlo para humillarme, esconderse o mentirme.
Porque Mauricio Salazar había muerto muchos años atrás. Pero esa noche, su hija volvió a ponerlo de pie.