Pero Ethan recordaba algo más con mayor claridad.
No la sorpresa.
Ni la prueba de paternidad.
Ni siquiera que Sophie lo llamara papá.
Recordaba a Clara diciendo:
¿Cuántas puertas cerradas tenía que tocar?
Durante el resto de su vida, cada vez que alguien a quien amaba le contaba algo difícil, Ethan intentaba recordar esa pregunta.
Porque a veces el abandono no se manifiesta como una partida física.
A veces se manifiesta como volverse tan inaccesible que la otra persona termina por dejar de intentar contactarte.
Eso fue lo que le hizo a Clara.
Casi se lo hizo a su hija antes incluso de conocerla.
La segunda oportunidad no fue que Sophie existiera.
La segunda oportunidad fue que Clara le permitiera conocerla.
Todo lo que vino después tuvo que ganárselo.
Y en cada Navidad que siguió, cuando Sophie corría por la casa de los Caldwell dejando juguetes bajo la lámpara de araña y huellas dactilares en las impecables paredes de cristal de Ethan, él jamás pidió a nadie que las limpiara de inmediato.
Aprendió que algunas muestras de amor debían quedar a la vista de todos.
Fin.