“Tu esposo está llorando. Si algo le pasa por esto, tendrás que vivir con ello”.
Natalie puso el teléfono boca abajo.
—Me mandaba mensajes así cuando él se enojaba —dijo—. Decía que yo era la única que podía calmarlo.
La agente pidió que conservara también ese mensaje.
Thomas observó la cara de su hija. La conocía desde el día en que nació, pero nunca la había visto tan agotada por una decisión que debía haber sido sencilla: ponerse a salvo.
Esa noche, cuando pudieron irse del hospital con instrucciones de seguimiento, Natalie pidió ir a casa de su padre.
Thomas no dijo “claro, pero”.
No habló de reconciliación.
—Tu cuarto está listo.
No era completamente cierto. Sobre la cama había cajas con adornos navideños y una lámpara que él llevaba meses posponiendo reparar. Llamó a Sophie desde el estacionamiento y le pidió que se adelantara a despejarla.
Al llegar, Natalie se quedó frente a la puerta de su antiguo dormitorio.
Sophie había puesto sábanas limpias. La lámpara de la mesa funcionaba porque había llevado una de su propia casa.
Thomas sintió una vergüenza breve y útil.
Todavía tendría mucho que aprender sobre ayudar.
Natalie dejó el bolso amarillo en la cama.
—Mi manta sigue allá.
—La recuperaremos —dijo Thomas.
Ella asintió, aunque sus ojos se llenaron de lágrimas.
No lloraba por el valor de la tela. Thomas lo sabía.
Era la única cosa que Margaret había alcanzado a hacer para aquel nieto.
A la mañana siguiente, Richard llamó desde un número desconocido.
Natalie contestó antes de reconocer su voz.
—No quiero hablar contigo.
—Escúchame una vez. Tu padre vio algo que entendió mal. Si vienes, te explico.
—No voy a volver.
Hubo una pausa.
—Tu computadora está aquí. Tus papeles también. No puedes trabajar sin ellos.
Natalie se enderezó.
—No toques mis cosas.
—Entonces deja de tratarme como a un enemigo.
Cuando colgó, Thomas vio que su hija apretaba el teléfono contra la pierna.
—¿Qué tiene en esa computadora?
—Mis archivos. Los respaldos de tres clientes. Facturas pendientes.
Se llevó una mano al vientre.
—Y sabe mis contraseñas.
## Parte 3: La vida que todavía podían quitarle
Thomas quiso tomar las llaves del auto.
Natalie lo vio antes de que llegara al perchero.
—No vayas.
Él se detuvo.
—Necesitas tus cosas.
—Necesito que no le des otra manera de decir que estamos atacándolo.
Thomas volvió a colgar las llaves.
No le gustó. Pero comprender que su hija tenía razón no hizo desaparecer el deseo de atravesar la ciudad y arrancar la computadora de aquella casa.
Sophie llegó esa mañana con su portátil.
Natalie llamó al servicio que utilizaba para almacenar documentos, recuperó el acceso y cambió las contraseñas desde el equipo de su amiga. Cerró las sesiones abiertas y revisó qué archivos podía descargar.
Durante casi una hora trabajó con una concentración que Thomas recordaba de sus años de escuela.
Entonces dejó de escribir.
—Falta la carpeta de Henderson.
Era una ferretería familiar a la que llevaba las cuentas desde antes de casarse. Había trabajado en los documentos más recientes sin conexión y no había terminado de respaldarlos.
Sophie se acercó.
—Podemos pedirles de nuevo los comprobantes.
—Les prometí entregar el viernes.
—Natalie, estás a punto de tener un bebé.
—Lo sé.
La dureza de la respuesta sorprendió a ambas.
Natalie se cubrió la cara.
—Lo sé. Pero cada cosa que no termino se convierte en una razón para que él diga que yo no podía sola.
Thomas llevó tres vasos de agua y los dejó en la mesa.
—¿Qué podemos resolver hoy?
Natalie respiró y llamó al dueño de la ferretería.
No le contó todos los detalles. Dijo que había tenido una emergencia familiar, que estaba fuera de su domicilio y que necesitaba reconstruir parte del trabajo.
El hombre escuchó.
Después preguntó cuándo podía darle una fecha realista.
No la felicitó por su valentía ni le prometió que nada importaba. Tenía un negocio que atender.
Aquello, de una manera extraña, la tranquilizó.
Acordaron un nuevo plazo y el envío de los comprobantes.
Cuando terminó la llamada, Natalie volvió a abrir la hoja de cálculo.
—Todavía puedo hacerlo —dijo.
Thomas no respondió enseguida.
—Sí. Y puedes pedir tiempo cuando lo necesites.
Al mediodía, un agente se comunicó con ella para coordinar la recuperación de algunas pertenencias sin que tuviera que enfrentarse sola a Richard.
Natalie hizo una lista.
Computadora.
Documentos.
Medicamentos.
Ropa del bebé.
Manta azul.
Thomas quiso agregar muebles, utensilios y todo lo que había ayudado a comprar. Natalie le quitó el bolígrafo con suavidad.
—Hoy sólo lo indispensable.
Fueron al día siguiente. Sophie acompañó a Natalie; Thomas condujo y esperó a que les indicaran que podían entrar.
Richard había dejado varias bolsas en el patio.
Elaine permanecía junto a la mesa donde había ocurrido la primera agresión. Tenía la espalda recta y las manos entrelazadas, como si estuviera recibiendo visitantes difíciles.
—Espero que estén satisfechos —dijo al verlos—. Hay vecinos mirando.
Natalie no contestó.
Revisó las bolsas. Encontró ropa arrugada, su cargador y una caja con pañales.
La computadora no estaba.
—Falta el portátil —dijo al agente.
Richard apareció en la puerta.
—Lo compramos con dinero de la casa.
—Tiene mis archivos de trabajo.
—Y también tiene información privada mía.
Thomas sintió que se le calentaba el cuello.
Había comprado aquella computadora como regalo de cumpleaños para Natalie dos años antes. Aún conservaba el comprobante, pero no lo llevaba consigo.
Richard lo sabía.
Natalie sacó el teléfono.
—Tengo una fotografía de cuando me la regaló mi papá. Y mensajes tuyos preguntándome si podía prestártela.
Richard miró la pantalla y luego al agente.
—Voy por ella.
Elaine se acercó a Natalie mientras esperaban.
—Tu madre habría querido que cuidarás tu matrimonio.
Thomas dio un paso.
Natalie habló antes que él.
—No vuelvas a usar a mi mamá para pedirme que aguante a tu hijo.
Elaine abrió la boca.
Por un instante pareció buscar una frase más dura. Luego vio al agente y apretó los labios.