—Qué onda, tía —dijo—. ¿Ya le llenaron la cabeza de tonterías?

—Buenos días, Daniel.

—¿Puedo pasar?

—No.

Su sonrisa desapareció apenas.

—No sea grosera. Vengo en son de paz.

—La paz no se anuncia con amenazas por mensaje.

Los ojos de Daniel brillaron un segundo.

—No sé de qué habla.

—Claro que sí.

Daniel se inclinó un poco hacia mí.

—Mire, Nancy. Usted y yo sabemos qué pasó aquí. Mi tío estaba vulnerable. Usted apareció justo a tiempo. Se casaron, firmaron papeles y ahora quiere quedarse con cosas que no le corresponden.

Me dolió. No porque fuera verdad, sino porque estaba construido para doler.

—Yo no busqué a Thomas. Lo encontré enfermo.

—Qué conveniente.

—Lo cuidé.

—Le pagan por cuidar enfermos.

Javier apareció detrás de mí.

—Señor Herrera, le recomiendo retirarse.

Daniel soltó una risa seca.

—Usted cállese, licenciado. Bastante caro le pagó mi tío por armar esta novela.

Luego volvió a mirarme.

—Le ofrezco algo justo. Renuncie a cualquier derecho sobre la empresa. Entrégueme la caja y la memoria. Yo le doy una compensación. Buena. Para que viva tranquila lo que le quede.

El insulto cayó despacio.

Lo que le quede.

—¿Cuánto vale el amor de cincuenta y seis años, Daniel? —pregunté.

Él se encogió de hombros.

—No se haga la romántica. Todos tienen precio.

—Tu tío no.

La mandíbula le brincó.

—Mi tío era un viejo enfermo. Usted lo sabe. Yo sostuve esa empresa mientras él jugaba a escribir cartitas de amor.

Javier dio un paso.

—Eso quedó grabado.

Daniel lo miró y sonrió.

—Graben lo que quieran. ¿Saben cuántas personas van a creerle a una enfermera jubilada que se casó con un moribundo un mes antes de heredarlo?

No contesté.

Porque tenía razón.

Esa era su fuerza: la apariencia. El apellido. El dinero. La historia fácil.

Yo era la viuda vieja. Él era el sobrino elegante que “solo protegía el patrimonio familiar”.

Daniel bajó la voz.

—Última oportunidad, Nancy. Deme la memoria.

—No.

—No sea terca.

—Soy vieja, mijo. No mensa.

Su cara se endureció.

—Entonces aténgase.

Se fue sin despedirse.

El coche negro arrancó dejando un olor a gasolina y bugambilia caliente.

Cerré la puerta y por primera vez desde la muerte de Thomas, las piernas me fallaron.

Javier me sostuvo del brazo.

—Tenemos que irnos.

—¿A dónde?

—A la notaría. Thomas dejó instrucciones.

Apenas tuve tiempo de meter la caja en una bolsa grande y cambiarme los zapatos. Salimos por la puerta trasera, atravesando el patio de mi vecina Lupita, quien al vernos con cara de espanto solo dijo:

—Híjole, Nan, luego me cuentas porque traes cara de telenovela de las buenas.

En la calle nos esperaba un taxi que Javier había llamado desde otro número.

Mientras avanzábamos por las calles empedradas de Pátzcuaro, yo apretaba la bolsa contra el pecho.

—Licenciado, dígame la verdad. ¿Thomas me dejó la empresa?

—No exactamente.

—¿Entonces?

—Le dejó el control temporal de un fideicomiso.

—Yo no sé nada de empresas.

—No necesita saber de empresas. Necesita decidir en quién confiar.

—¿Y en usted puedo confiar?

Javier no se ofendió.

—No lo sé. Eso tendrá que verlo con sus propios ojos.

La notaría estaba en una casona antigua cerca del centro, con paredes gruesas y olor a papel viejo. Al entrar, una joven secretaria cerró la puerta con llave detrás de nosotros.

—Nos estaban esperando —dijo Javier.

En una sala pequeña había una computadora preparada, una carpeta azul y una pantalla. Javier insertó la USB.

—Thomas grabó varios videos —explicó—. Usted debe ver el primero sola.

—No —dije—. Ya estoy cansada de enterarme de mi vida por pedazos. Usted se queda.

Javier asintió y presionó reproducir.

La pantalla se iluminó.

Thomas apareció sentado en su cama de hospital. Estaba más delgado que cuando murió, con la piel pegada a los huesos, pero los ojos vivos.

—Nancy —dijo en el video—, mi amor.

Me llevé ambas manos al pecho.

—Si estás viendo esto, ya me fui. Perdóname por dejarte una carga después de haberte dejado tantos años de ausencia. Yo quería darte paz, pero la paz no se puede construir encima de una mentira.

Tragué saliva.

—Daniel robó dinero de la empresa. Eso ya lo sabes a estas alturas. Pero lo peor no es el dinero.

Thomas tosió. En la grabación, alguien fuera de cuadro le dio agua.

—Lo peor es que Daniel no empezó todo esto. Él solo continuó algo que mi familia hizo hace muchos años.

Fruncí el ceño.

—Cuando tú te fuiste a estudiar, Nancy, yo sí te escribí. Te escribí cada semana durante dos años. Tú nunca contestaste. Yo pensé que me habías olvidado.

Las lágrimas me nublaron la vista.

—Después encontré una de mis cartas en el escritorio de mi padre. Sin abrir. Luego otra. Y otra. Mi padre las interceptó todas. También interceptó las tuyas.

Me quedé sin aire.

—No —susurré.

Thomas cerró los ojos en el video.

—Mi padre no quería que yo me casara con la hija de una costurera. Y tu madre recibió dinero para no intervenir.

Sentí que algo se rompía dentro de mí, pero todavía no sabía dónde.

Mi mamá.

Mi madre, que durante años me dijo: “Ese muchacho no escribió, Nan. Ya olvídalo. Los hombres prometen mucho cuando una está cerca y nada cuando una se va.”

Thomas continuó:

—Guardé las cartas porque fui cobarde. Porque cuando descubrí todo, ya habían pasado años. Pensé buscarte, pero supe que trabajabas en la capital, que te iba bien. Me dio miedo arruinarte la vida con el pasado. Esa fue mi culpa. La cargué siempre.

La imagen tembló un poco.

—Pero hay algo más. Algo que no pude probar hasta hace poco.

Javier, sentado junto a mí, bajó la mirada.

—Daniel encontró los documentos de mi padre. Supo lo de las cartas. Supo lo del dinero que se entregó a tu familia. Y empezó a usarlo para chantajearme.

Yo miré a Javier.

—¿Chantajearlo con qué?

Javier no respondió. En la pantalla, Thomas sí.